La Gran Barbacoa del Apocalipsis


 

 

Coloca el vaso bajo de la canilla y gira la manivela con la esperanza de que se hayan acumulado, aunque más no sea, unas míseras gotas en el tramo final, más sólo escucha la exhalación agónica de la cañería. Va hasta el baño y se arrodilla junto al inodoro. Introduce la palma ahuecada, la lleva a la boca, bebe con avidez. No tiene mal sabor, aunque está bastante caliente. Repite el movimiento unas cuantas veces. Después sale al balcón y observa con tristeza sus plantas resecas, desmenuza entre sus dedos los pétalos marrones de un jazmín muerto. Se apoya en la baranda y luego se aparta de ella como movido por una descarga eléctrica. Los metales escuecen, las plantas y los animales se mueren, el agua del planeta se evapora. Pronto no quedará nada. El mundo sólo será polvo en el viento, en el viento cósmico. Quién le iba a decir que llegaría el día, tantas veces presagiado, lugar común de escritores y directores de cine. Su esposa fue una mañana al supermercado y ya no volvió. En el noticiero dijeron que en cosa de segundos una grieta incandescente se tragó el edificio entero. De sus hijos no sabe nada. Las comunicaciones han dejado de funcionar hace semanas. Siempre se especuló que la vida en la Tierra podría desparecer si su núcleo se enfriara; pero curiosamente, está ocurriendo lo contrario, y nadie sabe por qué. Para lo único que sirvieron todas las teorías, fue para llenar espacio televisivo, mientras hubo espacio televisivo que llenar.

Escucha una sirena, alaridos, ritmo frenético de pasos, gente huyendo… ¿Hacia dónde? No hay lugar hacia el que huir. No hay otro destino que asarse en la Gran Barbacoa del Apocalipsis.

La imagen lo divierte y se ríe, se ríe con ganas, tose y se ahoga. Absorbe una bocanada de aire ardiente. Le sorprende descubrir que aún en medio de la agonía de su mundo, no puede sustraerse a los estereotipos y concluye que es este el momento en que, como suele decirse, las imágenes de la propia vida, desfilan en forma vertiginosa frente a la conciencia. Emerge una imagen borrosa. Un monito a cuerda que pasaba las páginas de chapa de un librito que sostenía contra su pecho. Qué habrá sido de aquel juguete.

De repente se encuentra observando el mundo a través de sus propias lágrimas. Va por la calle de la mano de sus padres. Su madre le explica a su padre que probablemente el chico tenga sueño, pero no es por eso que llora; no tiene sueño, ni le molesta nada. Está fascinado por la forma en que las lágrimas de sus ojos craquelan la realidad. Ya ni recuerda el origen de su llanto mientras dirige su atención fascinada a los postes de alumbrado, cuyas farolas emiten rayos de plata.

Se ve a orillas de un ancho rio marrón, caminando descalzo sobre la arena. Aunque es verano, hace algo de frío; ha llovido y él tiene la ropa mojada. En una mano lleva una caña de pescar y en la otra una canasta. Siente moverse un pez dentro de su féretro de mimbre.

Experimenta el tacto de su primera guitarra eléctrica, una Fender Stratocaster de segunda mano adquirida en la casa de empeño, gracias a las monedas que se ahorró durante dos años de ir a la escuela caminando.

Ahora está en el banco de un parque, descubriendo el sabor de los labios de una mujer.

Por su mente desfilan otras fotos, separadas por flashes de luz, como en un proyector de diapositivas. Ve su boda, el nacimiento de cada uno de sus hijos, tiene ganas de llorar, pero sus lágrimas se le han agotado. Revive el desamor de su matrimonio, la búsqueda de la felicidad en otros cuerpos, en otras miradas. Evoca en especial, las calles de un pueblito costero, una mujer de cabello negro, ensortijado y salvaje. La mujer y él ríen y ella lleva puesta una remera de él. Se escucha a sí mismo cantando y tocando la guitarra, la voz engolada de whisky, coreada por los grillos, en la noche cerrada, al calor de la fogata.

Mi vida ha sido un milagro, se dice. Cada pequeña cosa, cada persona. Cada momento que viví. Qué mejor que concluya con un gran estallido, en una especie de orgasmo gigante. Ahora sí, sorprendentemente, siente un lágrima rodar a través de su mejilla, una lágrima de felicidad. Va hacia el interior de su departamento y regresa al balcón con una silla, sobre la cual se sienta a horcajadas, dispuesto a disfrutar del espectáculo.   

 

 

          

 

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