NUNCA MÁS




Cuarenta y cinco años. Trabajaba en un negocio de ropa en la calle Corrientes y al mediodía, mi compañera y yo llevábamos la recaudación a la sucursal de Callao y de paso almorzábamos con otros compañeros en un bar de la estación de subte. La tradicional esquina del centro era un caos. Le preguntamos qué pasaba a uno de los muchos curiosos y nos contó que los milicos habían ido a "reventar" la sede del partido comunista que estaba llegando al Congreso. Que los de adentro estaban armados y resistieron hasta el final. Yo era chico y no entendía bien, mis sentimientos eran confusos. No imaginaba que esa mañana sangrienta inauguraba un periodo de siete años de muerte, de hambre, los años más oscuros de mi vida. Saltando de un trabajo miserable a otro aún más miserable, censurado, vigilado, sospechado, reducido a un estado semi larvario del que emergí siete años después, con la sensación de haber recuperado mi vida robada.

Donde estaba el partido comunista, pusieron otra cosa, durante muchos años funcionó la academia Délego y Lagarrigue. Comencé a trabajar en la vieja Trastienda de Thames  y Gorriti y a estudiar música. A recuperar el tiempo perdido. 

Después del entusiasmo inicial y unas cuantas bocanadas de aire de libertad, empezamos a advertir que la maquinaria de opresión y muerte no se había desactivado, que el perro dormía la siesta con un ojo abierto, que a la 1era de cambio, volvería a saltarnos encima. Que como rezaba una canción de aquellos años, seguía aquí.

La finalidad de la bestia es la misma aunque sus métodos sean otros. No nos durmamos nosotros. NUNCA MÁS.

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