PESCA DEL DÍA
El hotel es muy
pintoresco, la clásica postal de la ciudad; por lo demás, la habitación no es
mucho más elegante que la de una de esas pensiones de medio pelo en las que
vivió durante sus épocas de estudiante; el techo a dos aguas es tan bajo en los
extremos, que uno teme olvidarse, levantarse de la cama y abrirse la cabeza.
Eso fue por dejar que se ocupara ella; aunque para ser honestos, de otra forma,
no hubiera conseguido que se hiciera cargo de nada. Habría pasado lo de
siempre, es decir, que ella consiguiera vacacionar gratis otra vez. De los
gastos diarios, la comida, el alquiler de carpa, los desplazamientos, como es
habitual, se desentiende por completo. Ya está harto, y no es de ahora, pero era
preferible esto a pasar el verano solo, intentando ligar a través de una página
de citas. Al regreso, verá cómo deshacerse de ella sin demasiado costo
emocional, sin escenas, evitando ceder, una vez más, a sus promesas vanas.
Hoy es el día de su
cumpleaños número cincuenta y tres y se siente casi feliz, sin entrar en
detalles. Deciden pasar el día en la playa, almorzar liviano, reservarse para
la cena, para la cual tienen pensado ir a un sitio que descubrió él la tarde de
ayer, y que se encuentra camino al puerto.
Ella entra y sale del
mar, y se echa al sol. Él no puede dejar de admirar ese cuerpo esbelto que
tanto va a añorar cuando ya no tenga acceso a él. Todo no se puede. Abre un
libro, pero al cabo de unos segundos se distrae, observa con fastidio a sus
vecinos de carpa, gente ruidosa que fuma porros y escucha reggaetón a todo volumen. Cambia el foco hacia una multitud que se
ha formado junto a la orilla y un par de guardavidas que se lanzan al agua con
premura. Permanece un rato atento a lo que sucede y luego intenta retomar la
lectura.
Levanta la vista y se
encuentra con la de un señor mayor que camina encorvado y con las manos sujetas
a la espalda. Sin que le pregunte nada, el señor le informa:
Un pibe joven; un rubiecito de ojos claros que estaba
en la carpa de la punta con un par de amigos. Se lo tragó el agua. Por ahí
mañana, con suerte, la marea lo trae de nuevo a la playa. Es muy traicionero el
mar en esta zona.
Le suena inverosímil
la explicación del hombre, inaceptable. Se pregunta si acaso es posible que
cosas así sucedan aún en el mundo civilizado.
Ella se ha quedado
dormida sobre la esterilla, no se entera de nada y cuando despierte, él no
sentirá la necesidad de ponerla al tanto.
Al caer el sol ella
sale a correr, y a su regreso toma una ducha. Sale del baño envuelta en un
toallón, una toalla de mano a modo de turbante. Se miran uno al otro. Él le
pregunta: ¿Echamos un rapidito antes de
ir a cenar? Y ella responde: dale,
y deja caer el toallón.
El restaurante es muy
elegante y muy caro. Estudian la carta y él elige unas ribs a la barbacoa. Ella no se decide, le indica al mozo que se
acerque y lo interroga.
¿Qué es la pesca del día?
Sargo.
¿Qué clase de pescado es ese?
No sé cómo lo llaman ustedes. Es parecido al pez
pollo, más… cómo decirle… más sustancioso
que otros pescados. Sale con salsa vasca.
Ah, bueno, quiero eso. ¿Con qué guarnición puede ser?
¿Papas al vapor?
Ella toma su mano y
le desea feliz cumpleaños. Entrechocan las copas. Recién cuando llegan los
platos, él advierte lo hambriento que está. Ella mira el suyo con recelo.
Siempre lo mismo, piensa él, ni que lo hiciera a propósito, para amargarle la
comida.
¿Qué pasa?
Tiene un aspecto horrible.
Pedite otra cosa.
Ella corta un trozo y
lo mastica con desconfianza.
Feo gusto no tiene.
Mis ribs están deliciosas. ¿Quéres probar?
Tiene un pelo.
Sacáselo.
Es un asco, está como pegado.
Será una espina.
Ella come la mitad y
aparta el plato. El acaba el suyo, satisfecho, se sirve el vino que queda.
¿Pedimos postre?
Pedí vos si querés, yo paso.
Él paga la cuenta y
deja una propina generosa.
¿Vamos?
Esperá que voy al baño, no me aguanto hasta llegar al
hotel.
Atraviesa el pasillo
y entra al servicio de caballeros. Orina, se lava las manos y observa su rostro
en el espejo. Al salir, echa un vistazo al interior de la cocina. Lo que ve sobre
la mesada lo deja sin aliento. Se queda paralizado, confuso. Aún no del todo
repuesto, camina en dirección a la mesa.
¿Qué te pasa? ¿Te sentís mal?
No, no, es cansancio, nomás.
Caminan juntos sin
tomarse de la mano, en silencio, rumbo al hotel. La noche está estrellada,
mañana va a estar lindo para ir a la playa. Mejor que ni le cuente lo que vio
en la cocina; comprende que esa vacua mirada celeste, va a acompañarlo por el
resto de su vida, pero deberá evitar cualquier comentario al respecto; ya
bastante tiene con el malhumor habitual de ella, como para tener que soportar,
además, un pase de factura por haber elegido justamente ese restaurante.

¡Muy buen relato!
ResponderBorrarmuchas gracias por tu comentario
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