ALMOST Blue (fragmento de la novela El Aire entre la Cara y la Máscara, en proceso de edición)
Si tu intención es que me vuelva loco por vos, te aseguro que vas por buen
camino.
Yo no tengo nada que ver. Vos ya estabas loco de antes.
La abraza por detrás, hunde la cabeza entre su hombro y su cuello. Ella lo
rechaza con suavidad, pero él la estrecha con más fuerza y le da un suave mordisco
en el cuello. Ella da media vuelta, se pone en puntas de pie y le estampa en la
boca uno de esos besos que quieren decir “dejá-de-romperme-las-pelotas” pero
con onda. Pierde un poco el equilibrio dentro de esas pantuflas de jubilado que
usa él, que parecen dos canoas.
Si me seguís distrayendo vamos a terminar comiendo a las tres de la mañana,
si no se quema antes.
En el camino, de casualidad pasó por esa pescadería que está en la
esquina de Ramón Falcón y… ¿cómo se llama la otra? Puta madre, ni se acuerda de
los nombres de las calles… y compró mariscos para hacer una paella. Un mimo
para él y también para ella misma.
Porque en lo de su madre no puede cocinar, a esta mal llevada todo le molesta. La hora,
el olor, el ruido, es una pesada. Así que para no ponerse a discutir termina
picando alguna porquería por ahí.
Les arranca las cabezas a los langostinos y las pone a hervir en una
cacerolita, para hacer el caldo. Le pide a Alejandro que pique cuatro dientes
de ajo, de los grandes. Ya que no para de revolotear que por lo menos sirva
para algo.
¿Tanto ajo lleva? ¿No va a tapar los otros sabores?
Si fuera por mí le pondría ajo a todo. Es re bueno para la salud.
Okey, la cocinera sos vos. Pero mañana no se nos va a acercar nadie a
menos de un metro y medio.
El aceite de oliva comienza a hacer ruidito. Anabella le indica a
Alejandro que eche el ajo que acaba de picar. Ella agrega el tomate, el
pimiento y la cebolla y mezcla todo con la cuchara de madera.
¿No querés poner un poco de música?
Alejandro va hacia el living y unos segundos después se oye el sonido de
una trompeta re darky. Por qué no
habrá ido ella a elegir la música. Alejandro vuelve a la cocina y sirve vino en
las copas de ambos. Mira a Anabella como si no pudiera creer lo que está viendo.
¿Querés que te pellizque el brazo?, tiene ganas de decirle Anabella.
¿Qué pusiste?
Chet Baker.
¿No había algo más para arriba? Digo…
Dan ganas de pegarse un corchazo con esta música.
Él se encoge de hombros y ella añade los mariscos. Después del brindis Alejandro
le saca la copa de las manos y la apoya sobre la mesada. Intenta un lento paso
de baile. Ella se acurruca entre los brazos largos de él y hunde la cara en su
pecho. Qué rico olés, guacho. Él le amasa el culo helado por debajo de la
calza.
Acá en la cocina está lindo, pero el resto de la casa es una heladera.
Hace más frío que adentro.
¿Qué?
Que hace más frío que adentro, sordo.
Que afuera, querrás decir.
¿Y yo qué dije?
Que hacía más frío que adentro.
¿Sí?
Por la obra, será. Estuvo todo el día abierto.
Almost blue
Almost doing things we used to do
There's a girl here and she's almost you…
¿Viste dónde dejé el azafrán?
No. ¿Dónde aprendiste a cocinar paella?
Viendo cómo la preparaba la cocinera española de Harry. No tiene ningún
secreto. No sé si te conté, pero Harry estaba obsesionado con todo lo que venía
de España. La comida, la música, el cine…
…Con vos, que sos hija de gallegos.
También.
Alejandro se sirve vino. Toma media copa de un trago.
Sos la primera mujer de tu generación que conozco que no le tiene fobia a
la cocina.
¿Sí? Qué sé yo. Puede ser. Mi abuela era re capa en la cocina. No la conocí,
murió antes de que yo naciera. Cuando vino a la Argentina, trabajó como
cocinera para una familia pituca de la Paternal. En cambio a mi vieja no la
sacabas de la comida chatarra. Salchichas y hamburguesas. Eso nos daba de
comer. Mientras tanto ella le entraba a un tallito de apio o medio tomate. Ni
sal ni aceite le ponía. Mi vieja fue una pionera en esto de la anorexia. Tuvo
su época incluso, en que le daba a las anfetas. Caminaba por las paredes, la
pendeja de El Exorcista parecía,
vivía aceleradísima. Así le habrá quedado el cerebro. Sentémonos un rato
mientras se termina de cocinar el arroz, ¿querés?
Alejandro enciende unas velas en el living. Lo que faltaba para que la
casa parezca una casa de velatorios. Apaga la lámpara y va a sentarse al sillón
con las copas en la mano. Anabella recibe la suya y la apoya en la mesita. Acaricia
la pierna de Alejandro y él le da un beso apasionado.
Tranquilo, fue un mimo nada más. Parecés un bombero, che, siempre listo.
¿Qué te iba a decir?
No sé.
Nada, que hablo de mi vieja y al toque me pongo de mal humor. Qué mina narcisista,
siempre se creyó el centro del mundo. En cambio, mi viejo era otra cosa. Siempre
atento, pendiente de mis necesidades, incluso cuando yo ya estaba viviendo en
pareja. Cuando se murió y no pude venir al velorio, me puse tan mal… Bah, como poder,
pude. Pero hubo un atentado allá, no recuerdo bien en qué ciudad…
Nueva York, las Torres.
No, no… Sí, pero el que yo digo fue en otro estado. La cosa es que Harry
insistió en que iba a tener problemas con la visa, que no me iban a dejar
volver a entrar al país. ¿Por qué no iban a dejarme entrar? Era un invento de
él, que no quería que me fuera, que pretendía tenerme día y noche bajo su
control. Pero la culpa fue mía por no haberle puesto mis condiciones de entrada.
Harry es otro de los temas que ponen de mal humor a Anabella. Habría que
ir a ver la paella.
Pero yo te estaba hablando de mi vieja. No la soporto más, tengo que
tomar una decisión ya, ver qué voy a hacer de mi vida.
¿Por qué no le rescindís el contrato a tu inquilino y te mudás a tu
departamento?
Es que hoy por hoy cuento con ese ingreso para llegar a fin de mes. Y la
verdad es que no sé si quiero seguir sumando más laburo acá. Quiero decir, no
me atrae mucho la idea de vivir en Buenos Aires, en medio del quilombo. El otro
día hablando con Jorge, me volvió a a sacar el tema…
¿Qué Jorge?
Te conté. Ese con el que salía
antes de irme a Nueva York…
El del sexo tántrico.
El mismo. La verdad es que quedamos muy amigos. Siempre me está invitando
a que me vaya unos días para allá. No conozco Traslasierra. Dicen que es un
lugar con una energía especial y que se puede vivir con muy poca plata. Jorge tiene
una casa enorme, con un salón en el que da clases de yoga. Me propuso compartir
ese espacio con él. Podría armar algo, qué sé yo, clases de acordeón o de piano…
yoga… te conté que tengo hecho el instructorado de yoga. La verdad es que no es
mala idea, ¿no? Total… ¿Qué me retiene acá en Buenos Aires?
Anabella se queda mirando a Alejandro a los ojos. Él está a punto de
decir algo pero en lugar de eso vacía su copa de un trago. Se levanta del
sillón, va a la cocina y vuelve con la botella.
¿Te fijaste en la comida?
No. ¿Tenía que fijarme?
Dejá, ahora voy yo.
Se sirve más vino y mira a Anabella. Suspira.
Bueno. Mientras decidís si te quedás acá o te vas, te hago una copia de
las llaves. Así podés venir cuando quieras y no tenés que fumarte a tu vieja. Igual
no lo tomes como una propuesta de convivencia.
No, ya sé. Entendí.
De onda. En calidad de amigo te lo ofrezco. No te asustes.
No me asusté, Alejandro. En todo caso, parece que el asustado sos vos,
que tenés que andar aclarando tanto.
¿Asustado por qué?
Por nada, Alejandro, por nada. No te pongas en guardia que no te estoy
pidiendo nada. Lo de mi vieja fue un comentario, nomás. Voy a ver si ya se
cocinó el arroz.
Ya casi está. Falta agregar el azafrán, la sal y la pimienta. Anabella busca
el tabaco y las sedas en la mochila. Se arma un cigarrillo, lo enciende y le da
una pitada profunda, la mirada fija en la oscuridad al otro lado de la ventana.
Almost you
Almost me
Almost blue.

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