¿No me convidan fuego?
Francisco decidió que la cosa ya no daba para más y se fue de la casa que compartía con Mel y Martincito, su esposa y su bebé de diez meses. Ya estaba harto de las eternas discusiones por plata, del olor a pañal cagado y de Mel, que entraba en pánico ante el primer berrido de la criatura. Por no hablar de su suegra, esa vieja entrometida que se ponía a opinar sin que nadie le preguntara nada por el derecho que, según ella, le confería la circunstancia de ser la dueña del departamento en el que Francisco y su familia vivían. Una noche en la que se dijeron de todo y hasta volaron platos, Francisco metió algo de ropa en un bolso y llamó a casa de sus padres para pedirles asilo. Sus padres, gente muy mayor y conservadora, lo recibieron de no muy buena gana y durante su corta estadía hicieron lo imposible por convencerlo de que intentara llegar a un arreglo con Mel, pero él se mantuvo en sus trece y sin demora se puso a buscar departamento. No pasó ni un mes hasta que consi...