Child in time (¿Dónde estabas cuando estalló la guerra?)
Alejandro barrió con la mirada la desolación que lo rodeaba mientras descendía de a uno los tres o cuatro escalones que lo separaban del andén y forcejeaba con las valijas que se atascaban en la estrecha puerta del vagón. No había quien recibiera a los escasos pasajeros que arribaban ni quien despidiera a los que partían. Parecía como que la estación constituía el final de la red ferroviaria nacional, incluso que hasta el propio mundo concluía en ese confín austral.
Caminó en dirección a un tipo con una panza descomunal y un bigotito delgado bordeándole el labio, vestido de uniforme. Un guarda o un inspector. Eran las seis de la tarde y el sol empezaba a ocultarse en el horizonte, su luz enfermiza se filtraba entre las ramas de los árboles grises, desnudos, como en un cuadro de Bruegel. Alejandro tenía las manos tan entumecidas de frío que tuvo que mover los dedos para recuperar un poco la circulación. Después formó una especie de cuenco con ellas como si fuera a tomar agua, se cubrió la boca y exhaló un poco de aliento. Con los hombros pegados a las orejas, las frotó una contra otra. Le estrechó la derecha al muchacho aquel con el que estuvo charlando casi todo el viaje y que en ese momento pasaba junto a él.
Ya nos vamos a cruzar por ahí, vaticinó el muchacho.
Al llegar junto al guarda o lo que fuera, Alejandro le preguntó si conocía algún sitio donde alojarse que no fuera demasiado oneroso y el hombre le dio un par de indicaciones imprecisas, mientras señalaba con una mano tosca en dirección a un cerro que se alzaba a sus espaldas.
A los hoteles del centro ni vayas, te van a arrancar la cabeza, agregó después de estudiar su aspecto.
Cruzando un bulevar limpio y prolijo que corría paralelo a la estación, transcurrían dos o tres cuadras de una zona comercial dormida, en latencia, y a medida que ascendía la cuesta, Alejandro se adentró en un barrio humilde. Allí las calles eran de tierra y como al parecer había llovido, en parte estaban casi anegadas. Había algunos adolescentes jugando al fútbol en la canchita con piso de material de lo que parecía una sociedad de fomento o un modesto club de barrio. Otros jóvenes simplemente perdían el tiempo en las esquinas, un pie apoyado contra las paredes y las manos en los bolsillos o compartiendo un cartón de vino. Perros, muchos perros. Un tipo flaco empujando un carrito en el que había botellas vacías y diarios viejos.
¿Qué carajo mirás?, le gritó uno de los chicos y Alejandro apuró el paso.
Alejandro abordó a una señora de ojos achinados que pasaba en dirección contraria con la bolsa de los mandados colgando de la mano. Volvió con lo de la pensión. La mujer se quedó pensando con una mano apoyada en la barbilla.
Mire, yo tengo idea de que vi un cartelito en… Si la memoria no me falla… Mmm… Venga conmigo…
Lo condujo hasta la esquina y le indicó que caminara tres cuadras hasta llegar a una avenida. Que allí iba a ver un almacén pintado de azul rabioso en la vereda de enfrente y… Alejandro se mareó con tanta explicación. No obstante le dio las gracias a la mujer y caminó en la dirección que le había indicado. Siguió las instrucciones lo más exactamente que pudo y cuando comenzó a pensar que se había extraviado se topó con una casona antigua que por la dignidad de su aspecto desentonaba con el resto. De la reja perimetral colgaba un cartelito que decía “SE ALQUILA HABITACIÓN”. Alejandro empujó la cancel y atravesó un jardín de hortensias quemadas por el frío y descascarados enanitos de jardín. En vano buscó el timbre y finalmente optó por sacudir los nudillos contra la puerta. Esperó unos instantes y golpeó otra vez. Entonces apareció una señora baja y regordeta de rostro agradable y serio, el cabello corto veteado de gris y fríos ojos claros. Alejandro la puso al corriente del motivo de su visita y ella lo invitó a pasar al recibidor con una reverencia. Él le advirtió que tenía las botas embarradas y se quedó de pie, firme como un soldadito sobre el felpudo. Del interior de la casa emanaba un vaho agradable y cálido y Alejandro sintió que comenzaba a relajarse por primera vez en mucho tiempo.
El que se alquila es el dormitorio de mi hijo que se fue a estudiar a la Capital. Es grande, cómodo, re calentito. No se admiten visitas y se solicita guardar silencio, especialmente en las horas de descanso.
La mujer le dijo cuánto pedía por el cuarto y agregó que el precio incluía ropa de cama, toallas y una comida diaria, almuerzo o cena, a elección del inquilino.
Está bastante por encima de lo que yo puedo pagar.
Tenga en cuenta que el precio incluye una comida.
Entiendo. Pero el asunto es que soy vegetariano y me preparo yo mismo mis alimentos.
¿Vegetariano? Ah, no… ¡En mi casa no quiero gente rara!
La mujer abrió la puerta, esperó a que Alejandro saliera y la cerró de un portazo, ofuscada.
Después de más de una hora de búsqueda, Alejandro descubrió un hotel de medio pelo para abajo en cuya fachada titilaba un pretencioso cartel de neón que decía Valdivia Inn. Fue hasta la recepción y pulsó la campanilla. Allí también había olor a comida pero era más bien desagradable. Un chileno tuerto y petiso apareció por detrás de una cortina descolorida sujeta por un par de clavos a la pared.
Sí. Dígame.
Quiero una habitación.
Tengo disponible una suite con cama de dos plazas, televisión y baño privado. Le dijo el precio.
Se me va de presupuesto. La idea es quedarme un tiempo. Podría pagarle una semana por adelantado, pero no a esos valores.
Ah… En ese caso tenemos una mucho más económica, pero compartida. No tiene tevé y el baño está en el pasillo. Cuesta la mitad.
Bueno, la tomo.
Lo que pasa es que a esta hora, el señor que la ocupa ha de estar durmiendo.
¿Durmiendo? Pero si no son ni las nueve de la noche…
Es que el señor se levanta muy temprano, ¿vio? ¿Por qué no pasa la noche en la otra y mañana se muda?
Alejandro intuyó que el chileno quería sacarle todo el dinero que fuera posible, pero de todos modos no protestó. Quién sabe, tal vez el inquilino estuviera descansando luego de una agotadora jornada laboral y aunque así no fuera, sería una falta total de delicadeza caerle a esas horas. El chileno tomó una de las dos valijas y condujo a Alejandro a través de un pasillo en semi penumbras que apestaba a pies sucios y a cigarrillo. Se quedó un instante de pie junto a la puerta, quizás a la espera de una propina y después se fue sin despedirse. Alejandro se quitó las botas y se dejó caer en la cama suspirando. Recorrió la habitación con la vista. Observó el empapelado despegándose en las esquinas, la foto desvaída de un lago sobre la cabecera, la alfombra erosionada en las zonas de mayor tránsito. No le dio mayor importancia. Estaba agotado por las treinta y seis horas de tren y el vía crucis hasta el hotel y sólo quería ducharse, comer algo y dormir hasta el mediodía siguiente. Entró al baño y giró la canilla. Se sentó en el borde de la bañera a esperar que el agua comenzara a calentarse. Diez minutos después, continuaba saliendo fría. Fue hasta la conserjería y pulsó la campanilla. El chileno apareció masticando por detrás de la cortina.
Es que como no esperábamos pasajeros esta noche, no encendimos el termo-tanque. Ya mismo voy y se lo prendo, pero va a tener que esperar un rato hasta que caliente el agua.
Alejandro regresó al baño y volvió a abrir la canilla. Buscó en la valija una muda limpia y se sentó en la cama a esperar. Volvió a chequear el agua y esperó un rato más. Finalmente se duchó con agua tibia, se vistió tiritando y salió a la calle.
Caminó cuesta abajo en dirección al Centro, por las calles desiertas. Al pasar frente a la canchita vio que aún había chicos jugando a la pelota. No parecían los mismos que jugaban a la tarde. Estos vestían unas camisetas a rayas, unas blancas y rojas, otras negras y verdes. Había un enanito con la melena tipo casco de moto que sostenía la pelota bajo un brazo y discutía con el referí. Aferrados a la alambrada que separaba la canchita de la calle, un par de curiosos seguían con atención el partido.
Alejandro llegó al Centro y no le sorprendió ver la escasa iluminación que había. En muchas ciudades del país pasaba lo mismo. Decían que era por temor a un eventual bombardeo. Con más razón aquí, tan al sur.
La bruma del lago invadía las calles. Sintió un aroma acre que no alcanzó a identificar. Era como si alguien hubiera estado quemando azufre. Faltaban los zombies arrastrando los pies sobre el asfalto. Entró a un local de comida rápida y se detuvo frente a la caja a estudiar la cartelera.
Buenas noches, mirá que en media hora cerramos.
No hay problema. Dame una ensalada número tres pero sin pollo… ¿Puede ser? Y un vaso de agua. Con la comida atragantada volvió al hotel y durmió de un tirón hasta bastante avanzada la mañana.
Lo despertaron unos golpes en la puerta. Era la mujer del chileno que venía para trasladarlo a la otra habitación. Atravesaron un pasillo que olía aún peor que el del sector vip. El cuarto contaba con dos camas de una plaza, un ropero, una mesa y dos sillas. Estaba limpio y ordenado. El piso era de cemento alisado y había una ventanita minúscula a través de la cual se veían los fondos de las casas vecinas.
Qué feo está el clima, comentó Alejandro incapaz de soportar el silencio.
Es que justo viniste en la peor época del año, le respondió la mujer mientras terminaba de tender la cama. Llueve todo el tiempo y el frío es húmedo, se te mete en los huesos. En invierno es más agradable. Hace más frío, eso sí, pero frío seco, y encima, como es temporada de turismo la ciudad se pone hermosa.
Qué bien. ¿Y esperan que venga mucha gente este año?
No, este año va a ser un desastre... Te dejo una frazada más por las dudas.
Alejandro acomodó la ropa y los libros en el estante inferior del ropero que se hallaba desocupado. Después salió del hotel y no tardó en encontrar un mercadito en el que compró verduras y arroz, sal y aceite. De regreso se puso a preparar un guiso en una cacerola abollada y negra de tizne que encontró en la cocina. Al mediodía llegó de trabajar su compañero de pieza. El hombre respondía al nombre de Arturo, era mendocino, menudo y calvo. Evangélico. Un hombre de fe, otra señal favorable, y como Alejandro, un exiliado en su propio país.
No sabés lo que fue, estuve desocupado más de un año. Tuvimos que meterle mano a los pocos ahorros que teníamos. Decí que mi mujer es maestra y cobra un sueldo fijo, sino nos comían los piojos. El pastor de mi iglesia se comunicó con un primo que vive acá y me consiguió laburo en el taller de chapa y pintura. Es el único en cien kilómetros a la redonda y alabado sea Dios, casi no damos abasto. Así que pago la pensión, gasto lo mínimo indispensable para vivir y el resto se lo mando a mi familia. Tengo cinco hijos y no sabés todo lo que comen… Así que…
Permiso… sonó una voz por detrás de la puerta que se entreabría.
Adelante, respondió Arturo.
Buenas… Venimos a conocer al nuevo inquilino.
Somos los de la pieza de al lado. Cualquier cosa que necesites nos chiflás.
Uno de ellos se llamaba Cirilo y tenía más o menos la misma edad que Alejandro. Era flaco y alto, morocho y casi no tenía dientes. Venía de un pueblito cercano. Estaba por ingresar a Gendarmería y había llegado hacía una semana para hacerse los estudios médicos y todo el papeleo. El otro, Rubén, era entrerriano y unos pocos años mayor que Cirilo, más bajo y corpulento. Trabajaba como ayudante de cocina en un hotel del Centro.
Yo soy gráfico, explicó Alejandro, trabajaba en una imprenta hasta que me despidieron.
La verdad es que no conozco a nadie del gremio ese. ¿Vos, Negro?
Cirilo negó con la cabeza.
Igual mi idea es dar clases de yoga. Supongo que acá no voy a tener mucha competencia.
Mirá, acá lo único que vas a conseguir, va a ser algo relacionado con el turismo. Aunque no pinta bien la temporada, igual están tomando gente. Si querés puedo intentar hacerte entrar al hotel.
Te agradezco, pero primero voy a ver si puedo encontrar algo de lo mío.
Alejandro invitó a todos a compartir su guiso, pero sólo Arturo aceptó. Al final del almuerzo, el chapista se acostó vestido y a los diez minutos se levantó y regresó a su trabajo. Alejandro también se echó en su cama, se puso a leer el Bhagavad Gita y no tardó en quedarse profundamente dormido.
Al día siguiente volvió a llover y la temperatura bajó aún más. Alejandro bebió un poco de té verde sin endulzar y salió a la calle. Sentía los pies entumecidos. La bota derecha tenía la puntera descosida y la izquierda, un agujero en la suela, detalles que Alejandro advirtió el mismo día de su llegada, cuando en un descuido metió los pies en un charco.
La calle estaba vacía, silenciosa. Otra vez la misma bruma acre se levantaba pesada desde el lago. Había sólo unos pocos comercios abiertos que ofrecían pulóveres, artesanías o chocolates, pero la mayoría de los locales tenían la persiana baja, las vidrieras pintadas con tiza. Oxidados carteles de inmobiliaria por todos lados.
Llegando a la plaza principal, en la que confluían el Palacio Municipal, la Iglesia y otros edificios públicos, vio de lejos a Nicolás, el muchacho que había conocido en el tren.
El día de la partida, Alejandro viajó hasta la estación en compañía de su padre, a bordo de un remís. Su madre lo despidió en la puerta de calle, intentado sin éxito ocultar el llanto y Alejandro se burló de ella, disimulando su propio pesar. El viaje transcurrió en un incómodo silencio. Era una mañana inusualmente fría de abril, todo lo que se veía a través de la ventanilla del vehículo, edificios, autos, personas, estaba teñido de un gris uniforme. Ya en la estación, el padre de Alejandro subió al vagón para darle una mano con las valijas y cuando ambos se miraron a los ojos, Alejandro vio que el hombre los tenía húmedos. Se abrazaron con fuerza y antes de bajar al andén, el hombre dijo:
Qué momento que elegiste para viajar al sur... Justo ahora… Te dije que sacaras el pasaporte, que yo te pagaba un pasaje al lugar del mundo que vos eligieras.
No pasa nada, viejo, esto se termina de un momento a otro. Además ¿vos te creés que me van a convocar? Y si me llegan a convocar, les decís que no tenés ni idea dónde estoy.
Sonó el silbato y la formación inició la marcha con una brusca sacudida. Los rieles chirriaron. Alejandro agitó la mano en dirección a su padre hasta que lo perdió de vista. En el asiento de adelante roncaba un joven de aproximadamente la misma edad de Alejandro. Del otro lado del pasillo viajaban un anciano con ropa de gaucho (le faltaban el rebenque y las espuelas) y una chica bajita y rechoncha, de rasgos bastante bonitos, vestida con un tapado negro con cuello de piel, demasiado elegante para la ocasión. No había otros pasajeros en el vagón.
El muchacho del asiento anterior durmió toda la mañana y pasado el mediodía, se desperezó, rebatió el respaldo para quedar frente a Alejandro y se presentó. Se llamaba Nicolás y al igual que Alejandro era, entre otras cosas, instructor de yoga en Hastinapura. Cada vez que bostezaba, chasqueaba los dedos medio y pulgar.
Es para cortar la energía negativa que se libera en cada bostezo, explicó.
Lo que para otro podía ser entendido como fruto del azar, para Alejandro fue una especie de señal. Tenía que significar algo que en un tren que rodaba casi vacío le haya tocado un asiento junto al que ocupaba otro iniciado como él. Sin duda se trataba de una señal, un buen augurio. Pero ni se tomaron el trabajo de reflexionar sobre el tema, como si fuera lo más natural del mundo y sólo conversaron acerca de los motivos por los que se habían embarcado en ese viaje. Nicolás iba a pasar unos días en casa de su hermana. La mujer estaba casada con un tal Hans, un hippie noruego que tocaba el saxo (era fanático de John Coltrane) y fabricaba cerveza artesanal. La pareja tenía mellizos varones, rubios casi albinos, idénticos al papá, a juzgar por la instantánea ajada que Nicolás extrajo de su billetera.
Cuando se agotó la conversación, Nicolás volvió a entregarse al sueño y Alejandro a la lectura de los textos sagrados. De vez en cuando, levantaba la vista del libro y observaba a los otros dos pasajeros. El gaucho permanecía todo el tiempo inmóvil y con los ojos cerrados, cual tótem. En cambio la chica caminaba de aquí para allá, inquieta, abría y cerraba la valija como si quisiera comprobar que no le faltara nada. Cada vez que iba al baño, le pedía al viejo que le cuidara sus pertenencias y el hombre abría los ojos y asentía perplejo.
Esa mañana, en el Centro Cívico, Alejandro pasó junto a Nicolás y estaba a punto de saludarlo hasta que vio que el muchacho murmuraba para sí, la mirada perdida en la vidriera de un negocio que vendía duendes de cerámica y mermeladas artesanales. Tal vez estuviera recitando un mantra y Alejandro no quiso interrumpirlo y continuó su camino. En la GFU solían decir que los que iban a Hastinapura estaban todos locos.
Dio unas cuantas vueltas por la ciudad, hasta que descubrió un local del que salía música disco a todo volumen. La vidriera estaba cubierta con carteles que promocionaban actividades deportivas y fotos de fisicoculturistas de ambos sexos. Entornó la puerta de blindex al tiempo que daba unos tímidos golpecitos. Apareció una criatura de belleza extraordinaria. La calza y la musculosa que llevaba puestas parecían pintadas sobre la piel.
Hola… Estoy cerrando… Vuelvo a las cinco.
Te robo unos minutitos... Estoy buscando un lugar para dar clases de yoga. Quería saber si disponen de un espacio que puedan alquilarme por horas.
Mirá… Te puedo ofrecer el salón en el que damos las clases de gimnasia. Tiene calefacción y algunas colchonetas. El problema es que el único momento en que está desocupado, es entre la una y las cinco de la tarde, cuando la gente se va a la casa a almorzar y a dormir la siesta. Claro, vos no sos de acá, no sabés. Se paraliza la ciudad de una a cinco. No te cobraría nada hasta que tuvieras suficientes alumnos, pero hay que ver si podés conseguir que te venga gente en ese horario.
Bueno, hago imprimir unos volantes, y veo qué pasa.
Para serte honesta, lo de repartir volantes no creo que vaya a funcionar. Tendrías que contratar un espacio publicitario en la tevé local.
Pero eso me va a costar un dineral…
Y sí, barato no es, pero acá el que no aparece en la tele, no existe.
La chica garabateó un nombre y un número de teléfono en su propia tarjeta personal y se la entregó a Alejandro.
Decile que vas de parte mía.
Él se quedó mirando el pequeño rectángulo de papel con cara de pollito mojado.
Si querés podés llamar desde acá.
Alejandro llamó y concertó una cita para el día siguiente. Le agradeció a la chica y salió a la calle. Caminó en dirección al lago y se quedó largo rato contemplando toda esa belleza natural. Hubiera querido tomarse unos minutos para meditar pero hacía mucho frío. De regreso a la pensión, entró al mercadito y compró los ingredientes para hacer otro guiso, esta vez, de lentejas. Arturo llegó del taller y aceptó gustoso la invitación a compartirlo.
Che, pero a este guiso le falta lo más importante. Te olvidaste de ponerle carne.
Ya te dije que soy vegetariano, Arturo. Estoy en contra del sacrificio de animales.
Pero si Dios los creó para que nos alimentemos. Está escrito en la Biblia.
¿En qué parte de la Biblia? No digas macanas.
Estuvieron deliberando largamente sobre este y otros temas durante la sobremesa y luego cada uno desde su cama hasta que Arturo comenzó a roncar y Alejandro apagó la luz y siguió los pasos de su compañero de cuarto.
Se despertó a las ocho y media de la mañana, y recién estaba amaneciendo. Arturo ya había salido hacia su trabajo, al parecer en el más completo de los silencios para no perturbar el descanso de Alejandro. Sobre el techo de las cabañas vecinas, la escarcha refulgía bajo la intensa claridad del cielo plomizo. A Alejandro le fastidiaba el simple hecho de pensar en salir a enfrentar el frío de la calle. Se quedó un rato de pie observando a través de la ventana cómo los pájaros se acicalaban en las ramas de un árbol, indiferentes al gato gordo gris y peludo que los acechaba desde el suelo meneando la cola.
Alejandro no podía comenzar el día sin antes tomar una ducha, pero como de costumbre el agua salía helada. Cuando estaba yendo a la conserjería a confrontar con el chileno casi se llevó por delante a Cirilo, que venía de la calle. Alejandro lo puso al tanto de lo qué pasaba y Cirilo se llevó el dedo índice a los labios y lo condujo a través del pasillo hasta el cuartito donde estaba el termo-tanque. Manipuló la cerradura con un alambre que llevaba enrollado en el bolsillo.
Este tipo es un hijo de puta, sentenció Cirilo. No te deja ni el piloto encendido con tal de ahorrar gas. Y si vas y te quejás, te dice qué es esto de bañarse todos los días, si con el frío que hace el cuerpo ni transpira…
Vaya a saber por dónde entraba el chiflete, el asunto es que se les apagaron varios fósforos antes de que pudieran encender el maldito calentador.
Ahora tenés que esperar por lo menos media hora para poder bañarte, dijo Cirilo triunfante, sonriendo su sonrisa sin dientes. Después venís y lo apagás, así el conchudo no se entera.
Alejandro se duchó, se puso la mejor ropa que tenía y salió de la pensión. Caminó cosa de un kilómetro, hasta que dio con el edificio. Entró y se plantó frente al escritorio de la recepcionista. La chica se estaba limando las uñas y tardó una eternidad en levantar la vista para observarlo con una mueca de desagrado.
¿Sí?
Vengo a ver al señor Romero.
¿Su nombre?
Alejandro, él ya sabe.
La chica se lo quedó mirando, y después levantó el tubo de un intercomunicador y habló en un susurro.
Siéntese que ya lo atiende.
Alejandro se sentó, y entrelazó las manos sobre las rodillas. Al rato la recepcionista dijo:
Segundo piso, oficina ocho, la escalera está al fondo del pasillo, a su derecha.
Encontró la oficina sin dificultad y golpeo la puerta. De adentro le gritaron que pase. Alejandro entró con timidez, y vio a un hombre mayor con bisoñé y una enorme sonrisa postiza. Lo invitó a que tomara asiento.
Te explico: yo te voy a hacer una especie de entrevista tipo tema de interés general, para que vos puedas vender lo que hacés... ¿Capisci? ¿Qué querés que te pregunte?
Y… No sé… En qué consiste el yoga... Dónde me formé…
El hombre anotó lo que Alejandro le decía en una libretita que había sobre el escritorio.
Mirá, esto no nos va a llevar más de dos, tres minutitos, tratá de ser breve, de no irte por las ramas. Ah… Y no estés todo el tiempo mirándote en el monitor porque queda como el orto… Al final, te voy preguntar dónde y en qué horario van a ser las clases. Pasame los datos ya, así se los doy al operador para que arme el graf. ¿Tenés ahí la tarasca?
La nota estuvo bien en líneas generales. Lo sacaron al aire a continuación de una señora que enseñaba a preparar lasaña y el nacimiento de unos robustos y bien formados pechos. Al final de la nota, durante los comerciales, Alejandro se acercó para estrecharle la mano al tal Romero, pero el tipo se estaba haciendo retocar el maquillaje y no le llevó el apunte. Una asistente con un porta-block, tomó a Alejandro de un brazo y lo condujo hasta fuera del set sin siquiera mirarlo.
Llegó el sábado y Alejandro, que no tenía otra cosa mejor que hacer, decidió realizar una excursión al cerro, una de las principales atracciones turísticas de la ciudad. Cirilo y Rubén le habían aconsejado ir por el faldeo, un camino que ascendía en forma de espiral, y por el que no se tardaba más que un par de horas en llegar a la cumbre. Pero cualquiera podía subir por el faldeo, pensó Alejandro y decidió hacerlo desde la base en línea recta. Una insensatez. No se le ocurrió que semejante empresa requería de un equipo especial, unas botas con suela de goma que le permitieran una buena adherencia al terreno. El primer tramo le resultó bastante sencillo ya que estaba en excelente estado físico. Pero a medida que se iba acercando a la cima, las cosas se complicaron. Tuvo que aferrarse a las rocas casi con las uñas y ya no contaba con la opción de volver atrás, la ladera se había vuelto casi vertical. Cuando dirigió la vista hacia abajo lo recorrió un escalofrío. No pudo hacer otra cosa que seguir ascendiendo. Llegó a la cima exhausto y tembloroso.
Se detuvo a observar los restos ennegrecidos de una confitería que según le contó el entrerriano esa misma noche, se había incendiado el año anterior. Se decía que había sido intencional. El negocio estaba en la ruina, y al dueño sólo le quedaba la esperanza de cobrar el seguro para recuperar, aunque más no sea una parte del dinero invertido. La nieve caída en el cerro durante la noche, la primera de la temporada, se acumulaba sobre los escombros, entre ellos un segmento de pared pintada de blanco cubierta de grafitis. Alejandro extrajo un marcador del morral con la idea de agregar el suyo. Estuvo pensando un rato pero no se le ocurrió nada, por lo que sólo escribió su nombre y la fecha.
Se quedó sentado, observando el valle, hasta que el frío le caló los huesos. Pronto comenzaría a oscurecer, y ya no iba a poder ver ni por dónde caminaba. Descendió por el faldeo. El sendero atravesaba un bosque que parecía salido de un libro de Tolkien. Un búho aterrizó sobre una rama próxima y lo observó con curiosidad y cierto aire desafiante. El silencio era casi total, sólo se oía el viento agitando las copas de los árboles y el piar de algunas aves. En un recodo del camino vio una cabaña con una chimenea de la que brotaba un humo blanco y denso. Junto a ella un camión cargado con troncos. Más allá un galpón como los de las películas de cowboys. Parecía un aserradero.
La cabaña tal vez fuera el hogar del dueño y su familia. Lo imaginó un hombre de pocas palabras, generoso, casado con una mujer tímida y amable. Con un batallón de hijos educados a la antigua. Vislumbró una vida en ese lugar. Ejerciendo el noble oficio de convertir la madera en materia prima de cómodos muebles, de guitarras. Percibió el olor dulce de la resina impregnando el aire mientras las imágenes transcurrían por el foco de su conciencia. Se vio encendiendo el hogar a leños en la penumbra de su propio refugio, al final de una jornada de trabajo felizmente agotador.
Podría acercarse a la cabaña y preguntar si había alguna vacante de trabajo. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Carecía de experiencia en el oficio, por cierto, pero podía aprender, tenía mucha habilidad para aprender cosas nuevas, y voluntad. De pronto la extraña sensación de haber encontrado su lugar en el mundo, fue muy intensa. Se quedó largo rato mirando la cabaña y después continuó su camino. Completó el descenso y se dirigió a la pensión.
Mabel, la dueña del gimnasio, lo recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Hasta lo saludó con un efusivo beso en la mejilla que hizo sonrojar a Alejandro.
Parece que tuvo éxito tu aparición en la tele. Ya se anotaron tres alumnas.
Alejandro entró al salón y alineó las colchonetas. Encendió un sahumerio y repasó el esquema de la clase en su cuaderno. No había tenido oportunidad de hacer un contacto previo con sus alumnas, pero Mabel le contó que se trataba de tres señoras mayores, por lo que decidió preparar una clase más bien tranquila. Las escuchó cuando llegaron y Mabel las condujo al vestuario. Alejandro se sentó sobre la colchoneta en posición de loto y cerró los ojos.
Permiso…
Adelante… Por favor, ubíquense en las colchonetas.
Ninguna de las tres bajaba de los sesenta años. La más joven medía cerca de un metro ochenta, estaba maquillada como para un casamiento y llevaba el cabello con claritos, peinado a lo Farrah Fawcett. Las otras dos eran bastante menuditas y más sencillas en el arreglo personal. Tenían edad como para ser abuelas de Alejandro. Las tres vestían calzas y remeras de color negro, como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano. Estaba por sugerirles que la próxima clase se vistieran de color blanco, que el blanco era el color más adecuado para practicar yoga, por una cuestión energética, pero lo pensó mejor y desistió. Que se vistieran del color que les viniera en gana.
Buenas tardes, me llamo Alejandro y soy el instructor. ¿Los nombres de ustedes?
Alejandro tomó nota en el cuaderno.
¿Alguna de ustedes ha practicado yoga en otra oportunidad?
Las tres sacudieron la cabeza al unísono.
Bueno, les cuento. El yoga es una disciplina milenaria nacida en La India. Más que un método de gimnasia, es un modo de vida. Una filosofía. Se basa en una serie de posturas llamadas asanas que nos van a ir llevando a la paz interior, a la contemplación, con el objeto de llegar a un estado de plenitud espiritual y a la felicidad. ¿Alguna pregunta?
Volvieron a sacudir la cabeza a los costados.
¿Alguna afección que crean que podría interferir en la práctica?
Uh… Si yo te cuento, nene, nos vamos a pasar la tarde acá….
Yo tengo escoliosis y un poco de reuma.
Farrah Fawcett frunció los labios y se encogió de hombros.
Hagan hasta dónde puedan, no se fuercen. El yoga no es competitivo. Les cuento que yo suelo acercarme y tocarlas para corregir las posturas. Si alguna no quiere que la toque, me avisa.
Las tres volvieron a sacudir la cabeza, esta vez con más energía.
Por mí, encantada.
Yo tampoco tengo inconvenientes.
Tocá todo lo que quieras, nene, que mi marido no es celoso.
Ay, Delia, qué va a pensar el profesor…
Comencemos, entonces. Siéntense cómodas, con las piernas cruzadas y la espalda derecha. Coloquen las manos con las palmas hacía arriba, los dedos pulgar e índice unidos. Ojos cerrados. Respiren profundamente por la nariz. Exhalen lo más lentamente posible. Ahora vamos a entonar tres veces el mantra om. Inspiro…
Al final de la clase las despidió con un beso en la mejilla. Por más que Alejandro intentó convencerlas de que tomaran dos clases semanales, sus flamantes discípulas esgrimieron excusas. Ni siquiera habían abonado la mensualidad, ya que Mabel les sugirió que probaran una clase y después decidieran si continuaban o no. Al parecer esa era la política del gimnasio. Alejandro repasó mentalmente una y otra vez vez la sesión, ejercicio por ejercicio, asana por asana, con el objeto de autoevaluarse. Llegó a la conclusión de que su desempeño había sido correcto, pero vaya a saber qué opinaban las señoras.
Al día siguiente, se levantó temprano y salió a caminar por la ciudad. Comenzaba a familiarizarse con algunos rostros y saludaba a quien se le cruzara, lo cual suponía era una práctica corriente en las ciudades y pueblos del interior, pero sólo recibía como respuesta miradas desconcertadas o decididamente hostiles. Entró a un bar de camioneros que había sobre la ruta, y pidió un té con leche y dos medialunas de manteca. Hombres macizos y rústicos bebían café negro y fumaban pensativos frente al diario abierto en la página de deportes. Otros opinaban sobre la guerra, esa guerra tan presente en los diarios y en los noticieros, en las charlas de café y en la cola del almacén, pero al mismo tiempo tan lejana, apenas una ficción.
El tipo de la barra, un gallego cejijunto, fregaba con parsimonia unas tazas de porcelana para luego apoyarlas en el escurridor de acero inoxidable. La radio emitía una estática de la que era casi imposible extraer alguna frase con sentido.
Hasta hacía unos meses, Alejandro había estado trabajando en una imprenta. Pero en los últimos tiempos no hacía otra cosa que tomar mate y charlar con sus compañeros. Una mañana, el patrón lo llamó a la oficina y casi con lágrimas en los ojos, le explicó que la situación era insostenible, que no sólo no estaba pudiendo obtener ganancias del negocio, sino que tenía que echar mano a sus ahorros para poder pagar los sueldos. Que lo lamentaba en el alma, pero tenía que prescindir de sus servicios. A partir de entonces y hasta fin de mes, le explicó el patrón, Alejandro tenía el derecho de llegar a la imprenta dos horas más tarde. De esa forma contaría con tiempo para buscarse otro empleo. Durante la primera semana y parte de la segunda Alejandro se presentó a algunas entrevistas, y después, simplemente se quedaba durmiendo.
El día que estalló la guerra, entre sueños escuchó una especie de extraña heterofonía. Desde la habitación contigua, le llegaban fragmentos de un comunicado radial recitado con tono marcial.
…La República… Fuerzas Armadas… la concreción exitosa de una acción conjunta… recuperando el control de las islas para el patrimonio nacional…
Lo más extraño era la música de fondo: Child in Time, de Deep Purple. El tema incrementaba el carácter dramático del comunicado. Lo volvía surrealista. Alejandro no entendía bien qué era lo que estaba sucediendo. Salió dando tumbos y en el pasillo se tropezó con el adolescente que vivía con la madre y un montón de hermanitos menores en la pieza de al lado. Abrazó a Alejandro.
¿Escuchaste?… Los gringos nos van a romper el orto, nos van a romper… Vamos a ser una colonia, y entonces van a venir todas las bandas de rock a tocar acá… ¿Qué te parece, chabón? Por eso empecé a poner música en inglés desde temprano... Para que quede claro de qué lado estoy…
Alejandro no supo qué contestar y le sonrió con tristeza. Fue al baño y se mojó la cara, se acomodó el pelo, se cepilló los dientes. Mientras tanto Ian Gillan le demostraba al mundo que podía cantar aún más agudo.
Sweet child in time/ you'll see the line…
Mojó la medialuna en el té con leche y la masticó pensativo. Definitivamente, el sur no era la Tierra Prometida con la que había soñado. Tal vez existiera otro sur, diferente a esa ciudad de cartón pintado, rodeada de miseria. Podía averiguar qué pasaba en los pueblitos de alrededor, pero sencillamente carecía de espíritu aventurero. O tal vez el poco con el que contaba, se le había agotado en ese proyecto descabellado. Sacó el cuaderno que llevaba en el morral, y comenzó a escribir una carta a sus padres. Garabateó media página y después arrancó la hoja del cuaderno, hizo un bollo con ella y la dejó sobre la mesa. Decidió hacerles una llamada ni bien saliera de allí.
Recorrió con la vista el bar. Los camioneros seguían opinando de fútbol o sobre la crisis económica. El mozo intentaba sintonizar la radio sin éxito y el gallego cabeceaba tras la caja. De pronto Alejandro percibió un matiz de preocupación en aquellos rostros antes inexpresivos y no entendía el por qué, hasta que comenzó a escuchar el rumor de unas turbinas. El sonido creció hasta hacerse en cierta medida intolerable, y los signos de alerta crecieron en proporción directa en los rostros de los parroquianos. Los vidrios de las ventanas vibraban. Los hombres levantaron la vista hacia el cielo raso como si pudieran ver a través. El sonido y las caras de preocupación llegaron a su clímax y después se extinguieron. Cada uno volvió a ocuparse de sus cosas.
Alejandro pagó la cuenta y salió. Caminó al borde de la ruta en contra del viento, la mirada clavada en la punta de sus viejas botas. Cuando alzó la vista vio el enorme galpón de una empresa de camiones. Podía tirarse el lance para que lo llevaran gratis. Había una especie de oficina a unos metros de la entrada. Se acercó y se quedó mirando a través de la puerta de cristal. Una mujer enorme que hablaba por teléfono le hizo señas de que entrara. La oficina hedía a humo de tabaco. La mujer le gritaba al teléfono. Cuando su violencia verbal se extinguió, dirigió su mirada biliosa a Alejandro.
No, pibe, no podemos llevar a nadie. Mirá si llegara a pasar un accidente, toco madera. El seguro se abriría de gambas.
Siguió caminando en contra del viento. Cuando divisó el campanario de la iglesia, decidió abandonar la ruta e internarse en las calles del centro. Por un momento imaginó que era el único sobreviviente de una pandemia, y que los seres que lo rodeaban no eran más que espectros, almas en pena. Zombies. Fue tan fuerte la sensación, que lo recorrió un escalofrío. Le preguntó a una señora que oteaba la nada desde la puerta de su casa, dónde quedaba la terminal de ómnibus. La mujer emergió de su aturdimiento y lo miró con sorpresa, murmuró una disculpa, y él tuvo que repetirle la pregunta. La mujer le dio unas indicaciones vagas.
Sacó boleto para esa misma tarde. No iba a volver en tren, aunque el pasaje valiera la mitad. El tren tardaba casi el doble, no tenía calefacción, y los asientos de madera constituían un suplicio para traseros descarnados como el suyo. A la ida vaya y pase, aún lo embriagaba la euforia aventurera. Pero volver a pasar por la experiencia del tren, habría alimentado su sensación de fracaso.
Camino a la pensión para recoger sus cosas, se cruzó con la chica del tapado de paño negro con cuello de piel. Mirándola bien, aún con la mejor de las intenciones, no se podía decir que fuera bonita, pero tenía una de esas miradas de enajenada mental que siempre le habían atraído.
Hola. ¿Te acordás de mí?
Claro que me acuerdo, ibas en el mismo vagón que yo.
Y… Contame… ¿Estás de vacaciones?
No… ¿Qué vacaciones? Vivía con mi vieja y el marido y ya no me bancaba más. Mi madrina me dijo venite que te hago un lugarcito en casa hasta que encuentres laburo y puedas alquilarte algo.
¿Y?
Conseguí de mucama en un hotel. Una mierda lo que me pagan.
¿Y ya te hiciste amigos?
¿Qué amigos? ¿Para qué quiero amigos? Los amigos no sirven para nada.
Al pasar por la vereda de la sociedad de fomento se sorprendió al ver que ya a esa hora había pibes dándole a la pelota. El enanito del pelo con forma de casco hacía alardes de su dominio sobre la ley de gravedad, generando una atmósfera mágica que hasta hizo que Alejandro se detuviera a observarlo con veneración. Quién te dice que el petiso no fuera a convertirse en el próximo Maradona.
Hubiera deseado no cruzarse con nadie, desaparecer de la vida de Arturo y Cirilo, de Rubén, de la misma forma en que apareció. Pero no tuvo más remedio que tolerar las palmaditas en la espalda, los buenos deseos, la oferta de acompañarlo hasta la terminal.
Gracias, muchachos, pero no hace falta. Cuesta abajo va a ser más fácil lidiar con las valijas.
En el ómnibus la temperatura era agradable y el asiento súper mullido, una invitación a entregarse a los brazos de Morfeo. No por nada el pasaje costaba el doble que el del tren. Hasta había música funcional, la radio sintonizada en una estación de efe-eme.
Alejandro compró dos cajas de chocolate, una para él y otra para sus padres y un ejemplar de la revista Mutantia en un kiosco de la terminal para leer en el camino. Si bien contaba con algunos ahorros, nomás volver, tendría que ponerse en campaña para encontrar un trabajo en el corto plazo y despegar lo más rápido posible de la casa paterna. Lectura de clasificados por las mañanas y vuelta a sus clases ad-honorem de hatha yoga en la GFU al atardecer.
Partieron a horario y en breves minutos abandonaron los grises suburbios y tomaron una ruta que corría paralela a un río bravo y cristalino. El clima había cambiado y el sol pintaba el mundo de tonalidades doradas y las hojas de los árboles eran amarillas y rojas. Pasaron junto a un campo de lavandas, e incluso con la ventanilla cerrada se podía apreciar el intenso perfume que despedían. El crepúsculo llegaba a su fin. En la radio sonaba una canción de moda. Alejandro prestó atención a la letra.
Adonde quiera que voy, adonde quiera que esté
En mi silencio interior, yo siempre te encontraré…
Sintió que esa canción sonaba especialmente para él. Confirmó una vez más su hipótesis de que el Universo no era una estructura caótica, sin sentido; muy por el contrario, en sus manifestaciones se podía advertir que había una Inteligencia detrás, comandándolo, un Ser Superior con un profundo sentido del humor que se divertía dejando pistas de su existencia, a la espera de ser descubierto. Y por supuesto, en este vasto Universo todas las cosas, todos los seres, estaban interconectados. Mientras meditaba en esos asuntos se quedó dormido. No llegó a escuchar el final de la canción, tras la cual emitieron el comunicado número ciento sesenta y cinco de la Junta Militar que anunciaba el fin de la guerra.

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