Un brindis por Elena



Henos aquí, junto a la puerta de la cocina, entorpeciendo el paso de los que entran y salen con bandejas, desde o hacia el patio techado, lugar donde se encuentra el grueso de los invitados. La cocina es minúscula, y además de la agasajada, hay otras dos personas participando en la preparación de pizzas y tragos. Ni bien llegamos, vinimos detrás de Elena, y nos quedamos charlando. Después la chica se disculpó, entró a la cocina para seguir trabajando, y Ariel y yo nos miramos, y miramos a nuestro alrededor sin saber qué hacer.

En el camino Ariel me vino explicando el motivo de la reunión. Resulta que Elena es… era, bailarina del Colón, y la crisis la dejó sin trabajo. Empezó a golpear puertas hasta que a través de internet, recuperó el contacto con una vieja amiga, hace ya largo tiempo exiliada en el Gran País del Norte. Elena la puso al tanto de la situación y entonces la amiga, también egresada de la Escuela Nacional de Danzas, le ofreció hacerla entrar a un cabaret de Miami donde ella misma baila. Miami o Las Vegas. Ya me olvidé. No será el mejor laburo del mundo, pero le van a pagar en dólares. Argentina es un viva la pepa; para salvar a los bancos pesificaron los depósitos en dólares y la plata que Elena venía juntando para comprarse un departamento, se esfumó en el aire. Una vez más, el país se fue a la mismísima mierda y los que terminamos pagando el pato de la boda fuimos, como siempre, los laburantes.

Elena no tiene una cara demasiado bonita, pero sí un cuerpo increíble para su edad, supongo que la misma que Ariel, ya que fueron compañeros del secundario, y aún si no fuera así, entre la luz difusa y el grado de alcoholemia de los eventuales clientes, seguro se va a convertir en la reina del cabaret. Está exprimiendo unos limones con uno de esos viejos exprimidores de vidrio como el que tenía mi abuela, mientras la otra chica muele hielo en una licuadora. Es curioso, pero Elena parece no caber en su propio cuerpo de lo feliz que está. Yo en su lugar andaría llorando por los rincones. Soy un bicho sedentario, cero aventura.

Vierte el jugo de los limones y el hielo molido en una jarra, le agrega vodka.

¡Oh! Caipivodka, exclamo. La otra chica me corrige: No, daikiri.

Daikiri o caipivodka, siento que se me hace agua la boca. El alcohol me funciona como un antídoto contra la fobia social; es tan efectivo, que incluso comienzo a sentir sus efectos aún antes del primer sorbo. Ariel entra a la cocina, y vuelve con dos vasos. Entre el trago y el calor que sale del horno, empiezo a relajarme. Era una heladera el auto... O no anda la calefacción, o Ariel y yo somos tan boludos que no supimos cómo encenderla.

Elena pasa junto a mí con la jarra, y yo alzo el vaso vacío. Me sirve de no muy buena gana, a juzgar por la cara que pone. Después continúa su camino hacia el patio, y a los pocos pasos mira hacia atrás por sobre el hombro.

Euge, ¿por qué no ponés un poco de música?

Euge sale de la cocina secándose las manos con un repasador, y revuelve en una pila de cassettes que hay sobre el alfeizar (¡Qué arcaísmo!) de una ventana, junto a una maceta con un lazo de amor.

¿Qué es eso que pusiste?, le pregunto por decir algo, por socializar, y ella me responde:

Brandford Marsalis.

¿Brandford Marsalis tocando Bahía? Me suena como que es más antiguo.

Es Marsalis, repite Euge, impaciente, ahí tenés la cajita si no me creés.

Está bien, te creo.

Daikiri, Marsalis. Parece que todas las cosas han pasado a llamarse de otra forma desde la última vez que asomé la nariz fuera del tupper.

Pasa a mi lado una pelirroja increíble, el pelo a lo Janis Joplin, campera de jean sobre el vestido de bambula… ¿¿No tiene frío?? Sólo le faltan los lentes redonditos para completar el look. Me sonríe, le sonrío, estoy por decirle algo, pero Ariel me distrae con un comentario intrascendente, y cuando me doy vuelta para encararla, la pelirroja se ha esfumado como los ahorros de Elena.

 

Qué pocas ganas de volver a salir que tenía. Había llegado a casa como a las nueve, después de dejar a mi hija con su mamá. Estuvimos esperándola un rato largo en la puerta. Toqué timbre como tres veces y no contestaba nadie. La nena se puso a jugar con el sensor de movimiento de la entrada, poniéndose debajo cada vez que la luz se apagaba. Yo no hacía más que mirar la hora y fumar nervioso.

Pará Sole que la vas a terminar quemando.

Mi ex llegó radiante y relajada, como si se hubiera pasado el día en un spa y nos dio un beso a cada uno.

¿Qué hicieron de divertido?

Ayer fuimos al Museo de los Niños y al Mc Donald’s. Y hoy nos pusimos a ver una peli, y papi se quedó dormido.

¿Le diste de comer?

Hace una hora tomó la merienda.

Mi ex chequeó su reloj pulsera e hizo un gesto sutil de impaciencia. Le entregué la mochila, y entonces ella me obsequió una de sus sonrisas encantadoras.

¿Cómo estás vos?

Conforme a la prescripción de mi analista, evité mirarla a los ojos, y le dije: Muy bien, gracias. El martes la paso a buscar a la salida de la escuela y la llevo a casa…

Ariel dice que un analista que da consejos, más que analista es un amigo, y yo le contesto que no hay por qué ser tan ortodoxo. El tipo tiene razón, qué mierda se viene a hacer la empática conmigo.

Me fui pateando hojas secas por las veredas oscuras de ese barrio que ya no es mi barrio, llegué a la avenida y doblé en dirección a la plaza. No había un alma en la calle, pese a que aún era temprano. Reprimí el reflejo de mi brazo que amagaba parar un taxi, y continué mi camino, encorvado, las manos en los bolsillos. No puedo permitirme el más mínimo lujo, estoy en rojo con la tarjeta, y después de pagar el alquiler y depositar alimentos, tengo que hacer malabares para llegar a fin de mes. En la esquina de siempre, bajo la misma marquesina titilante, estaba esa dominicana con la que estuve una noche igual a esta, unas semanas atrás. Fue un domingo como hoy, o un sábado, ya no sé ni en qué día vivo. Esa noche, igual que esta, había dejado a la nena en su casa y me embargó una sensación de soledad tan pero tan grande, que tuve la urgente necesidad de aturdirme con un poco de sexo express. La chica sonrió al verme, y yo me detuve a saludarla.

Hola, papi… Qué carucha… Me parece que andás necesitando unos mimos.

Me encantaría, pero no tengo un peso partido al medio.

Qué pena… Bueno, otra vez será. ¿Me das un cigarro?

 

Un muchacho que no llega ni a los treinta, entra a la cocina, abraza a Elena por detrás, y comienza a acariciarle las tetas. No serán guau, qué pedazo de tetas, pero gracias a que Elena no usa corpiño, se puede apreciar que están muy bien formadas.

¿Querés que te exprima los limones?-, le ofrece el muchacho y ella le responde:

No, gracias, ya bastante me los exprimiste esta tarde.

Se da vuelta para ponerse frente a él, lo abraza y le mete la lengua hasta el esófago.

Che, vayamos a alternar un poco con los otros invitados, me sugiere Ariel y me arrastra por un brazo hacia el patio techado.

Un brindis por Elena, propone alguien, y todos alzamos nuestras copas.

El grupo está integrado mayormente por varones, compañeros de Elena del Colón, intuyo. Están sentados en unos sillones de dos y de tres cuerpos, de estilos y colores diversos, sillas de diferentes juegos, supongo que prestadas por los vecinos. Luego del brindis, los bailarines se dan piquitos al unísono, como si se hubieran puesto de acuerdo antes.

 

Decía que llegué a casa alrededor de las nueve, y todo lo que quería era tomarme mi sopita y meterme a la cama temprano.

Mañana es lunes. Además es tarde y hace mucho frío, protesté cuando Ariel me propuso venir a la reunión, pero insistió tanto que terminó convenciéndome.

Ariel fue papá hace apenas una semana, y según sus propias palabras ya estaba trepándose por las paredes, harto del confinamiento, de los berridos del bebé, y el olor a pañales sucios. Una semana casi sin ver la luz del sol, con lo que le gusta la calle. Cuando sonó el timbre, yo estaba recalentando la sopa, descorchando una botella de vino, y acordándome de la dominicana. Estaba, igual que hoy, apoyada en la ochava, bañada por las luces azules y rojas de la marquesina. Negra como la noche, masticaba chicle con movimientos desmesurados de sus mandíbulas. Cuando pasé junto a ella, me pidió fuego. Protegió la llama con sus manos, exhaló el humo en mi cara y me dijo:

¿Vamos a hacer el amor?

¿Cuánto?

Veinte la normal; por veinticinco te doy la colita.

Vamos.

Esperá que termine el cigarro.

Entramos a la habitación y la abracé y la besé en el cuello. Le di el dinero y nos desnudamos. Vestida valía los veinte que costaba, desnuda quizás quince. Una torpe cicatriz de cesárea le partía el vientre en dos, y tenía los pechos algo caídos; pero su culo, aun con algunas estrías, resultó ser el mejor que había visto en mucho tiempo. Empezó a trabajar sobre mi miembro como si estuviera intentando destapar un caño con una sopapa.

Más suave, le supliqué.

Me pidió disculpas y aflojó la presión, pero la cosa no mejoró demasiado. Me paré junto a la cama, le indique que se pusiera en cuatro patas y la penetré. Ella comenzó a fingir que le gustaba y a moverse frenética. Acabé en cuestión de minutos. Mientras nos fumábamos un cigarrillo a medias, me contó que había tenido una noche demasiado tranquila, que entre el frío y la mishiadura (¡juro que empleó esa palabra!), los tipos no tienen ganas ni de ponerla. Que no sabía cómo iba a hacer para pagar la pensión. Yo no dije nada. Estábamos tendidos de espaldas, ella con la mirada perdida, yo observando el reflejo de su cuerpo en el espejo del techo, la voz de Julio Iglesias palpitando en los parlantes de la cabecera.

Nos despedimos en la puerta del hotel y yo empecé a caminar hasta la parada del colectivo mientras me levantaba el cuello del sobretodo. Sentí el aroma a sexo y perfume barato que emanaba de mi piel, y una sensación desagradable me oprimió la garganta. Ya no tengo edad para vivir esta clase de vida, por más que intente encontrarle el costado glamoroso. No soy Bukowski. Soy alguien demasiado blando para enfrentar mi destino con un mínimo de dignidad.

 

La cuestión es que Ariel insistió tanto, que terminó por convencerme, pese al frío y la hora. Subimos en su auto recién comprado, un Renault 9 color negro con el techo gris, joyita-nunca-taxi, cuyo motor no regula del todo bien, para ser piadosos. Lo acompañé a verlo hará unos diez días. El dueño tenía cáncer, y ya no podía trabajar, ni quería dárselo a trabajar a nadie. Daba impresión ver la pelusa de su cráneo, la piel de un color raro, estragos de la quimio. Estaba con un humor de perros, y respondía a las preguntas de Ariel mediante ladridos. Salimos a dar una vuelta.

¿No me lo dejás manejar a mí?

Eso va a suceder el día que lo compres, si es que decidís hacerlo.

El auto tenía los asientos hundidos, y parecía como si se fuera a desarmar en cada curva. Por no hablar de los doscientos ochenta mil kilómetros que marcaba el velocímetro.

En eso no te fijés, había dicho el tipo al respecto. No me salteé ni un cambio de aceite. Después te muestro, tengo todo guardado.

Ariel desoyó mi consejo y lo dejó señado. Según él, estaba a buen precio, y los desperfectos que tenía (había que cambiarle una pata de motor y rectificar los discos de freno), se podían arreglar por unos pocos pesos. Pero la verdad es que el auto no es más que es una catramina, y después de que pase por las manos de mi amigo, se convertirá en chatarra. Entonces Ariel denunciará que se lo robaron, y cobrará el seguro, mientras un chapista amigo lo desarmará y venderá los repuestos. No será la primera ni la última vez.

 

Euge pasa junto a mí con la jarra, y le extiendo mi vaso vacío. Me sirve sin siquiera mirarme y yo tampoco pretendo tanto. Tomo un trago y me siento casi casi en el limbo. Me dirijo al patio y me dejo caer en un sillón de dos cuerpos, junto a un tipo que está conversando con el de la silla de al lado. Hablan de un libro que leí hace siglos, La Noche de los Tiempos, de Reneè Barjabel. 

…Un mundo ideal, una especie de paraíso, pero de pronto estalla una guerra atómica, y sólo quedan dos sobrevivientes, la parejita que después los científicos encuentran en una cápsula criogenética, bajo el casco de hielo de la Antártida…

Qué interesante…

Básicamente, intervengo yo, de puro entrometido, una recreación de la historia de Romeo y Julieta…

Ay, muñeco, no me vayas a contar el final que recién voy por la mitad.

El tipo extiende el brazo para alcanzar una botella de champagne de arriba de la mesa. Llena la copa del otro, la de él. Acerco mi vaso.

Perdón, pensé que estabas tomando otra cosa.

No hay problema.

¿Vos sos el compañero de secundaria de Elena?

No, no, vine de colado. Ariel, mi amigo, fue compañero de Elena y yo una especie de acompañante contra-fóbico.

¿Sos del palo del arte también?

No, nada que ver, soy kinesiólogo. Trabajo con chicos autistas.

Ah, mi hermana es psicopedagoga, y trabaja en la misma área. Es un apostolado lo de ustedes.

Una vez leí un libro sobre autismo, interviene el otro. Se llamaba algo así como… El Castillo Vacío, o...

La Fortaleza Vacía -, lo corrijo, de Bruno Bettelheim. Un clásico.

Si no me equivoco, el autor es un sobreviviente del campo de concentración.

Sí, tuvo una vida trágica. De chico perdió al padre, y tuvo que salir a trabajar para mantener a la madre y a los hermanos. Finalmente se suicidó, asfixiándose con una bolsa de papel, después de haber quedado viudo.

…A propósito de Romeo y Julieta…

Ay… No te conté… ¿Sabés que una vez me tuve que bajar del papel de Romeo por una lesión en el tobillo?

Jodeme…

Che, me tengo que ir, es la una , viene Ariel y me dice . Pero si querés, quedate, ¿eh? Veo que has hecho nuevos amigos, agrega y me guiña un ojo.

Me levanto y estrecho la mano de mis interlocutores.

Un placer.

El placer es mío.

Hasta el próximo exilio.

No tengo ganas de despedirme de nadie más, así que me voy deslizando con disimulo hacia el recibidor. Veo a Ariel abrazando a Elena, estrechando la mano del chico que le había ofrecido exprimirle los limones a Elena. Agita la mano en dirección al resto de los presentes y entonces aparece la pelirroja de la nada y viene hacía aquí junto a mi amigo. Parece que es la dueña de casa. Ariel hace las presentaciones de rigor.

Amanda, Elena y yo hicimos toda la secundaria juntos.

Al final no charlamos nada, dice Amanda dirigiéndose a Ariel, pero en mi euforia etílica, me doy por aludido y le ofrezco: Si querés me quedo.

Bueno, no faltará oportunidad para que charlemos en otro momento, dice ella mirándome de reojo.

Perdón, pero me tengo que ir ya. Hoy duermo en el sillón.

No hay ni un perro en la calle. Nos despedimos de Amanda y subimos al auto. Ariel intenta en vano ponerlo en marcha.

Ayudame a empujarlo.

Te dije que no compraras esta poronga.

Callate y empujá.

El auto toma envión, y Ariel se sube y mete segunda. El caño de escape exhala una bocanada de combustible semi quemado. Parece que fuera a arrancar, pero se sacude un poco, y finalmente se detiene. Me arden los pulmones, agotado por el esfuerzo. Amanda dice:

Esperá que llamo a los chicos.

Entra a la casa, y un instante después, vuelve a salir acompañada por el ballet en pleno. Jóvenes esbeltos y delicados, en excelente forma, fuertes y sanos. Ariel se sienta frente al volante, ellos se arremangan y empujan y el milagro se produce.

Alabado sea el señor, huyamos antes de que se le pare de nuevo, dicen los chicos del ballet, mientras se alejan riendo rumbo a su champagne, a sus piquitos luego de cada brindis.

Abro la ventanilla para que se vaya el olor a nafta.

¿Qué hacés? Cerrá eso.

¿No sentís el olor que hay? ¿Querés terminar la noche en una guardia?

Nos detenemos frente a un semáforo y Ariel enciende la radio. Recorre el dial, buscando una emisora que no haga demasiada interferencia. Suenan los primeros compases de una canción que conozco, pero no me viene el nombre a la mente.

Me parece que voy a tener que hacerle regular el embrague, evalúa Ariel.

Yo que vos, lo rocío con nafta y le prendo fuego. O con kerosene que es más barato.

Terminala de una vez, por favor. Ya es suficiente por hoy.

El semáforo cambia a verde, Ariel pone primera y arranca. A los pocos metros, el auto corcovea y se detiene. Ariel suspira y abre la puerta. Le echo un vistazo a mi reloj, calculo las horas que me quedan de sueño.

 


Comentarios

Entradas más populares de este blog

PESCA DEL DÍA

Child in time (¿Dónde estabas cuando estalló la guerra?)

horas extras