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Mostrando las entradas de octubre, 2021

La Decisión

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    Me resisto a abrir los ojos, a chequear la hora en el reloj digital que tengo sobre la mesita de luz. Acostumbro a despertarme a las cuatro de la madrugada y en el momento en que dirijo la vista al reloj, se terminan de disipar las últimas brumas de sueño entre las que intento sustraerme de la realidad. Hoy no es una excepción. Los números rojos me catapultan a una lucidez dolorosa, expectante. Una vez más he perdido al menos dos horas de sueño. Al no poder relajarme en la cama, aprovechar para seguir descansando el cuerpo, si no la mente, me incorporo de un salto y me pongo la bata. Arrastro las pantuflas hasta la cocina y enciendo la pava eléctrica. El micro sale recién a las siete, con lo que puedo volverme verde de tanto mate y hasta exacerbar mis rituales matutinos de aseo. Contemplo mi rostro en el espejo del baño antes de colocarme las anteojeras de gel que uso para desinflamar las bolsas de los ojos. Después me afeito y me peino cuidadosa, lentamente. Eli...

horas extras

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  ¿Qué te ponés a mear al lado mío, putito? ¿Querés verme la tararira? Mirala, acá la tenés… No, Gordo, y aunque te la quisiera ver no podría, me olvidé los anteojos en casa… Bah… más bien andaría necesitando una lupa, en todo caso. Ah, bueno, ¿Quién sos? ¿El negro de whatsapp? Uh… No podía más, la vieja no hacía más que cebarme un mate atrás de otro. Yo le decía gracias, doña, gracias, pero me seguía cebando, la puta que lo parió. Entre nosotros: me parece que está un poco gagá, ¿no? ¿Nada más que un poco? No sé por qué no la mete un geriátrico, un tipo de la edad de él viviendo con la mami… Capaz que por eso la Jenny lo dejó… Ya está, Gordo… más de dos sacudidas es paja… Una vez, medio picado, me contó que el padre, en el lecho de muerte, le hizo prometer que por nada del mundo la iba a meter en un geriátrico. ¿Viste como es esta gente chapada a la antigua? Promesas son promesas. Tá, pero igual, a mí me parece que la vieja, en un geriátrico, con gente de la edad de ...

La Reciprocidad, cap. XII

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Leí por ahí que el origen de la nostalgia nos remite a una circunstancia traumática que implica un antes y un después, un evento que constituye la bisagra entre el paraíso perdido y el consecuente estado de añoranza. La pérdida da lugar a este sentimiento, que no es otra cosa que el deseo de volver el tiempo atrás con el objeto de restaurar aquel mundo paradisíaco del cual fuimos expulsados. A propósito de expulsión, el peor castigo que podía recibir un griego era el destierro. Ante la alternativa, más de uno optaba por la muerte. Porque los griegos carecían del concepto de lo que hoy entendemos como el yo y su identidad estaba construida en relación con el grupo, la polis. El desterrado ni siquiera soñaba con la posibilidad de establecer una nueva trama social en otra polis, lo que le hubiera permitido conservar el sentimiento de unidad psíquica. El destierro implicaba perder completamente su identidad, su condición de ser humano. Para la medicina, el sentimiento de nostalgia es el su...

la reciprocidad del amor (novela)

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  Un pulso tenue pero impiadoso recorre la historia de la psicoanalista Tati Steinberger. La sitúa tanto en la vida como en la muerte. Paralizada, sumida en uno de los círculos del infierno; o, por el contrario, activa, yendo de casa al trabajo, y del trabajo al trabajo. Porque su pulso expresa, monótonamente, pequeñas tragedias en desbandada: el encuentro con la locura, los fantasmas, o la fatalidad; lejos queda la juventud del cuerpo; cerca la crisis con su profesión. Como una gata diabólica, arisca, la historia sólo se deja acariciar por los mejores, los rotos, los caídos. Para el resto le destina el zarpazo, la sorpresa de lo inesperado, o el daño encerrado en el enigma. Carlos Butera sostiene el pulso de cada lector, sabiendo que la vida tiene esos finísimos arrebatos de maravillas cotidianas, a ser contadas. Con un humor a veces ácido, y una pluma tan magistral como dinámica, nos propone un momento en la vida de esta mujer que llena los días en la reciprocidad de un amor: l...

Igual que en un tango

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    Tardó bastante en darse cuenta de que el sonido del celular no formaba parte del sueño. Se maldijo por no haber tenido la precaución de ponerlo en modo avión. No tenía ni idea de qué hora podía ser, ni de cuánto tiempo había estado durmiendo. Vio la imagen de ella en la pantalla y no atinó a dejar que atendiera el contestador. Hola… Hola, ¿Te desperté? Sí…   ¿Qué hora es? Las once. ¿Qué hacés durmiendo un sábado a las once de la noche? Malena, estoy agotado. Tuve una semana de mierda. Sí, sí, yo también tuve   una semana de mierda… No lo dudo, pero ¿hacía falta que me despertaras para recordármelo? ¿Todavía estás enojado? Malena, por favor, mis neuronas… No… No están pudiendo hacer sinapsis. Cuando me despierte del todo te llamo, ¿dale? ¿Cuándo me vas a llamar? Cortó. Apagó el celular y lo dejó sobre la mesa de luz y se masajeó los ojos, suspirando. Desde la tevé muda, un pastor brasileño evangelizaba a una multitud que alzaba los braz...

EL CARRO

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  ¿Qué estaba haciendo en medio de aquella gran festichola celebrada en la mansión del Patrón , vestido con un frac blanco al estilo de las películas de los años cincuenta, sentado a una mesa junto a gente que no conocía y cuyas conversaciones, aunque en español neutro, carecían del más mínimo sentido para mí? ¿Quién era yo, que el mismísimo Zar de la Cocaína , venía en dirección a mí y en el momento en que estaba por levantarme de la silla, me decía no te molestes y dejaba caer, familiarmente una de sus poderosas manos sobre mi hombro? Me asaltó una especie de visión, una imagen escurridiza. El Jefe señalándome con el mentón a aquel amasijo de carne con sólo un hilo de vida. El olor de la pólvora, la sangre corriendo lenta por las juntas de las baldosas. Confuso, alcé la copa que estaba frente a mí y me la llevé con arrebato a los labios, pero hube de escupir el empalagoso contenido. Jugo de naranja. Me froté los labios con el dorso de la mano y tironeé de la manga del hombre que...

Instantáneas

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  Por reflejo me voy hasta Independencia, y cuando estoy llegando, me entra la duda. ¿Seguro me dijo Independencia? Abro Whatsapp , aprovechando que me detiene el semáforo. Hoy cursa en Irigoyen, la puta que lo parió. Tampoco es tan grave, todavía debe estar en clase; doy la vuelta y allá voy. Enciendo las balizas y estaciono a pocos metros de la entrada, frente a un local de fotocopias a oscuras y con la persiana baja. No anda ni el loro por la calle; mejor que esté atento, a ver si me afanan. Lo único que falta. Pero, bueno… No son ni las nueve de la noche, y tampoco es que estoy en medio de la nada. Qué tendría que decir ella, que suele salir a esta hora y atravesar la plaza para tomar el bondi.  No puedo evitarlo, cualquier movimiento inusual me desestructura. Suena una notificación en mi celular. ¿Dónde estás? A veinte metros de la puerta. Ahí voy. Para qué me dice ahí voy , si ya pasaron como diez minutos. Qué mierda está haciendo que no viene. Pasan otros cinco minutos ...