La Decisión
Me resisto a abrir los ojos, a chequear la hora en el reloj
digital que tengo sobre la mesita de luz. Acostumbro a despertarme a las cuatro
de la madrugada y en el momento en que dirijo la vista al reloj, se terminan de
disipar las últimas brumas de sueño entre las que intento sustraerme de la
realidad. Hoy no es una excepción. Los números rojos me catapultan a una
lucidez dolorosa, expectante. Una vez más he perdido al menos dos horas de
sueño.
Al no poder relajarme en la cama, aprovechar para seguir
descansando el cuerpo, si no la mente, me incorporo de un salto y me pongo la
bata. Arrastro las pantuflas hasta la cocina y enciendo la pava eléctrica. El
micro sale recién a las siete, con lo que puedo volverme verde de tanto mate y
hasta exacerbar mis rituales matutinos de aseo.
Contemplo mi rostro en el espejo del baño antes de colocarme
las anteojeras de gel que uso para desinflamar las bolsas de los ojos. Después
me afeito y me peino cuidadosa, lentamente.
Elijo con minuciosidad exasperante cada prenda de vestir, no con
la intención de agradar, sino porque cuento con demasiado tiempo. De otra
manera, los pensamientos acudirían a mí, los temores retornarían renovados.
Tiendo la cama, dejo las pantuflas bajo la mesa de luz, alineo
sobre la misma el control remoto de la TV. Me perfumo y mientras siento cómo la
sangre abandona mis vísceras en dirección a mis extremidades (ante la sensación
de peligro inminente), salgo de casa y enfrento la calle fría, húmeda y
desierta a esperar el taxi que me llevará a la terminal.
Ya instalado en el pringoso asiento, por encima del estrépito
de la radio, los pensamientos ganan la superficie y me imagino cada detalle del
encuentro: Descenderé del ómnibus jadeando, expectante y no tardaré en localizar
con la vista el auto negro, reluciente y anacrónicamente ostentoso, estacionado
bajo la escuálida sombra de los árboles despojados del otoño. Unos pasos antes
de llegar, la puerta se abrirá y no voy a esperar a que me inviten a subir.
¿Está preparado?, querrá saber el conductor. Mire que no hay
vuelta atrás.
Asentiré en silencio, conteniendo un suspiro. Sólo tengo
pasaje de ida.
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