¿No me convidan fuego?

 



 

Francisco decidió que la cosa ya no daba para más y se fue de la casa que compartía con Mel y Martincito, su esposa y su bebé de diez meses. Ya estaba harto de las eternas discusiones por plata, del olor a pañal cagado y de Mel, que entraba en pánico ante el primer berrido de la criatura. Por no hablar de su suegra, esa vieja entrometida que se ponía a opinar sin que nadie le preguntara nada por el derecho que, según ella, le confería la circunstancia de ser la dueña del departamento en el que Francisco y su familia vivían. Una noche en la que se dijeron de todo y hasta volaron platos, Francisco metió algo de ropa en un bolso y llamó a casa de sus padres para pedirles asilo. Sus padres, gente muy mayor y conservadora, lo recibieron de no muy buena gana y durante su corta estadía hicieron lo imposible por convencerlo de que intentara llegar a un arreglo con Mel, pero él se mantuvo en sus trece y sin demora se puso a buscar departamento. No pasó ni un mes hasta que consiguió un monoambiente en Congreso a un precio bastante razonable.

En medio del baile empezó a salir con Andrea, la profesora de educación física de la escuela en donde él trabajaba como profe de música, pero el asunto duró poco, porque Francisco y Mel intentaron arreglarse. Finalmente tuvieron que aceptar que la relación ya no tenía retorno y Francisco volvió con Andrea. Ella lo recibió con los brazos abiertos pero a las pocas semanas, en una reunión que la chica organizó en su casa aprovechando que sus padres estaban de viaje, Francisco conoció a Silvina. Esa misma noche cortó con Andrea y empezó a salir con Silvina, quien a su vez también cortó con Andrea una amistad que venía desde los tiempos del preescolar.

Silvina estudiaba antropología y además de su adicción a la cocaína padecía de severos conflictos existenciales que a menudo la obligaban a pasar largas noches en vela intentando encontrarles un sentido, con Francisco como interlocutor y a veces hasta como acompañante terapéutico. Él le puso el cuerpo al problema, ya que la chica le gustaba mucho, pero la verdad es que pasaban más tiempo peleados que enamorados.

Mientras tanto, Mel no paraba de hacerle la vida imposible manipulándolo a través de Martincito. Francisco procuraba no prestarse al juego mientras lidiaba con los abogados y corría de un trabajo a otro con el objeto de juntar el dinero suficiente para mantener las dos casas, pero a veces fantaseaba con irse lejos y que le perdieran para siempre el rastro.

Betty, la psicopedagoga de la escuela, amiga y confidente de Andrea, estaba saliendo con un tipo llamado Oscar. Él y Francisco se conocieron en una de esas fiestas locas que solía organizar la gente de psicología en la sede de Independencia y pegaron onda de entrada. Incluso Oscar, más de una vez le prestó su departamento a Francisco, cuando todavía vivía con sus padres, para que pasara un rato con Andrea y se ahorrara la plata del telo.

Después Francisco se mudó a Congreso y Oscar solía pasarse por ahí para tomar una cerveza y fumar porro. Se hicieron muy amigos, tanto que cuando Oscar perdió su trabajo y ya no pudo pagar el alquiler, Francisco le ofreció albergue en Congreso.

Betty ganó una beca en Francia y en un par de semanas puso sus asuntos en orden y se subió a un avión para nunca más volver. Oscar estaba decidido a ir tras los pasos de su novia, no tanto por amor sino porque Betty y su beca le abrían las puertas del Viejo Mundo. Su idea era no quedarse en Buenos Aires más que el tiempo necesario para conseguir la visa, juntar plata para el pasaje e ir tirando. Su estadía en lo de Francisco, de acuerdo a sus cálculos, iba a ser de no más de un mes. Como mucho.

Una vez instalado en el departamento de Congreso, Oscar pasaba gran parte del día durmiendo y el resto del tiempo obtenía algún dinero traficando marihuana entre sus conocidos. El mes se extendió a cuatro y Francisco terminó pidiéndole que se buscara otro sitio. Oscar entendió que Francisco necesitaba aire y se mudó a la casa de su hermana, donde vivió hasta el momento de su partida. En el departamento de Congreso dejó una caja de cartón con cassettes y agendas viejas, un colchón y una heladera descompuesta, dentro de la cual residía la colonia de cucarachas más prolífica de la que se tenga registro y con una altísima tolerancia a los insecticidas.

Fue uno de los otoños más tristes de los que Francisco tenga memoria. Tiempos de ires y venires con Silvina. De jornadas laborales interminables y cuando su ex se lo permitía, de torpes intentos de asumir el rol de padre de un bebé de apenas un año. Las noches que no pernoctaba con su novia, la gran mayoría, compartía largas y profundas charlas, vino de cartón y cenas miserables con Oscar, mientras por la radio, Aliberti transmitía noticias apocalípticas. La compañía de Oscar lo ayudó a soportar esos malos tiempos. 

 

El primero de mayo de ese año cayó lunes. Al mediodía, recalentaron los restos de una milanesa con papas fritas comprada en el Cervantes la noche anterior. Después de almorzar, Oscar propuso ir a la plaza para sumarse a la movilización que organizaban los partidos de izquierda y aunque Francisco nunca tuvo un profundo compromiso con la militancia, accedió a acompañarlo.

Iban caminando por Corrientes fumando, charlando. Oscar le decía piropos a cada mujer con la que se cruzaban. A la altura de Uruguay elogió las generosas caderas de una chica que venía en dirección contraria y cuando se dieron vuelta para ver cómo venía de atrás, se sorprendieron al comprobar que ella también se había detenido a mirarlos.

La chica se rió tapándose la boca con una mano, intentando quizás disimular la falta de unas cuantas piezas dentarias. Oscar fue a su encuentro y Francisco se mantuvo a cierta distancia. Era un tanto rellenita, una especie de belleza renacentista. Tenía el pelo oscuro y largo, un poco desprolijo y sujeto con una hebilla. Llevaba unos lentes gruesos y nada de maquillaje. Unos jeans gastados y una remera que alguna vez debió de haber sido blanca y que permitía apreciar una importante delantera. Sus rasgos eran bastante agradables.

¿No me convidan fuego?, preguntó con total naturalidad.

¿Venís de la marcha?

No, ¿qué marcha?

La del Primero de Mayo.

Ah, ni idea, ni siquiera soy de acá.

¿Y de dónde sos si se puede saber?

Viví hasta los veintipico en La Plata pero hace siete años que me fui a Wellington, Nueva Zelanda. Soy veterinaria y trabajo en la cría de bovinos.

Mirá qué interesante. ¿Qué hay de cierto en eso de que cuando el toro sirve a la vaca hay que sostenerle la verga para que no se la lesione?

Y sí. Es una práctica habitual.

¿Y qué estabas haciendo por acá?

Pasé por lo de una amiga para ver si podía bancarme por unos días, pero no la encontré. Hasta anoche estuve parando en lo de mi viejo, pero estaba medio picado y terminamos discutiendo. La verdad nunca nos llevamos demasiado bien. Así que…mmm… no sé qué hacer. ¿Conocen un hotel barato y más o menos digno por la zona?

Ni idea. Si querés te ayudamos a buscar. Pero supongo que debés de estar cansada de andar dando vueltas. ¿Por qué no venís a nuestro departamento a escuchar música y a fumarte un porrito?

Bueno, no sé… ¿Ustedes no estaban yendo a la marcha?

Sí, qué sé yo… Da lo mismo… Pero… Ni siquiera nos presentamos…

Mi nombre es Ruth.

Un gusto, Ruth. Yo me llamo Oscar y mi amigo… Vení, Franco, no seas tímido…

Francisco, encantado.

Bueno, ¿qué hacemos?... ¿Vamos? Es acá a unas cuadras.

 

No parecía que Ruth estuviera pasándola extraordinariamente bien, pero aprovechó cada cosa que le fueron ofreciendo. Se despachó las pocas papas que sobrevivieron al almuerzo y unas galletitas que Francisco encontró en el fondo de la alacena. No hablaba mucho. Oscar puso un disco de Johnny Winter y Ruth le pidió dos veces que bajara el volumen.

Así no se puede conversar, se quejó.

Encendieron un porro y tomaron cerveza. Ruth intentaba parecer relajada pero estaba alerta a cada movimiento de Oscar y Francisco.

El departamento era bastante grande para ser un monoambiente y estaba dividido con un mueble que Francisco usaba de biblioteca. Apenas entrabas, veías la kitchenette, una mesa y cuatro sillas de rejunte. Estuvieron sentados allí durante la primera hora, después Oscar sugirió ir al balcón, que estaba en el sector que funcionaba como dormitorio. Solían llevar unos almohadones enormes rellenos de plumas al balcón para echarse sobre ellos y disfrutar del fresco. Desde allí Francisco pasaba horas mirando caer la tarde mientras fumaba y tomaba cerveza. Una noche vio un eclipse. Conocía de memoria cada detalle de los edificios vecinos, se inventaba historias acerca de la gente que vivía en ellos. Había una mujer que tenía por costumbre desnudarse frente a la ventana abierta cuando llegaba de su trabajo. Después hacía como que recién se daba cuenta de que Francisco la estaba mirando y corría las cortinas con una mano mientras que con la otra se cubría los pechos.

Ruth al principio rechazó la invitación de ir al balcón, pero finalmente aceptó. Oscar se sentó en el suelo detrás de ella y comenzó a masajearle los hombros. Ruth se dio vuelta para mirarlo y sonreírle. Oscar la besó en los labios.

No tan rápido, dijo Ruth acomodando su enorme culo en el almohadón.

Relajate, la tranquilizó Oscar, no va a pasar nada que vos no quieras. No tenés dónde pasar la noche, ¿no?... ¿Qué mejor que haciendo cochinadas con dos muñecos como nosotros?

¿No serán gays ustedes dos? Una vez fui a la cama con dos tipos y terminaron teniendo sexo entre ellos. Una situación bastante desagradable.

Mirá, la verdad es que lo quiero mucho a Franco, pero lo nuestro es platónico.

Bueno... Supongo que usarán condón... Me parece que acá todavía no están demasiado concientizados con el tema del sida...

Por supuesto, no te preocupes, dijo Oscar y le preguntó a Francisco ¿vos no tenías una caja en la mesita de luz?

Miren chicos, los dos me gustan. Pero preferiría hacer el amor con cada uno por separado.

Bueno, uno se va a dar una vuelta, después vuelve, y se va el otro... ¿qué te parece? Después dormimos abrazados como hermanitos en la cama de dos plazas…

No, no, yo no quise decir eso...Hoy hago el amor con uno, y otro día con el otro.

Bueno. ¿Con cuál de los dos querés hoy?

Con el que más me gusta...Con Oscar.

Bueno, me voy, se apuró a decir Francisco. ¿A qué hora vuelvo?

¿Cómo a qué hora? Yo me quedo a dormir, vos buscáte otro sitio.

¿Qué sitio?

Problema tuyo, dijo Ruth.

Oscar intentaba decir algo, pero sólo podía chasquear la lengua.

¿Problema mío? ¿Pero qué te pasa?   

El depto es del él, Ruth, no podemos mandarlo a dormir a otro lado...

¡Qué lástima! ¡Pensar que la hubiéramos podido pasar tan bien en algún otro momento!

Francisco hizo el gesto de así es la vida, encendió un cigarrillo y se lo fue a fumar al balcón. Oscar tomó a Ruth por los hombros y la condujo hasta la puerta. Francisco alcanzó a escuchar las voces airadas en el palier, la puerta del ascensor cerrándose con violencia. En el colegio de al lado había una kermese o algo así y se oía el murmullo de una multitud y una voz indescifrable sonando a través de un micrófono. Comenzó a oscurecer y las luces de mercurio de la calle se encendieron. Como no hacía nada de frío Francisco se quedó fumando un cigarrillo tras otro acodado en la baranda, pensando en nada, hasta que por fin el barrio quedó en silencio.

Oscar volvió al departamento. Abrió la heladera bajo-mesada y se sirvió un vaso de cerveza.

Encontramos una pensión acá a unas cuadras. Un olor a pata… Pero bueno. Encima le tuve que tirar unos mangos porque no le alcanzaba.

¿Y? ¿Te la cogiste?

No. Qué me la voy a coger… Le propuse pasar la noche con ella, pero me dijo que se había sentido vejada por tu comportamiento y que prefería estar sola. ¡Vejada! ¿Qué me contás? Igual tengo el número de la pensión. Quedamos en vernos en la semana.

 

Unos días después, Oscar y Francisco, como tantas otras noches, se encontraron en el Cervantes. Eran más de las doce y casi todos los clientes eran o putas o taxistas.

Anoche estuve con Ruth.

¿Con qué Ruth?

¿Cómo con qué Ruth? Con la australiana, boludo.

Australiana no, neozelandesa. Bah, tampoco.

Bueno, qué importa.

¿Y?

La llevé a La Continental a comer pizza. Después nos sentamos a charlar en un banco de la plaza. Me contó vida y obra, no sabés cómo hablaba. No paraba.

¿Eso fue todo?

No, después nos fuimos para la pensión. No sabés la que me pasó. Estaba al re palo pero cuando me puse el forro se me bajó.

Uh. Qué momento.

Es que hacía mucho tiempo que no me ponía uno. Desde la última vez que estuve en la isla Maciel.

¿Y ella qué te dijo?

Nada, todo bien, después la pude remontar. Está linda, gordita pero armónica… Una piel…Escuchate esta. En un momento sacó un vibrador del cajón de la mesita de luz y me ofreció metérmelo por el orto.

O sea que siguió pensando que éramos una pareja de gays.

Parece, ¿no?

¿Compartimos un vacío con fritas?

Lo que vos quieras, la verdad es que no tengo mucha hambre.

 

Al final de la cena, mientras fumaban y tomaban un tinto, se les arrimó un borracho con ganas de conversar. Lo invitaron a sentarse y le convidaron un vaso de vino. Por el cantito parecía de Córdoba Capital. Contó algunos chistes de los que sólo él se rio. Cuando se levantó para irse, les agradeció la gentileza, les comentó que hacía el mantenimiento en un hotel de Carlos Paz y les dio una tarjeta con la dirección del hotel por si alguna vez andaban por ahí.

Al rato entró un flaco alto y sin dientes vendiendo posters. Oscar le compró dos, uno de los Stones y otro de los Beatles, que cuando se fue a lo de la hermana, quedaron tirados en el fondo del ropero de Congreso. Para darle una mano al muchacho, que se presentó como padre de siete hijos y una persona honesta que procuraba ganarse el pan dignamente, Francisco le compró una reproducción de un cuadro de Botero y al llegar al departamento la clavó con chinches contra la pared, sobre la cabecera de la cama. Con el paso de los días, la encontró de mal gusto, hizo con ella un bollo y la arrojó a la basura.

 


Comentarios

Entradas más populares de este blog

PESCA DEL DÍA

Child in time (¿Dónde estabas cuando estalló la guerra?)

horas extras