La Reciprocidad, cap. XII



Leí por ahí que el origen de la nostalgia nos remite a una circunstancia traumática que implica un antes y un después, un evento que constituye la bisagra entre el paraíso perdido y el consecuente estado de añoranza. La pérdida da lugar a este sentimiento, que no es otra cosa que el deseo de volver el tiempo atrás con el objeto de restaurar aquel mundo paradisíaco del cual fuimos expulsados.

A propósito de expulsión, el peor castigo que podía recibir un griego era el destierro. Ante la alternativa, más de uno optaba por la muerte. Porque los griegos carecían del concepto de lo que hoy entendemos como el yo y su identidad estaba construida en relación con el grupo, la polis. El desterrado ni siquiera soñaba con la posibilidad de establecer una nueva trama social en otra polis, lo que le hubiera permitido conservar el sentimiento de unidad psíquica. El destierro implicaba perder completamente su identidad, su condición de ser humano.

Para la medicina, el sentimiento de nostalgia es el sustrato de enfermedades como la depresión y la melancolía y una excelente oportunidad de negocios para la industria farmacéutica.

Los existencialistas entienden la nostalgia como un modo de ser en el mundo, una especie de filosofía de vida que privilegia el valor del pasado por sobre el presente, una negación del futuro como promesa. Su axioma es: todo tiempo pasado fue mejor.

La nostalgia es un anclaje de nuestro afecto en personas, lugares y objetos que pertenecen al pasado y que nuestra memoria se ha ocupado de maquillar y de enaltecer, atribuyéndoles un valor que difícilmente esas personas, lugares y objetos se hayan ganado con total justicia. Podría decirse que la magnitud de tal sentimiento es independiente de la estima que hemos sentido por ellos durante el tiempo y en el espacio que compartieron con nosotros. En consecuencia, las personas y las cosas que irán llegando a nuestras vidas, oscurecidas por la sombra de la nostalgia, carecerán del brillo y del valor de aquellas otras de allá y entonces. Nuestra existencia se irá empobreciendo, el deseo se irá debilitando, ya nada a nuestro alrededor ni nada de lo que vendrá a nosotros nos provocará siquiera una chispa de curiosidad, no será capaz de despertar en nosotros la más mínima emoción. Y entonces nos sentiremos caer por una pendiente, como si nos desbarrancáramos, porque esa especie de dolorosa insensibilidad se irá agravando día a día y sólo podremos sentir amor por aquello que ya no tenemos, aquello que quizás en su momento representaba un valor relativo para nosotros pero que ahora se ha erigido en nuestro Rosebud.

Dicen que sólo se puede olvidar aquello que no se ha vivido; al menos, podríamos agregar, aquello que no se ha vivido con cierta intensidad. Qué triste sería que nuestra nostalgia no hallara un puerto en el que echar amarras. El recuerdo es un pecho amigo en el que hallamos consuelo. Un refugio. Carecer por completo de nostalgia, si pudiera ser esto posible, constituiría la prueba de que no hemos amado, de que jamás hemos sentido pasión por nada ni por nadie.


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