Igual que en un tango

 


 


Tardó bastante en darse cuenta de que el sonido del celular no formaba parte del sueño. Se maldijo por no haber tenido la precaución de ponerlo en modo avión. No tenía ni idea de qué hora podía ser, ni de cuánto tiempo había estado durmiendo. Vio la imagen de ella en la pantalla y no atinó a dejar que atendiera el contestador.

Hola…

Hola, ¿Te desperté?

Sí…  ¿Qué hora es?

Las once. ¿Qué hacés durmiendo un sábado a las once de la noche?

Malena, estoy agotado. Tuve una semana de mierda.

Sí, sí, yo también tuve  una semana de mierda…

No lo dudo, pero ¿hacía falta que me despertaras para recordármelo?

¿Todavía estás enojado?

Malena, por favor, mis neuronas… No… No están pudiendo hacer sinapsis. Cuando me despierte del todo te llamo, ¿dale?

¿Cuándo me vas a llamar?

Cortó. Apagó el celular y lo dejó sobre la mesa de luz y se masajeó los ojos, suspirando. Desde la tevé muda, un pastor brasileño evangelizaba a una multitud que alzaba los brazos enardecida. Revolvió entre las sábanas buscando el control remoto y cuando por fin lo encontró apagó el televisor. Encendió el velador y se incorporó un poco en la cama. No iba a poder recuperar el sueño a menos que se clavara otro lexotanil, pero después andá a bancarte la resaca. Abandonó la cama tiritando y se puso la bata roja de toalla.

Fue al baño y se puso a orinar en el lavabo mientras examinaba su rostro en el espejo salpicado de dentífrico, su rostro inocuo, ni agradable ni repulsivo, su cabello anacrónicamente largo, las entradas que se iban juntando con el claro de la coronilla. ¿Qué le habrá visto Malena? Era una suerte que su discurso aún tuviera cierto predicamento en los ambientes académicos, entre las intelectuales que frecuentaba. Si no fuera por eso ya estaría completamente fuera de carrera.

Regresó al cuarto y volvió a encender la tevé. Estuvo haciendo zapping hasta que encontró una vieja película. Ya la había visto y le había gustado. Los personajes eran dos adolescentes y una mujer unos años mayor, la esposa del primo de uno de ellos. Viajaban en auto por México. A ella le habían diagnosticado un cáncer terminal y decidió vivir al máximo lo que le quedara de vida, pero los chicos ignoraban este detalle. Los chicos eran Gael García Bernal y Diego Luna. Ella era Maribel Verdú y por aquel entonces estaba a punto de caramelo. Una boca increíble, increíbles pechos. Tal como a él le gustaban. Sintió que le corría una especie de electricidad por el cuerpo y se removió en la cama. Se colocó los lentes y encendió el celular.

Tenía tres llamadas perdidas de Malena. Un mensaje de Willy. Willy quería saber qué estaba haciendo. Mientras leía el mensaje de Willy sonó el celular. Bajó el volumen de la tevé y tomó la llamada.

Me dijiste que me ibas a llamar y no me llamaste.

Tené piedad de mí, Malena, por favor. Dejame respirar…

Sí, yo te dejo respirar, pero hace como dos días que no sé nada de vos… ¿Todavía no se te fue la bronca?

No es bronca, Malena. Es colapso mental. Vos no necesitás un novio, Malena, lo que necesitás es un  acompañante terapéutico.

No seas malo… Nos queremos, Ricardo. Eso es lo que cuenta. Teneme un poquito de paciencia, estoy trabajando estas cuestiones en mi análisis…

Malena. Nos vimos tres veces esta semana y las tres veces terminamos a las patadas. Vos no podés perder los estribos porque viste una cucaracha en la cocina, o porque te agarró un piquete y llegaste tarde a tu clase de teatro. El miércoles me revoleaste la ensaladera porque se suponía que yo tenía que saber que no te gusta el pepino. Es injusto, me fui cargado como un equeco para esperarte con la comida…

Vos sos injusto… No querés reconocer que estoy cambiando… Esa noche te fuiste dando un portazo y yo me la banqué como una lady, no te taladré la cabeza por teléfono como hacía antes…

Malena… Siempre estás de mal humor, quejándote por todo y te la agarrás conmigo. Estás todo el tiempo con esto de que mientras vos te matás trabajando yo me paso el día rascándome las pelotas, que soy el típico empleado público...

Si es verdad… ¿Cuándo vas a reconocer que trabajo más que vos?

…Y además me tenés harto con tus comentarios de mierda respecto de la política... Habíamos quedado en dejar de hablar de política, ¿te acordás?

Es que no sé por qué la defendés tanto. Si es una chorra igual que todos…

… Sí, sí, igual que todos. Que se vayan todos, que vuelvan los milicos… ¿Qué más?… No empecemos otra vez…

… Si no es contra vos, Riqui, mi amor… Es un dato de la realidad.

Por favor. Bastabastabastabasta.

Es que estoy detonada de tanto laburo. No es con vos, Riqui, entendeme.

No es conmigo hasta que es conmigo, Malena. Ya no me banco más.

¿No querés que vaya a tu casa?

No, Malena, mañana hablamos.

Yo te quiero y me arrepiento de todas las barbaridades que te digo cuando me enojo. Me falta el aire si no estás. ¿En serio no querés que vaya?

No. Te dije que hablamos mañana. Chau.

¡Vos no tenés sangre en la venas, Ricardo! ¡Tenés Coca-Cola! ¡Pero sin gas!

 

Subió el volumen de la tevé y acomodó la almohada. En la pantalla, Maribel Verdú y Gael García Bernal lo estaban haciendo en el asiento de atrás del auto. Los pezones de Maribel estaban a punto de atravesar la tela de la remera que llevaba puesta. Qué no voy a tener sangre en la venas, se dijo Ricardo y sintió como buena parte de la misma se desplazaba hacia los cuerpos cavernosos de su miembro. No era una película para ver solo. Se levantó y fue a la cocina, abrió la heladera y tomó agua de la botella. Después caminó hasta el living y miró a su alrededor con la mente en blanco. En eso se acordó del mensaje de Willy. Fue a buscar el celular.

Me desperté hace un rato de la siesta. ¿Vos qué hacés?

Estoy acá en casa, al pedo. ¿No querés que vayamos a lo de Roberto?, respondió Willy casi de inmediato.

Dale. Me pongo bello y salgo.

Uh. Mirá que el boliche cierra a la seis de la mañana.

Qué gracioso.

 

Entró al cuarto y levantó del piso los jeans hechos un bollo. Buscó un suéter en el placard y se lo calzó sobre la remera que usaba para dormir, raída y manchada de tanino. Malena tenía razón: ¿Qué hacía durmiendo un sábado a la noche? El celular volvió a sonar y él pensó que era Willy. Pero no, era otra vez Malena. Dejó que terminara de sonar y después se lo guardo en el bolsillo del sobretodo.

 

Todavía era temprano y el bar estaba casi vacío. Se acercó a la barra y saludó a Roberto, el dueño del bar. Pidió un Pineral mientras miraba distraído la pantalla grasienta de una tevé que transmitía una pelea de fondo. Vio que había una mesa desocupada cerca del rincón que hacía las veces de escenario y se fue a sentar allí una vez que Roberto le sirvió el trago. Echó un vistazo a su alrededor, a la aún escasa concurrencia. Nada que ver con lo que uno espera ver en un boliche de tango. Pero el bar 12 de Octubre no era cualquier boliche de tango. Era un lugar cool y en general su clientela no pasaba los treinta. La mesa contigua estaba ocupada por dos muchachos, vaya a saber pertenecientes a qué tribu urbana, llenos de piercings y tatuajes, pálidos como cadáveres y con el cráneo rasurado.

Roberto estaba de espaldas a la barra arengando a los púgiles como si estos pudieron escucharlo. Ricardo esperó paciente a que volviera la vista hacia donde estaba él y cuando lo hizo agitó su copa vacía. Se puso a tamborilear sobre la mesa. Al rato, casi una eternidad, la camarera apareció con el trago. Debía de ser nueva. No la había visto en visitas anteriores y a juzgar por la forma en que llevaba la bandeja, carecía de experiencia en el oficio, defecto que compensaba con lo buena que estaba. 

Mmm… Me parece que yo a vos te tengo de algún lado. ¿Puede ser que te haya visto en alguna película?

Sí, trabajé en Catch me if you Can. 

Ah, ya me parecía.

Depositó la copa sobre la mesa y lo miró sobradora. Después caminó hasta la barra sacudiendo el culo con cierta exageración. Vaya si estaba buena. Le dijo algo a Roberto y ambos se volvieron a observarlo burlones. Ricardo apuró el Pineral deseando, desde lo más profundo de su ser, que se lo tragara la tierra.

Mientras bebía la tercera copa entró Osvaldo, envuelto hasta los ojos con su bufanda a cuadros, su gabardina gris. Detrás de Osvaldo, entró Agustín, ambo y camisa negros, zapatos negros. Funda de guitarra negra. Saludaron con un gesto a Roberto que tras la barra secaba sin apuro un vaso. Varios clientes dirigieron sus miradas a los músicos y después siguieron tragando sus bebidas y charlando animadamente sobre una indescifrable música de fondo.

Agustín dejó el saco tras la barra y fue hasta el rincón reservado a los músicos, extrajo la guitarra de la funda y comenzó a afinar sus cuerdas con un sofisticado afinador electrónico de última generación, sentado sobre un taburete. Osvaldo pidió una ginebra y después de pegarle un trago comenzó a desembarazarse de sus múltiples capas de abrigo. No pasó mucho tiempo hasta que la música desapareció y la gente hizo un respetuoso silencio.

Buenas noches, bienvenidos, saludó Osvaldo. Espero que disfruten del espectáculo. Y arrancaron con el primer tema.

Me acobardooooó la soledaaaaad y el miedo enorme de morir lejos de tiiiiii…

Al finalizar, el público ovacionó a los músicos como si fueran una banda de rock. Se mezclaron aplausos, aullidos y silbidos y Osvaldo agradeció con una reverencia. La camarera llegó con la cuarta o quizás quinta copa (Ricardo ya había perdido la cuenta) y él le agradeció sin mirarla. En la mesa de al lado una pareja de turistas charlaba en un español rudimentario con un flaquito con pinta de tránsfuga mientras dos morochas de gran porte hacían su entrada triunfal. Ricardo se midió mentalmente con ellas y advirtió lo lejos que estaban de sus posibilidades. Miró su propio reflejo en el cristal de una ventana y se encontró con un viejo con cara de amargado y un corte de cabello inverosímil. Osvaldo y Agustín largaban con el segundo tema entre el silencio y la veneración del público presente.

Callejoooón... Callejoooón... Lejaaano... Lejaaano...

Ricardo sacó el celular del bolsillo y lo observó con disimulo. Le resultaba extraño que ella no hubiera vuelto a llamar, que ni siquiera le hubiera enviado otro de sus mensajes asesinos. Abrió la aplicación de chat para ver si la encontraba en línea y no la encontró. Borró la conversación y después fue a sus contactos y eliminó el número. De esa manera se aseguraba de no caer en la tentación de ser él quién reiniciara el diálogo. El demandado siempre cuenta con cierta ventaja respecto del demandante.

Se sorprendió al sentir una mano cálida y pesada en su hombro. Se dio vuelta y alzó la vista hacia el rostro de Willy que lo miraba con expresión entre bonachona y pícara.

Te tomaste tu tiempo, ¿eh?

Es sábado. ¿Quién te corre?

Un faroooool…Un portooooón…, cantaba Osvaldo… Iguaaaaal que en un taaaaangooooo…

Willy le hizo una seña a la camarera. La chica se acercó y tomó el pedido. Ricardo moría por salir a fumar un cigarrillo, pero Willy acababa de llegar y no quería dejarlo solo. Quizás en un rato. Fin de la canción. Aplausos. En una mesa cercana comenzaron a tararear la marchita de Woodstock. Ooo-o-o-ooo-ó.

¿Qué onda?

¿Qué onda con qué?

Con Malena.

Ah, lo de siempre. ¿Y vos?

Yo bien. Estamos pasando por un buen momento con mi gorda. Cada uno tiene su espacio y no nos invadimos para nada.

Brindemos por eso.

¿Y ya vas por el número…?

Callate, mamá. ¿Cuál es tu secreto?

¿Mi secreto? Ah… Y… Cuando empieza con algún berrinche yo hago de cuenta de que es ruido ambiente. Trato de no engancharme y al rato se le pasa. La verdad es que no me puedo quejar para nada.

 

Llegó la moza con el pedido de Willy y Ricardo le mostró su copa vacía.

 

En serio. ¿Cuántas van?

No sé. No las conté.

Tenemos un problema, Houston.

Callate.

Yo me callo. Pero después que te lleve Montoto a tu casa.

Olvidáte. No va a pasar.

Hablás como si nunca hubiese pasado.

Una vieja que estaba en la mesa de adelante, se dio vuelta con cara de querer escuchar el espectáculo y no a ellos. Willy hizo un gesto de disculpa alzando la mano.

¿Te acordás de aquella vez que vinimos con Humberto?

Precisá un poco los detalles. Tantas veces vinimos con Humberto.

Una de las primeras veces que vinimos.

 Andá al grano.

Vinimos en el Fiat Uno. Acababas de sacarlo de la agencia… Hacé memoria…

Tengo una vaga idea, sí.

El auto tenía una llave dentro de la guantera que cortaba la corriente. ¿En serio no te acordás? 

De eso me acuerdo, ¿y qué pasó?

Vos de paranoico nomás, quién se iba a tomar el trabajo de robarte esa batata, bajaste la llave, nosotros ni nos enteramos. Entramos al boliche, nos chupamos la vida, terminamos abrazados cantando, hasta que Roberto nos echó. Ya era de día. Me acuerdo que fue a principios de diciembre y hacía un calor bárbaro. Cuando quisiste encender el auto y no arrancó, nos hiciste empujarlo. Hasta la puerta de tu casa fuimos empujándolo. Recién al otro día te acordaste de la llave de corte.

Sí. Qué momento. Quince cuadras lo empujamos.

Bueno, no nos vino mal el ejercicio, hasta nos ayudó que se nos pasara un poco el pedo. Menos mal que ahora andás en bondi. Sos un peligro.

La vieja de la mesa de adelante volvió a mirarlos, esta vez con furia. Willy apretó el antebrazo de Ricardo y se llevó el dedo índice a los labios. Ricardo vació la copa y buscó con la mirada a la camarera, impaciente.

Camarera, sil vou plait… vociferó.

¿Ahora hablás en francés?

Es que cuando estoy en pedo me vuelvo políglota…

Sonó el celular de Ricardo.

Te vas a morir solo, Ricardo. Mejor andá encargando desde ahora un cajón que tenga las manijas del lado de adentro, porque no va a haber quién te cargue hasta el cementerio…

Mientras pensaba qué responderle, vio cómo la foto de ella desaparecía. Lo había bloqueado.

Me bloqueó. Me mandó a cagar y me bloqueó.

¿Quién?

Malena, boludo, ¿quién va a ser?

Ya se le va a pasar...

Bancame que salgo a fumar un pucho.

Llamó y lo atendió el contestador. Encendió un cigarrillo y se quedó pensando, observando como una luna llena enorme y amarillenta emergía por entre las nubes, rodeada de un halo radiante. Unos pasos más allá, un grupo de muchachos recibía con algarabía a un motoquero que después de detenerse junto a ellos, se quitaba el casco y lo colgaba del manubrio. Roberto salió a la vereda y los llamó al orden con un chistido. Ricardo dio una pitada ávida, arrojó el cigarrillo a medio fumar y volvió a entrar al boliche.

¿Todo Bien?

Sí, sí, todo bien. Acaba de llegar el motoquero. ¿No querés que le compremos un gramo?

Pará con la autodestrucción, Ricardo. ¿Por qué  mejor no te vas a dormir? Si sabía que estabas así ni te decía de salir.

¿Así cómo?

El bar estaba de bote a bote. Casi no se podía respirar. Ricardo se dejó caer en su asiento y unos instantes después sintió que alguien le estaba apoyando la entrepierna sobre el hombro izquierdo. Levantó la vista como buscando pelea pero desistió de hacer siquiera un comentario luego de constatar la superioridad física del responsable del agravio. No era cosa de armar un escándalo por una apoyada involuntaria, decidió. Corrió la silla hacia adelante. Miró en dirección al escenario. Intentó enfocar la cara de Osvaldo y no pudo. El cantor había desarrollado otro par de ojos debajo de los que tenía la última vez que Ricardo reparó en él y los movimientos rápidos y precisos de las manos de Agustín sobre el diapasón dejaban una estela a su paso, onda ácido y le provocaban vértigo. Volvió a sentir el bulto sobre el hombro.

Che, loco, me estás apoyando los huevos en el hombro… ¿Qué te pasa?

¿Qué te pasa a vos, hermano? ¿No ves que esto parece el subte a la hora pico?

Ricardo se incorporó y el otro se puso en guardia. Otro parroquiano de a pie tomó al muchacho por los brazos y de repente se abrió un claro en medio de la multitud. Ricardo sacudió su mano indicando que no pasaba nada y encaró para el lado de la puerta. El universo a su alrededor no hacía más que dar vueltas como una calesita. Tenía que salir a la calle, al aire fresco de la noche. Le haría bien, lo despejaría.

…Yoooo te di un hogaaaar, fue culpa del amor, dan gaaanas de balearse en un rincooooón…

Salió a los empujones, ganándose uno que otro insulto. Rostros de pesadilla lo observaban curiosos, mientras sentía que el estómago se le revolvía con la mezcla de aromas que emanaba el gentío. El sudor descendía por sus sienes en forma de cas-cada y tenía taquicardia, lo apremiaba una sensación que nacía en sus entrañas y buscaba incontenible, igual que él, el camino hacia el exterior. Regó el fresno de la vereda con un torrente de bilis oscura. Se incorporó consiguiendo un frágil equilibrio.

¿Estás bien?, le preguntó Willy, que había salido detrás de él.

De maravillas. Hacía tiempo que no me sentía tan bien.

Dale, boludo. Paro un taxi y te alcanzo a tu casa.

No, no te preocupes. Una vez que vomitás ya está.

¿Seguro?

Sí, andá tranquilo.

 

Se dirigió tambaleante hacia la esquina sintiendo el peso de la mirada de Willy sobre su espalda. Giró sobre sí y levanto un pulgar en dirección a su amigo, que imitó el gesto, estudiándolo, dudando si creerle o no. Dobló por Perón como si estuviera yendo en dirección al Parque Centenario pero se detuvo un par de cuadras antes, en la puerta del edificio donde vive Malena. Estaba lúcido del todo pero el ardor del estómago lo estaba matando. Una racha de viento despojó a los árboles de las dos o tres hojas que aún se mantenían unidas a las ramas. Observó el cielo y no distinguió una sola estrella. Sólo el enfermizo resplandor lunar asomaba entre los nubarrones.

Sabía que era un error pero así y todo tocó el timbre. Esperó. Volvió a tocar otras dos veces. Luego fue hasta el cordón y levantó la vista hacia el balcón del departamento de ella. Vio todo apagado. Buscó una pastilla de menta en el bolsillo y mientras la estaba desenvolviendo, se le cayó al piso. La recogió e incorporándose tambaleante, la sopló para despegarle el polvo que pudo haber quedado adherido. Se la puso en la boca.

Vio venir un taxi y bajó a la calle. Le hizo señas de que se detuviera pero el chofer apagó el reloj y siguió su camino sin siquiera mirarlo.

 


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