Media americana

 

Los rituales son al tiempo lo que una vivienda es al espacio. Anoté esta frase porque me pareció genial, y me luego me olvidé completamente de ella. Hoy, hojeando mi libretita, la reencontré. Era el título de un reportaje a Byun-Chul Han. Lo que me quedó, fue la idea de que los rituales hacen posible que uno sienta que estar en el mundo es estar en casa.

Soy una persona solitaria, y tal vez gracias a eso, he podido sustraerme a los mandatos sociales. No he tenido hijos, ni siquiera una relación demasiado significativa. No es que no haya amado, si amor pueden llamarse esas relaciones tórridas que se apagan con la misma facilidad que se encendieron. Si la respuesta es sí, entonces puedo decir que amé y que fui amado, aunque nunca haya podido sostener la llama el tiempo suficiente para construir una relación perdurable, ni mucho menos, pensar en una familia. Por mis amigos siento un gran aprecio, pero no les abro las puertas de mi intimidad, mantengo con ellos cierta distancia. Me parece que de esa forma vamos a poder mantener el respeto mutuo. La comunicación está sobrevaluada. Me gusta la frase de Atahualpa Yupanqui que dice que un amigo es uno mismo con otra piel. Es un pensamiento bonito, pero sólo eso.

Junto con la frase de Byun- Chul Han, acudieron a mi mente los acontecimientos que marcaron el fin de mi infancia. No medió en esa brutal transición un ritual iniciatorio, simplemente se derrumbó aquél sobre el que se apoyaba todo mi universo.

Mis padres estaban separados y papá venía a verme una vez al mes desde Ushuaia, donde trabajaba en la construcción de un astillero. Almorzábamos juntos e íbamos a la matiné del viejo cine Las Flores. Al caer la tarde, me llevaba a la peluquería de Giovanni, quien me estampaba un beso viscoso en cada mejilla. A continuación Giovanni me preguntaba: ¿Cómo lo hacemos? Y yo le respondía media americana, igual que mi papá. Ellos se reían y yo me reía con ellos. Al finalizar el corte, Giovanni me daba un globo y un caramelo como premio por haberme portado bien. Nunca lo hablamos, pero siempre intuí que otros chicos entorpecían la tarea del peluquero, pataleaban y lloraban. Después papá me llevaba a casa, y mientras yo tomaba la leche frente a la tele, él y mamá charlaban en la cocina. Su visita mensual era una fiesta para mí, contaba los días que faltaban para vernos, como los presos.

Pero aquella vez, durante el almuerzo y luego en el cine, advertí que papá estaba nervioso, distraído. Le tenía que preguntar dos veces las cosas. Yo respiraba una atmósfera de peligro; no era común verlo con ese semblante, él siempre tan sereno y afable. En la peluquería, Giovanni, que hasta entonces me saludaba con un beso en cada mejilla, aquella tarde me estrechó la mano. La alteración de ese evento hasta entonces invariable, me supo a mal presagio. Ni que hablar de lo que sucedió luego de que Giovanni concluyera su faena. Papá y él se despidieron y yo reclamé mi premio. Hasta cuando te voy a tener que dar un globito, nene, ya sos un hombre, dijo Giovanni. Mi mundo se derrumbó, lo juro. No estaba preparado para abandonar mi condición de niño, y sentía que al menos, semejante metamorfosis, ameritaba un ritual propiciatorio. Una gran fiesta, mis primeros pantalones largos; mi papá dando un discurso, entregándome un reloj de oro. Algo, no sé. ¿Cómo podía haberme convertido en un hombre entre la mañana y la tardecita, cuando todavía jugaba a los soldaditos?

Al llegar a casa, mamá, como siempre, me esperaba con la leche. Me fui con la bandeja a la sala y entre el ruido que hacía la tele, los escuché sin entender una palabra de lo que decían. Al rato vino papá y me revolvió el pelo. Eh, hombrecito, no nos vamos a poder ver por un tiempo. Me voy lejos, el trabajo en Ushuaia se acabó y me salió una obra en México DF. No voy a poder viajar todos los meses, pero te prometo que en cuanto tenga un tiempito, me tomo un avión y vengo a visitarte.

Papá me hablaba con la voz quebrada. Nos abrazamos y me dio un beso en la frente. Nunca más lo volví a ver. El avión en el que viajaba, se cayó en el Pacífico y jamás encontraron su cuerpo. Ni siquiera tiene una tumba a la que llevarle flores.

¿Qué querés que te diga? Crecí de golpe y porrazo, sin poder entregarme al amor, por miedo a perder al ser amado. Sin un papá con el que ir a ver las películas de cowboys al cine Las Flores, los sábados a la tarde, ni los estúpidos globos y caramelos de Giovanni.

      


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