sábado





 Otro sábado más solo que loco malo.

Voy al súper a comprar algo que me aturda, que me asegure un buen dormir.

Deposito en la canasta una botella de Jameson y dos latas de Guinness con el mismo cuidado con el que emplearía si fueran frágiles bebés.

Aguante Irlanda, carajo.

No por nada recorre mi cuerpo una cuarta parte de sangre celta, pero de Galicia, nadie es perfecto. Meto también un pedazo de pategrás y una paleta de helado Cofler que está llena de octógonos negros.

Sólo por hoy.

Voy hasta la caja.

La cajera está tomando mate y yo le digo buen provecho.

Ella me dice tu merienda pinta mejor que la mía.

Su pancita me da a entender que sus fines de semana no son tan diferentes que los míos, aunque tal vez no tan solitarios.

Los ratones corren maratones, la rima es involuntaria.

Le pregunto ¿no será mucha comida? y se ríe.

Le confesaría que si tuviera unos años menos (¿40 serían los adecuados?) la invitaría a beber conmigo, a escuchar jazz y a lo que pinte, no va a pasar nada que no quieras, pero me callo.

Su mirada es como una invitación pero mi lectura de la realidad ya no merece confianza y mi superyó menciona algo acerca del decoro y el buen gusto. Además si la piba me cortara el rostro mal ya no podría seguir comprando allí.

Un tipo como de mi edad apoya un cartón de Zumuva sobre el aluminio gastado y se ríe de mis comentarios pelotudos.


Siento un poco de culpa burguesa pero al toque se me pasa.

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