Una forma anacrónica de perpetuar la especie
Condujo su flamante auto durante más de una hora en dirección al sur, rumbo a esa ciudad costera de la cual conocía poco más que el nombre, por la que sólo había pasado de largo una docena de veces, en colectivo, cuando era chico e iba a pescar bagres en ese río marrón con olor a cloaca.
La calle estaba mal iluminada y él tuvo que bajarse del auto para mirar la numeración. Dos frentes más allá estaba la casa de ella, un ostentoso chalet de dos pisos.
Quién le hubiera dicho que iba a recorrer semejante distancia para encontrarse con una mujer, que iba a acordar una cita con alguien que viviera fuera del radio de tres o cuatro kilómetros al que se reducía su universo. Pero era sábado y no tenía otro programa más interesante. En realidad carecía por completo de otros programas, interesantes o no. Le envió un mensaje notificándola de su arribo y unos minutos después su figura esbelta atravesó a trasluz el jardín y se dirigió en dirección al auto. Abrió la puerta, se sentó, lo saludó con un beso en la mejilla y guardó en la cartera un enorme puñado de llaves.
Hola, Santa Pedra.
¿Qué?
Nada. Un chiste tonto.
Ah. Ya entendí.
Como era ella la local fue quien eligió donde ir. Lo guió a través de un suburbio espeluznante que te erizaba los pelos de la nuca, hasta un bar que estaba a la entrada del Club de Pescadores. Era una noche fresca y sin luna de octubre y el horizonte un enorme abismo oscuro. Las suaves olas del río rompían con un leve rumor contra los pilotes del muelle. El bar tenía de esas viejas sillas tijera que solía proveer a los buenos clientes aquella cervecería que ostentaba el nombre de la localidad, muy vintage pero incomodísimas. Él le corrió el asiento y ella agradeció la cortesía con una cálida sonrisa de dientes perfectos. Después él rodeó la mesa y al sentarse, una de las patas de la silla se deslizó entre dos de las tablas del piso y por poco no terminó en el suelo. Mal comienzo. Se rió con ella, no porque le resultara divertido sino para aliviar la tensión. Al enderezarse, el forro del saco se le enganchó vaya uno a saber con qué y hasta se escuchó cómo se rasgaba la tela. Examinó el daño con disimulo y descubrió que se había formado un siete. Entretanto ella no paraba de recibir y responder mensajes en su celular y no se percató del segundo contratiempo. Él alzó la vista, un poco impaciente y se puso a observar a una nube de polillas que volaba en círculos alrededor de las farolas. De vez en cuando se escuchaban los chillidos de los murciélagos, quienes al parecer se estaban dando un festín de insectos. Le hizo un gesto al mozo. Ella dejó el celular a un lado y por primera vez desde que se sentaron lo miró a la cara.
Mi hija menor. Me extraña y no se puede dormir. Me preguntaba a qué hora vuelvo.
Pidieron unos daikiris de fresa y quedaron mirándose en silencio.
Bueno, aquí estamos, contáme algo de vos.
Él comenzó a hablar a un ritmo vertiginoso, a tropezarse con sus propias palabras. Ella lo estudiaba con detenimiento y revolvía su trago con el sorbete.
El Destino quiso que sus caminos se cruzaran una tarde de aquella misma semana en una confitería del centro. Él estaba tomando un café con un tal González, quién le había alcanzado el borrador de su tesis para que él le diera su opinión, cuando unas décimas de segundo después de su robusta delantera, ella atravesó la puerta con paso decidido. Los dos hombres interrumpieron la charla para recibir su aparición. Él se dedicó a observarla en forma desfachatada y ella tampoco se quedó atrás. Sus ojos grandes, expresivos, un poco separados, lo hipnotizaron. González intentó retomar el hilo, pero él ya no podía concentrarse. Ella alternaba su atención entre la pantalla de su celular y el rostro de aquel tipo que no le sacaba los ojos de encima. Lejos de incomodarla, parecía agradarle, tan es así que le obsequió una sonrisa.
Cómo lo fichó la rubia, profesor. ¿Por qué no se acerca y le pasa su número de teléfono?
¿Acá, en el bar? Nooo… Mire si me rechaza… No quiero hacer el ridículo.
No creo que vaya a rechazarlo. La forma en que lo mira es una invitación a que se acerque.
Bueno. Si cuando nos vamos continúa ahí sentada, le dejo mi número escrito en una servilleta.
Habrán pasado unos diez minutos como mucho cuando los dos hombres decidieron dar por finalizado el encuentro. González extrajo una birome del bolsillo interior de su saco y se la tendió sonriendo con aire de seductor avezado. Él tomó una servilleta y con el pulso poco firme garabateó su nombre y su número de teléfono. Abordar mujeres en lugares públicos definitivamente no era lo suyo. Se incorporaron y cuando pasaron junto a la mesa de la mujer, le deslizó el papel.
Si tenés ganas, llamame.
Se sintió un poco estúpido mientras estrechaba la mano de González en la vereda.
Me juego la cabeza que en menos de una hora lo llama.
De alguna manera, el presagio de González se cumplió, ya que si bien la rubia no llamó en el término de una hora, lo hizo esa misma noche. Él se sintió bastante decepcionado cuando ella le dijo por dónde vivía. No iba a recorrer semejante distancia por una mujer, decidió, por mucho que le gustara. Charlaron un rato y quedaron en volver a hablar para arreglar un encuentro. Al día siguiente ya ni se acordaba del asunto, pero hete aquí que se vino a enterar, no viene al caso cómo, que su ex estaba saliendo con alguien, para más datos con un amigo de él, lo que implicaba que había que comenzar a considerarlo un ex amigo. Otra pérdida. Y él, que desde la ruptura no había estado con nadie, decidió que tal vez no le vendría mal inventarse un amor, una relación módica, ligera, algo a lo que aferrarse como para no sentirse tan desdichado. Llamó entonces a la mujer del bar y quedó en encontrarse con ella ese mismo fin de semana.
Él vació su copa y arrancó con el tema de su separación. Sabía que no era esa la forma de seducirla pero no pudo evitarlo, fue más fuerte que él. Ella no parecía demasiado perturbada con sus confesiones atolondradas y cuando él hizo un silencio para tomar aire, comenzó a hablar de su divorcio, por demás problemático. Hablaba tan suavemente que él tuvo inclinar el tronco por sobre la mesa para no perder el hilo del relato. De vez en cuando, ella hacía una pausa y tomaba un sorbo de su daiquiri, haciendo un gesto que pretendía dar a entender que estaba demasiado fuerte para su gusto.
No acostumbro a beber alcohol, explicó.
Ella era ginecóloga. Tenía tres hijos aún pequeños. Un ex marido, conocido ingeniero de la zona, que había heredado una metalúrgica cuyas acciones cotizaban en la bolsa. Durante el tiempo que estuvieron casados recorrieron el mundo y no se privaron de nada. Habían hecho construir ese caserón de dos pisos con piscina y play room y tenían dos camionetas importadas. Pero al momento de dividir la torta el tipo se declaró insolvente. Su contador le había dibujado los papeles y no tenía casi nada a su nombre. Iba a las mediaciones hecho un pordiosero, le faltaba dar vuelta los bolsillos de su raído pantalón para demostrar lo quebrado que estaba. Pero ella consiguió un abogado eficiente y se quedó con el chalet, uno de los autos y un par de propiedades más, además de una cuota de alimentos nada despreciable. Instruyó a sus hijos para que tomaran partido por ella y declararan ante el juez que su padre era un hombre violento y abusivo, con lo que consiguió que el régimen de visitas fuera sumamente acotado. Tal vez se tratara realmente de un mal tipo.
Ella jugaba con el sorbete de su trago y de repente, sin que viniera a cuento, preguntó:
Decime… ¿Vos sabés por qué los varones tienen tetillas?
Mmm… Creo que son algo así como un resto evolutivo.
Algo que ver con la evolución tiene. En realidad hay una explicación genética: cuando el espermatozoide se une al óvulo, comienza a desarrollarse un ser humano, ¿estamos? Cada individuo tiene cuarenta y seis cromosomas y cada cromosoma contiene la información necesaria para la producción de un bebé. La mitad los pone el padre y la otra mitad la madre. Los cromosomas de la mujer son “X” y los del hombre pueden ser “X” o “Y”. Si el espermatozoide que fecunda al óvulo es “X”, el resultado será un nena, si es “Y”, varón. Fijáte vos qué sugestivo: la “Y” es como una “X” a la que le falta una patita. Una equis defectuosa.
Liliana hizo una pausa como esperando a que él hiciera algún comentario, pero ante su silencio continuó con la explicación.
El cromosoma “Y”, permanece inactivo durante las primeras semanas de gestación y el feto comienza a desarrollar órganos sexuales femeninos. En su origen el embrión es siempre una mujer. A la octava semana, el cromosoma “Y” despierta de pronto y le envía testosterona al embrión y este empieza a desarrollar características masculinas. ¿Entendés? Por eso ustedes tienen tetillas y hasta glándulas mamarias… ¡Porque todos los seres humanos venimos de la Mujer! La Naturaleza crea Mujeres.
Bueno, no estoy demasiado de acuerdo con tu razonamiento, los cromosomas “Y” también son parte del programa de la Naturaleza…
Es cierto, pero los hombres vendrían a ser algo así como… mmm… mujeres modificadas. El pene y los testículos, esos órganos que ustedes cargan con tanto orgullo, son una alteración del clítoris y de los ovarios…
…¿Alteración?…
… pero durante siglos, los varones creyeron que eran el primer sexo y las mujeres, salimos de una de sus costillas. Y hoy la ciencia te demuestra todo lo contrario.
Bueno, si es una cuestión de supremacía se podría pensar que los varones somos un paso más allá en la evolución humana…
Mmm… No… Fijáte que si todos los varones desaparecieran del planeta, por una guerra, por ejemplo, o por una epidemia, la Humanidad continuaría existiendo de una forma o de otra.
Por clonación, ¿No?
Exacto. El sexo no es la única forma de reproducción. Los hongos se reproducen tanto sexual como asexualmente. Hay plantas y animales hermafroditas. Tal vez el sexo sea una forma anacrónica de perpetuar la especie y el futuro de la Humanidad tenga que ver con otro procedimiento. Contando simplemente con un banco de semen o, como bien dijiste vos, mediante la clonación. Nosotras tenemos la capacidad de generar vida independientemente de ustedes. Mientras haya mujeres habrá Humanidad…
Mirá, Liliana, el sexo es algo más que la forma de reproducirnos, es lo que nos une en el amor…
El sexo es la causa de todos los problemas humanos, el origen de la violencia, del sometimiento del varón hacia la mujer… A ustedes, tesoro, no sólo les gusta coger, sino que viven obsesionados con coger. En cambio a nosotras nos produce más placer permitirnos saborear un postre, comprarnos un par de zapatos. Y convengamos que más de una usa el sexo sólo para obtener rédito de ustedes.
Disculpame, pero me parece que tu discurso es un tanto discriminatorio.
Discriminación es lo que las mujeres padecimos durante siglos… Ustedes se sienten superiores a nosotras por el simple hecho de tener una pija…
… Bueno, esa es una postura arcaica, creo que ya está superada…
Qué va a estar superada.
Pero…
Un mundo sin hombres, sería un mundo sin celos, sin pulsiones de dominación, sin guerras… el macho es violento por naturaleza…
Esto que decís me hace acordar a una novela de Houellebecq…
… y no se trata de un panfleto feminista…
…creo que se llama Las Partículas Esenciales la novela que te digo…
…es una verdad científica…
No me vengas con eso de las verdades científicas. Hoy por hoy, hemos pasado del dogma religioso al dogma científico sin escalas. La ciencia dice lo que los poderosos quieren que diga…
Ya está, no era para que te pusieras así. Era un tema de conversación nada más.
No me puse de ninguna manera. Si levanté el tono fue por la pasión del debate. Te pido disculpas.
Todo bien. ¿Vamos?
Ella guardó el celular y el estuche de los anteojos en la cartera, dejando su trago por la mitad. Él pagó la cuenta y atravesaron el muelle en silencio hasta la costanera. Aún era temprano cuando llegaron y él había encontrado lugar para estacionar a unos pocos metros de la entrada. Miró con orgullo su humilde tres puertas, base, que iría pagando en dos millones y medio de cuotas.
Imaginó lo que sucedería a continuación: manejaría hasta la casa de ella, se despedirían en la puerta confesándose uno al otro que la habían pasado genial, se darían un casto beso en la mejilla y quedarían en volver a verse en breve. Promesa que no iría a cumplirse jamás. Pero ni bien subieron al auto, ella lo miró de tal manera que él no tuvo otra opción que besarla. Ella jugueteó con el cabello de la nuca de él y él recorrió el fibroso cuerpo de ella con las manos temblorosas, lo que produjo en ella una especie de ronroneo.
¿Qué estás esperando? Arrancá de una vez…
Le indicó que dejara el auto una cuadra antes, a la sombra de un frondoso paraíso que lo ocultaría de la mirada de un eventual vecino indiscreto. Él se puso a evaluar con preocupación la posibilidad de que las ramas del árbol albergaran una o más aves que pudieran evacuar sobre la carrocería y estropearan la pintura, pero ella lo apremió jalándolo por un brazo. Llegaron a la casa y él se detuvo frente a la puerta principal.
No, por ahí no, susurró ella mientras extraía el manojo de llaves de la cartera para abrir una verja lateral. Tratá de no hacer barullo, así no se despiertan ni mis hijos ni la chica que los cuida…
Atravesaron un largo pasillo que daba a un parque en el que había una piscina cuya iluminación iba mutando de un color a otro. Del otro lado de la piscina se alzaba un quincho. Cuando estaban entrando al mismo, él se sobresaltó al advertir una sombra que se movía junto a la puerta.
No te asustes. Se llama Bobby y es inofensivo. Después de que lo hicimos castrar, ya de adulto, le cambió completamente el carácter.
¿Y por qué lo hicieron castrar de adulto?
Porque era muy territorial, no te le podías siquiera acercar que te mostraba los dientes. Además quería cogerse a todo lo que se le cruzara en el camino. Otros perros, gatos y hasta niños pequeños. Pero después de la esterilización, fue como que perdió el interés por todo. Así de básicos son ustedes los machos.
Lo tomó de la mano y lo condujo a través de una escalera hasta un entrepiso en penumbras. Él divisó una cama de una plaza, una mesita de luz y un velador que ella encendió.
Lo usamos de cuarto de invitados, explicó innecesariamente.
Se desvistieron a las apuradas y se metieron bajo las sábanas. Entrelazaron las piernas, se frotaron y se besaron. Le dieron al asunto hasta que se agotaron y se quedaron dormidos.
Al poco rato él se despertó sobresaltado y observó a su alrededor con desconcierto. Del contorno de la espalda de la mujer emanaba una especie de aura de color cambiante, la misma que se filtraba por entre la melena revuelta. Él se asustó y después se dio cuenta de que se trataba del reflejo de las luces de la piscina. Apoyó su mano entre el hombro y el cuello de la mujer e hizo una leve presión, como un mimo o un masaje. Ella se arqueó y murmuró algo incomprensible.
Él se acomodó en la cama hasta quedar de espaldas y observó el cielo raso de madera. Sintió el frío de la mañana y extendió las mantas hasta el cuello. Supo o quizás decidió que no iba a volver a dormirse. Imaginó una escena en la que los hijos de ella, después de comprobar que no se encontraba en su cuarto, recorrían la casa buscándola y los sorprendían desnudos en el entrepiso. Dudó si despertarla o no. Se incorporó y se vistió en completo silencio. Recordó que el manojo de llaves había quedado sobre la mesita de luz. Lo tomó y emprendió el descenso por las escaleras descalzo y en puntas de pie. Ella se removió entre las sábanas y luego continuó respirando profunda y pausadamente. Entonces él volvió sobre sus pasos y se detuvo junta a la cama.
(Qué fácil sería. Podía fingir que la arropaba. Ella tal vez se desperezaría sin abrir siquiera los ojos, mientras él le inmovilizaba los brazos bajo las sábanas para evitar sus reacciones de defensa, sentándose a horcajadas sobre ella y asfixiándola con la almohada. Esperaría hasta que dejara de moverse. Mantendría la almohada apretada contra su cara unos minutos más para estar seguro. Demasiado sencillo).
Cerró la verja y arrojó las llaves por entre los barrotes lo más lejos que pudo, no vaya a ser que quedaran al alcance de algún malviviente que pasara por allí de casualidad. Se abrochó la camisa hasta el último botón, pucha que hace frío en el conurbano. Aspiró una profunda bocanada de aire fresco con aroma a flores de tilo y caminó hasta el auto.
Estaba cubierto por una fina capa de rocío pero afortunadamente no lo habían ensuciado los pájaros. Giró la llave y el motor se puso en marcha sin dificultad. Era el primer auto nuevo que tenía en su vida, y estaba fascinado por lo bien que funcionaba. Puso primera y se fue.
Comentarios
Publicar un comentario