Instantáneas



 


Por reflejo me voy hasta Independencia, y cuando estoy llegando, me entra la duda. ¿Seguro me dijo Independencia? Abro Whatsapp, aprovechando que me detiene el semáforo. Hoy cursa en Irigoyen, la puta que lo parió. Tampoco es tan grave, todavía debe estar en clase; doy la vuelta y allá voy. Enciendo las balizas y estaciono a pocos metros de la entrada, frente a un local de fotocopias a oscuras y con la persiana baja. No anda ni el loro por la calle; mejor que esté atento, a ver si me afanan. Lo único que falta. Pero, bueno… No son ni las nueve de la noche, y tampoco es que estoy en medio de la nada. Qué tendría que decir ella, que suele salir a esta hora y atravesar la plaza para tomar el bondi. 

No puedo evitarlo, cualquier movimiento inusual me desestructura. Suena una notificación en mi celular.

¿Dónde estás?

A veinte metros de la puerta.

Ahí voy.

Para qué me dice ahí voy, si ya pasaron como diez minutos. Qué mierda está haciendo que no viene. Pasan otros cinco minutos cuando la veo despidiéndose de un chabón con pinta de trosko, bastante mayor que ella. Seguro que es un profe, un compañero no creo que sea. Me ve y viene hacia mí. Saluda al tipo con un beso en la mejilla y viene hacia mí. Mi corazón se acelera. Sube al auto y da un portazo. A cualquier otra persona la hubiera recontra puteado, a ella no le digo nada.  Nos besamos.

¿Tenés hambre?

Un poco, ¿vos?

Conduzco en silencio, con su cabeza apoyada sobre mi hombro.

¿Dónde estamos yendo?

A un sitio que hay cerca de casa. La Farmacia. ¿Lo conocés?

El clima está raro, pesado. Me dejo puesta la campera para no tener que llevarla en la mano, para no dejarla en el auto.

¿Te gusta?

Está bueno. ¿Posta era una farmacia?

Nos sentamos a una mesa del fondo, en un banco mullido contra la pared, un alivio para mi maltratada próstata. Prometo seriamente aflojar con el alcohol, la comida picante, las sesiones prolongadas de sexo, como me ha prescrito el urólogo. A la vuelta de mis vacaciones. Ella desliza el cierre de su mochila y extrae una súper cámara fotográfica; el enorme teleobjetivo, desfachatadamente fálico, le confiere un aspecto imponente, profesional.

Rescaté la cámara de mi viejo. Medio que la mujer quería que le tirara unos mangos por ella.

Que se vaya a la puta que la parió.

Totalmente, bastante que se quedó con la casa.

¿No vas a hacer nada con eso?

Y… qué sé yo... Vamos a ver. Tampoco puedo dejarla en la calle con la pendeja.

Me indica que mire hacia un lado y otro, me toma millones de fotos; me enamora su expresión concentrada mientras manipula los controles de la cámara, y eternizo el instante con mi celular. Llega nuestro pedido. Entre bocado y bocado, me pone al tanto de los pormenores del encuentro con su media hermana, esta misma tarde; reflexiona acerca de lo terrible que es quedarse huérfana a los ocho años. De pronto le cae la ficha de que ella también ha quedado huérfana. Se quiebra, yo me conmuevo y le aprieto la mano.

 

Nos despertamos abrazados a media mañana. Llueve a cántaros. Ella tiene que preparar el último final de su carrera; yo ni siquiera armé la valija. En unas horas estaré volando rumbo a Florianópolis; hace meses que programé este viaje, mucho antes de que comenzara su práctica en el hospital. De que empezáramos a andar juntos. La acompaño hasta la parada.

Usá forro, me dice mientras extiende el brazo para detener el colectivo.

Olvidate. Voy a descansar, leer, a aturdirme de caipirinha. No a culear.

Sos libre, podés hacer la que te pinte.

Obvio, por eso elijo estar sólo con vos.

No seas pesado. Pasala bien pero cuidate.

Me abraza fuerte, me besa en los labios y sube. La sigo con la mirada. Ella saca boleto y busca un asiento libre. Agita la mano en dirección a mí y sonríe. La sigo mirando como si de esa forma pudiera retenerla un instante más junto a mí. Abro el paraguas y me vuelvo a casa. Ambos sabemos que no habrá próxima vez.

 

 

 



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