Derivaciones de una fiesta descontrolada


 

Despierta sobresaltado, bañado en sudor. Olvidó bajar la persiana y el sol penetra implacable a través de la ventana del cuarto. Demora unos segundos en cargar el historial reciente. Cierto, hoy es el día dos del vigésimo noveno año de su vida. Dicho menos rebuscadamente, ayer fue su cumpleaños número veintinueve y recibió gente. El dolor de cabeza y el malestar estomacal, son la prueba fehaciente de que ha bebido demasiado; pero vamos, uno no cumple veintinueve años más que dos veces en la vida, tres con suerte, piensa y luego decide dejar a un lado los cálculos absurdos. Va hasta el baño, revuelve en el botiquín hasta dar con los antiácidos y el protector hepático. Extrae un comprimido de cada blíster y los traga con agua de la canilla. Entra a la ducha y permanece debajo de ella hasta que recupera de a poco la conciencia. Su casa parece un campo de batalla; botellas, copas y platos por el piso y encima de los muebles. Alguien volcó bebida sobre el escritorio francés, antiguo y caro, recién comprado. Seguro fue Yáñez, a propósito, maldito resentido hijo de puta. La cara que puso cuando el Gran Jefe anunció quién sería ascendido a gerente comercial. Qué esperabas, Yáñez, sos un ineficiente, te la pasás tomando café y haciendo sociales en vez de trabajar, larva.

Recoge los vasos con restos de bebida y colillas, servilletas manchadas de rouge y de mayonesa. Advierte que no puede reconstruir la secuencia de los hechos acontecidos con suficiente precisión. Lleva la bandeja a la cocina y pone todo en la bacha. Repite la acción una o dos veces. Busca una bolsa en el último cajón del bajo-mesada y regresa a recoger las botellas vacías que hay diseminadas por todos lados. Pretende evocar su conducta con el intento de evaluarla y detectar una posible desviación de las pautas normales de comportamiento. Sigue sin poder enfocar con precisión los acontecimientos y comienza a preocuparse. Se ve a sí mismo cantando Paloma Negra a dúo con Suárez, sobre el cedé de Chavela Vargas, y lo asalta una sensación de ridículo. Siente cómo la sangre le invade el rostro, y la necesidad de sepultar la incómoda imagen al fondo de su inconsciente; luego decide que no se trata de un hecho demasiado lamentable. Quién no estaba pasado de copas, anoche. Aún más, todos festejaban sus torpes intentos de articular la letra de la ranchera; recuerda sus sonrisas de par en par, animándolo a que continuara cantando. No obstante el fallo auto-absolutorio, sigue sin recuperar el aplomo.

Sacude las migas del sillón, encuentra una pieza de sushi entre los almohadones. Quizás esa inquietud que siente tenga su origen en la escena que recuerda a continuación. Florencia, sus ojos celeste claro, su pelo rojo cayendo salvaje sobre los hombros, la pollera de cuero ajustada y las medias negras corridas. Lo sorprende una erección y al mismo tiempo una sensación de culpa. No, no es eso; hubo, ciertamente, un poco de cachondeo entre ambos, no es para nada que él se haya desubicado. Flor lo rechazó y le dijo portate bien, eso fue todo. Qué tiene de malo histeriquear con las compañeritas de oficina. A Flor le encanta jugar, no por nada se ganó el apodo de calienta- pijas.

Ve la guitarra en el rincón, la levanta y la cuelga de su soporte. Descubre que se ha cortado una cuerda y tiene un rayón en la tapa que hasta ayer no estaba. Hace memoria, pretende adivinar quién ha sido el responsable de semejante canallada, pero no recuerda que alguien más haya estado tocándola. Vaya forma de festejar su cumpleaños, el estreno del departamento, su ascenso. Tendrá que ser más cuidadoso con su comportamiento en lo sucesivo; sabe que el castillo de naipes que es su vida, su posición socio-económica, se pueden desmoronar si no tiene cuidado. ¿De dónde proviene esta desazón que le hace sentir un nudo en la garganta, esta sensación de peligro?

De pronto ve todo claro. El comentario innecesario en voz demasiado estridente, respecto de la sorpresa que le produjo que semejante monumento de mujer fuera la esposa del Gran Jefe. Después, las miradas encontradas, los dobles sentidos. La mano de ella sobre su muslo, cuando le festejó aquel chiste tonto. El intento fallido de robarle un beso cuando en el pasillo de distribución atravesaban direcciones opuestas. La atenta y permanente vigilancia del larva-alcahuete-resentido de Yáñez.

En qué quilombo me metí, se lamenta y en el mismo momento suena el teléfono, haciéndolo saltar del sillón. 

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