EL CARRO
¿Qué estaba haciendo en medio de aquella gran festichola celebrada en la mansión del Patrón, vestido con un frac blanco al estilo de las películas de los años cincuenta, sentado a una mesa junto a gente que no conocía y cuyas conversaciones, aunque en español neutro, carecían del más mínimo sentido para mí? ¿Quién era yo, que el mismísimo Zar de la Cocaína, venía en dirección a mí y en el momento en que estaba por levantarme de la silla, me decía no te molestes y dejaba caer, familiarmente una de sus poderosas manos sobre mi hombro? Me asaltó una especie de visión, una imagen escurridiza. El Jefe señalándome con el mentón a aquel amasijo de carne con sólo un hilo de vida. El olor de la pólvora, la sangre corriendo lenta por las juntas de las baldosas. Confuso, alcé la copa que estaba frente a mí y me la llevé con arrebato a los labios, pero hube de escupir el empalagoso contenido. Jugo de naranja. Me froté los labios con el dorso de la mano y tironeé de la manga del hombre que estaba sentado a mi lado. Me sorprendió ver que se trataba nada menos que del mismísimo Django Reinhardt. Pronuncié su nombre, aturdido, y me él corrigió.
Yango Renar se pronuncia, cher Charlie,
¿cuántas veces te lo tengo que repetir, mon ami?
¿Esta mierda es lo único que hay para tomar?
¿Acaso no sabes que Pablo se opone al consumo
de alcohol o de cualquier otro tipo de sustancias en sus fiestas?
Me incorporé de un
salto y fui hasta donde, curiosamente, sabía que encontraría la cocina y le
pedí al maître una botella de whisky. El hombre dudó un instante y yo introduje
la mano en el bolsillo. El tacto de lo que allí había, me provocó un escalofrío.
Era una pistola de dimensiones importantes. Hurgué en el otro bolsillo y hallé el
dinero que buscaba. Le extendí un billete de cien dólares y el tipo me lo arrebató
de mala gana, fue al interior de la cocina y regresó con una botella de escocés
del bueno. Le di un interminable beso de amor (a la botella) y la oculté entre
mis ropas, mientras regresaba junto al resto de los invitados. En el camino vi
pasar a un Pablo Ramos enano vestido con un bikini amarillo y una peluca fucsia
fosforescente, tacos altos. Iba de la mano de Robert Mitchum. Pablo le decía a
Robert:
Si quieren sacarme un mango a mí, me van a
tener que raspar la nariz.
Robert reía, jovial, pero
lucía frágil y desaliñado. Me invadió una profunda ternura, hubiera querido
abrazarlo y confesarle que de chico solía ver sus películas de cowboys en Sábados de Súper Acción, pero no me permití
semejante confianza, por no hablar del temor a una eventual y destemplada reacción
de Ramos; es bien sabido que es un hombre de armas tomar.
Desde un gran
escenario junto a la piscina, Django versionaba Machine Gun, de Jimi Hendrix, acompañado por una big band, bajo la dirección del gran
Quincy Jones. Cerré los ojos, embelesado y cuando volví a abrirlos, vi pasar a Eugenia
del brazo de Héctor Lavoe. Cada tres pasos, se detenían y se comían las bocas. Me
lancé en dirección a ellos, ciego de celos, pero Etta James, me detuvo tomándome
del brazo. Bastante ha tenido que
soportar esa pobre chica a tu lado, Charlie. Déjala que rehaga su vida con alguien
que sepa cuidar de ella.
Me incorporé en la
cama, cual jumping Jack, bañado en
sudor. Fui al baño, bebí de mi mano ahuecada, metí la cabeza bajo la canilla.
Encendí la luz y me enfrenté con mi cara en el espejo. Me encontré más o menos
con lo que esperaba; el rostro de un sobreviviente de unas cuantas guerras, ni
complaciente ni desagradable, una cara corriente, en apariencia saludable, sin
coloraciones verdosas o amarillentas. De hecho, en el parque, las palomas aún
vienen a comer de mi mano. Fui hasta el sillón con el cabello chorreando agua y
puse los pies sobre la mesita que está enfrente. Vi los naipes de tarot de
Eugenia y me estiré para alcanzarlos. Los mezclé y coloqué el último boca
arriba. El Carro.
Suena el teléfono, es
ella.
Luz de mis ojos, amor de vida, ¿cómo dices que
te va?
¿Ya estás borracho?
No yet, pero dame tiempo.
¿No viste si me dejé un mazo de tarot en tu
casa?
Afirmativo. Casualmente me puse a jugar con él
y me salió el carro. ¿Qué quiere decir?
Depende de lo que hayas preguntado.
Nada, qué sé yo. ¿Había que preguntarle algo?
Obvio.
No le pregunté nada.
Mirá, el carro quiere decir muchas cosas. La
acción de unificar los opuestos, la confianza en uno mismo. Eso si está al
derecho. Si está al revés, una recaída en una adicción, el estancamiento en la
relación de pareja…
A propósito… ¿A vos te gusta Héctor Lavoe?
¿Héctor la qué?
👍
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