nadie me dijo nada

 




 

Las vueltas que tiene la vida. Qué te vas a imaginar que un encuentro casual puede ser tu pasaje al otro lado del mundo; o al revés, que un desencuentro, un malentendido, puede malograr el mejor de los destinos posibles. Un desvío del curso de unos pocos grados, a medida que vas avanzando, te aparta cada vez más de la trayectoria que la providencia había trazado para vos y cuando perdés el tren no hay a quién pedirle cuentas.

Esto que te voy a contar, sucedió hace mucho tiempo; tanto, que parece que le hubiera pasado a otra persona. Sería el año ‘87, u ‘88, ahora me entró la duda, pero por ahí, ¿eh?... año más, año menos. Había preparado un repertorio bastante variado, le cambié las cuerdas a la guitarra, metí el shorcito y las ojotas en una mochila, y me tomé un ómnibus a la costa. Tocaba a la gorra en los chiringuitos de la playa, ese verano había mucho turista europeo. Me acuerdo de esa noche como si fuera hoy. Había dos chicas que estaban súper atentas al espectáculo, me aplaudían a rabiar. La más linda de las dos, me pidió un tema. Blackbird, de los Beatles, justo lo sabía. Se lo dediqué con una reverencia.

Cuando terminé mi show, apoyé la guitarra sobre el estuche y empecé a pasar por entre las mesas con la gorra. Esta que te digo que era la más linda de las dos, soltó un par billetes grandes.

Gracias por cantar mi canción, me dijo con duro acento alemán. ¿Nos harías el honor de compartir una copa con nosotras?

Encantado, termino de pasar la gorra y vuelvo, ¿sí?

Guardé la recaudación en el bolsillo sin siquiera contarla y regresé a junto a ellas. Pedí permiso, aparté una silla y me senté. La chica llamó a la camarera y le pidió que trajera otra copa.

Gracias otra vez por la invitación. Mis amigos me dicen Charlie.

Yo soy Anja y ella es Erika, dijo la chica de las erres arrastradas.

Encantado. ¿Son de Alemania?

Yo soy alemana. Ella es mi prima y vive acá.

La camarera trajo la copa y la dejó sobre la mesa. Erika la llenó de vino hasta la mitad.

Nos encantaron tus canciones, ¿no es cierto, Erika? Erika asintió. ¿Has grabado ya algún disco? Me gustaría llevarme un recuerdo de esta linda noche.

No, me reí, estoy en el Conservatorio. No soy profesional. Me vine a la costa con la idea de pagarme la estadía tocando un poco.

Ah, ya.

Te dije que en el tercer mundo los artistas son todos unos muertos de hambre, intervino Erika.

Perdónala, dijo Anja, es que mi prima ha bebido de más. En Alemania, con tu talento, no harías una buena carrera.

El papá de Anja, agregó Erika, es manager.

Si alguna vez andas por Hamburgo, me vienes a visitar y te lo presento… Allí hay mucho… ¿cómo es que tú dices?

¿Mucho qué? Erika frunció la boca manifestando no comprender qué quería decir su prima.

Mucho… No me sale… Ah, ya… Movida cultural.

Se acabó el vino y pedimos otra botella. Fui a buscar la guitarra y cantamos hasta se fueron todos y la camarera poco menos que nos echó. Les propuse que siguiéramos la tertulia en la playa, pero ellas partían en unas horas rumbo a Piedra Blanca, un balneario ubicado a unos cien kilómetros de allí. Anja iba a pasar su última semana de vacaciones en casa de unos amigos.

La tomé por los brazos y la atraje hacia mí. Ella me miró con picardía. Erika, se adelantó unos metros para dejarnos solos.

¿La has pasado bien, Charlie?

Muy bien, pero ahora estoy un poco triste.

¿Por qué estás triste?

Porque te vas. Me hubiera gustado seguir conociéndote.

Pues, hombre, ven a Piedras Blancas, seguro habrá lugar para ti. No te ofrezco que vengas con nosotras, viajamos cinco en el auto.

Fue ella la que recorrió la distancia que separaba nuestras bocas. Fue un beso apasionado que me dejó sin aliento. Intenté repetir la experiencia pero ella cubrió mis labios con su mano.

Ya habrá más besos cuando estemos en Piedra Blanca. Te estaré esperando.

La historia no termina bien. Me desperté a eso del mediodía y fui hasta la estación. Iba como en una nube. En la boletería me dijeron que el tren a Piedra Blanca sólo pasaba por allí los martes a las 6 AM. Es decir, había pasado seis horas antes, y no volvería a hacerlo hasta siete días después, lo que para el caso era lo mismo que nunca más. Cómo iba yo a saberlo, si nadie me dijo nada. Camino al hotelucho, entré a un almacén y compré un botella de ginebra. Bebí hasta desmayarme y soñé con ella.  

 

 

    


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