Mi amor imposible
Ella era linda con ganas, con todas las letras, con mayúsculas, un milagro de la genética. Que nadie venga a decirme que era una chica común y corriente, una más del montón. Por ahí es como que buscaba ocultarse de las miradas, cultivar un perfil bajo. Como que no quería ser reducida a la acotada condición de ser una mujer hermosa. Eso, sin duda era eso. Las exquisitas formas de su cuerpo se perdían bajo la ropa demasiado holgada, deliberadamente masculina. Pero una vez que descubrías, en la trayectoria de un gesto, de un movimiento, la perfección de su anatomía, ya nunca más podías ignorar su presencia. Los demás tipos, mis colegas o sus compañeros de curso, iban detrás de otras chicas más vistosas, más femeninas, de una belleza estándar; a Leyla era como que la ignoraban.
Leyla tenía
algo especial, esa mirada suya; esa parquedad, ese silencio enigmático que daba
la sensación de que estaba por decir algo que iba a ser contundente,
definitivo. Pero casi ni abría la boca y cuando lo hacía, su voz era apenas un murmullo,
y no porque fuera tímida. Al contrario, tenía una actitud que evidenciaba
seguridad, algo desafiante, incluso. Es difícil de explicar, pero yo sentía una
especie de potestad respecto de Leyla, cierta autoridad basada en el hecho de
haberla descubierto, como quien descubre un raro animalito exótico y reclama el
derecho de bautizarlo.
Leyla no
evidenciaba un talento especial para el estudio; sus exámenes, sus trabajos
prácticos, solían ser poco más que
correctos, no era ni la peor ni la mejor alumna, aunque no creo que fuera por
una actitud desdeñosa hacia mi cátedra, sino porque parecía estar más allá de todo,
como si tuviera la certeza de que que la vida le tenía reservado un destino superior, más allá de aquellos
con quienes compartía su presente.
Una tarde-noche
de mediados de primavera, vino hasta casa a alcanzarme una monografía que no
había entregado en fechao. Mi hijo, aún bebé, dormía una siesta tardía y mi
mujer había salido. La hice pasar al zaguán, cuando simplemente podría haber tomado
la carpeta con la monografía y despacharla, pero ahí, en la semipenumbra, respiré
el olor de su piel, de su aliento fresco, aluciné su contacto, y al cabo de un
breve intercambio de lugares comunes, la atraje hacia mí y busqué su boca.
Leyla me ofreció su lengua con gusto a chicle de menta, húmeda y levemente
viscosa como una fruta exótica. Y allí, pubis contra pubis, introduje mi mano por
debajo de su remera, arrugada, llena de agujeros, acaricié su vientre, sus pechos y sentí una descarga eléctrica recorriendo mi cuerpo.
Pará, profe, me
gustás mucho, pero vayamos más despacio.
Me dio un último beso fugaz y salió a la calle. Se fue caminando con el rostro vuelto hacia mí, resplandeciente. Antes de doblar la esquina sacudió su mano de dedos largos en dirección a mí. Ni siquiera atiné a corresponderle el gesto. Me quedé un rato parado en la vereda, paralizado, como en trance.
Después de esa
tarde, me la crucé una o dos veces en la facultad, intenté hablarle, pero
siempre había otra gente en el medio y ella aprovechaba para escabullirse.
Terminó la cursada, Leyla se recibió, y yo no pude hacer otra cosa que resignarme
a olvidarla. Otra mujer que se va de mi
vida para siempre, pensé, evocando un poema de Carver.
Pasaron los
años y la imagen de Leyla acudía una y otra vez a mi memoria, como los dolores de
huesos reaparecen los días de humedad.
Hace unos meses,
presenté un trabajo en un congreso en Madrid. Viajé con Vicki, mi esposa; íbamos
a aprovechar la movida para pasear un poco. Concluida mi exposición, bajé del
púlpito y cuando me dirigía hacia donde estaba sentada Vicki, una mujer se
interpuso en mi camino. Conservaba el mal gusto para vestir, aunque ya
no podía definirse como casual, sino
como grotesco. Le asomaba la medibacha entre la camisa mal abotonada y la
pollera, y su blazer de paño azul estaba manchado, lleno de pelos, quizás de
gato. Cuando habló, me invadió con su aliento fétido.
¡Felicitaciones!
¡Me encantó tu presentación!
¿Con quién
tengo el gusto?, fingí.
¿No te acordás
de mí? Soy Leyla Hernández. Fui tu alumna, allá por fines de los noventa.
Ah, sí, ¿cómo estás?
Muy bien,
gracias. Me preguntaba si podría enviarte el borrador de mi tesis de doctorado,
así me das tu opinión.
Bueno… ando con
poco tiempo, pero si no es urgente… Enviámela por mail.
¿Tenés siempre
el mismo?
Sí, el mismo. Me
dio gusto verte.
Se puso en
puntas de pie y me babeó la mejilla. Recorrí los pocos metros que había hasta donde estaba mi mujer, mientras me frotaba con una carilina.
¿Por qué tenés
esa cara?, me preguntó Vicki, ni que hubieras visto un fantasma.
¿Qué cara
tengo? No me la veo.
Nada, qué se
yo. ¿Quién era la tipa esa?
Mi amor
imposible.
Me jodés.
No, te juro, me reí. ¿Vamos a comer?

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