Últimos días en Nicaragua


 

Otra puta mañana de sol, y lo peor de todo es que según el Servicio Meteorológico, va a seguir así toda la semana. ¿Y si lleva el auto a lavar? Ahí está, cada vez que hace lavar el auto llueve, es infalible. Se levanta del sillón, se despereza, busca las ojotas con los pies, se las calza y va hasta la cocina. Pone la pava al fuego. Saca una botella de agua mineral de la heladera y toma un largo trago del pico. Vuelve al sillón y retira las sábanas, las dobla y las esconde bajo los almohadones. Liz le contó que otra vez Brenda quiso saber por qué su papá dormía en el sillón. Ya les explicaron a las dos, pero igual vuelven una y otra vez sobre el tema, y él no sabe si es porque no terminan de comprender o porque esperan que sus papás cambien de idea. A él, de chico, le pasaba algo de eso. Por ahí se enteraba de que estaba por suceder algo feo y hasta el final tenía la ilusión de que todo se iba a terminar arreglando. Como en las películas. Algunas películas. Hasta los diecinueve le pasó eso, cuando le diagnosticaron cáncer de pulmón a su padre. Después aprendió que si existe la posibilidad de que las cosas salgan mal, van a salir peor. La famosa Ley de Murphy.

(Le vienen imágenes de la tarde de ayer. La chica caminando como una modelo en la pasarela, en dirección al auto. El pantalón ajustadísimo marcándole la vulva.  ¿Por qué se expone a esa clase de situaciones? Debería preservarse un poco, por el bien de su salud mental).

Sube la escalera y entra al cuarto. Se sienta en el borde de la cama de abajo y besa a Brenda en la frente. La nena no reacciona, entonces él la sacude por el hombro.

¡Arriba, dormilona!

Brenda se queja y se da vuelta hacia la pared.

Dale, que vamos a llegar tarde otra vez.

Se incorpora y apoya los codos en la cama de arriba. Camila está abrazada a su osito y tiene el pelo empapado de sudor. Él se estira para darle un beso, pero no llega. Le muerde un piecito y Camila lo retira con brusquedad. También se da vuelta y queda trabada en el espacio entre la cama y la pared. Él contiene la risa.

Vení que te vas a caer, pepona, ya es hora de levantarse.

Camila se pone a llorar y gatea en dirección a su papá, abrazada a su osito roñoso.

Tuve un sueño muy feo, papito. Soñé que te morías.

Ah, pero qué bien. Cuando soñás que un ser querido se muere le estás alargando la vida.

¿En serio?

Claro, ¿no sabías?

La toma en brazos y ella le rodea el cuello y le estampa un beso chorreando baba en la mejilla. La deposita sobre el piso, y ella solita se quita el camisón y va hasta la silla sobre la que están doblados los uniformes. Habría que comprarle uno nuevo a cada una, los que tienen ya están pidiendo pista. Qué negoción que hacen estos hijos de puta con la casa que vende los uniformes. Qué no van a estar entongados. Si las mandás un día con otra ropa, te avisan que la próxima no las van a dejar entrar a la escuela.

Arriba, Brendita, que se hace tarde y nos van a retar… Dale, hijita…

Toma el uniforme de Brenda de arriba de la silla y empieza a vestirla dormida. Parece una muñequita de trapo. Una muñequita de trapo rellena de aserrín mojado. Qué grandes que están las dos. Ya no las puede tener mucho tiempo a upa. Brenda se queja dormida y él comienza a perder la paciencia, pero se contiene. Si la llegara a retar a Brenda, vendría Liz y le haría una escena. Ni que la estuviera viendo. Le diría:

Qué lindo que es empezar el día a los gritos.

Es una caradura esta mina, pero él yo ya no quiere discutir más. ¿Cuánto tiempo más va a tener que soportar semejante situación? La verdad es que no se la desea ni a su peor enemigo.

La noche del viernes, Liz salió y volvió como a las cinco de la mañana. El hizo lo propio el sábado, aunque no regresó tan tarde. Él durmió en el cuarto de las nenas, para que cuando ella volviera no lo despertara. Se acostó en la cama de abajo y sus dos hijas en la de arriba. Dormir es un decir, no pegó un ojo. Y por si fuera poco se había se había puesto a ver una película que lo dejó con una sensación horrible. No recuerda el título, era sobre muertos vivos.

Termina de vestir a Brenda, le calza las zapatillas e intenta que se mantenga parada, pero se le aflojan las piernas. Camila sale del cuarto y ya está bajando solita las escaleras.

Cuidado, Cami, le grita y al mismo tiempo se arrepiente, imaginando la cara de Liz. Vamos, Brenda, abrí los ojos de una vez.

Brenda hace un pucherito y finalmente adquiere un relativo control sobre su cuerpo. Él la lleva de la mano escaleras abajo, poniendo especial atención en que sus piecitos acierten a los escalones. Sus movimientos recuerdan a los zombies de la película del viernes. Camila está sentada en su sillita alta con un tenedor y un cuchillo en las manos, las puntas para arriba. Cuando él se acerca ella lo mira, sonríe y golpea los mangos contra la mesa.  

Dejá esos cubiertos, Cami, que no te van a hacer falta.

Ayuda a Brenda a sentarse y ella tracciona la silla contra la mesa, apoya los brazos y recuesta la cabeza sobre ellos. Él apaga el fuego y comprueba que se ha consumido la mitad del agua. Busca unas tazas y la caja del té en la alacena, pone un saquito en cada una y las llena de agua. Vuelve a abrir la alacena y saca el paquete de criollitas, lo deposita sobre la mesa. Saca la leche y el queso crema de la heladera, vierte un poco de leche en cada taza.

Escucha que se abre la puerta de la habitación y luego la del baño. Aprovecha para subir a vestirse. Ya sería el colmo tener que vestirse abajo. Entra y cierra la puerta del dormitorio, de acuerdo con los códigos consensuados. Se pone el pantalón y la primera camisa que encuentra. Al abrocharse el último botón descubre que le viene sobrando un ojal. Se calza las medias y los mocasines marrones. Descuelga el saco, busca una corbata al tono y vuelve a bajar las escaleras.

Brenda, no tomaste el desayuno, hijita… ¿Qué voy a hacer con vos?

¡Tengo mucho sueño, papá! ¡La re puta madre que lo parió!

Ey, no hablés así…

Vos siempre hablás así…

Pero de mí tenés que aprender lo bueno, mi vida, no lo malo.

Camila ya terminó de desayunar y hasta enjuagó la taza y la cuchara y las puso en el escurridor. Es la más joven de la familia y la más juiciosa. Brenda en cambio, es una versión agravada de la madre.

Vamos, Brenda, por lo menos tomá un poquito de té, no podés ir a la escuela en ayunas, así no vas a aprender nada.

¿No es cierto, papá que si uno no desayuna el cerebro le queda chiquito?

¡Callate, pendeja pelotuda, qué mierda sabés vos!

Che, basta, no se peleen…

¿Qué son esos gritos?, pregunta la princesa haciendo su espectacular aparición.

¡Mamá, Camila me dice que tengo el cerebro chiquito y que me voy a morir!

Mentira, yo no te dije eso… Yo dije que…

Basta las dos… Brenda, tomá un poco de té aunque sea…

Dejala, si no quiere tomar nada, que no tome…

Es que no puede salir de casa sin desayunar… Toma, Bren, llévate unas galletitas, que después vas a tener hambre…

Liz está envuelta en su bata blanca, impecable, el cabello cepillado. Parece recién salida de un spa. Flota hasta la mesada, descubre que la pava está vacía. Se vuelve en dirección a él y le reprocha:

No me pusiste a calentar agua. Como siempre, pensás sólo en vos.

No se molesta en contestarle. Ni siquiera la mira con el odio que se merece.

Liz tomará tranquilamente su café, su jugo de naranja y sus dos tostadas, sentada sobre el taburete, frente al desayunador, las piernas largas y bronceadas cruzadas al estilo actriz de Hollywood, mientras él termina de preparar a las chicas y corre a llevarlas a la escuela. El culpable es él y no otro, por este berretín suyo de jugar con muñequitas. Su próxima partenaire, decide, va a ser gorda y fea. Las gorditas son re gauchitas, o eso dicen. Una gordita que cocine, que planche. Que no se la envidie nadie. Que no se pase el día llamándolo por teléfono, exigiéndole que llegue pronto a casa para cuidar a las nenas, mientras ella va a su clase de teatro o a una sesión de sexo salvaje con algún compañerito de Río Abierto.

Después del desayuno, Liz se vestirá, se maquillará con esmero y por último irá al baño, bajará la tabla, se sentara y dejará caer toda la mierda de su interior con total desparpajo. Después se lavará el ojo del culo en el bidet, con agüita tibia y jaboncito perfumado. Él en cambio, a pesar de que hasta no hace tanto, era un relojito e iba cada mañana antes de salir de casa, tendrá que contentarse con cagar en el laburo, sin la higiene ni las comodidades a las que está acostumbrado. Sin sentarse para evitar entrar en contacto con la tabla. Sin bidet. Todo eso, porque la princesita está estresada y necesita tomarse las cosas con calma.

Las chicas saludan a su madre y se cuelgan las mochilas. Brenda ya está casi despierta del todo y hasta se le pasó un poco el mal humor. Camino a la puerta Camila informa que la maestra les pidió que llevaran papel glasé y plasticola.

¿Y por qué me lo decís a última hora?

Le dije ayer a mami pero tenía que ir al gimnasio y después a la peluquería.

Cruzan la calle y caminan la media cuadra que hay hasta la escuela. Los niños están entrando en ese preciso instante. Perfecto, hoy  evita el tirón de orejas.

Ustedes vayan que yo me cruzo para comprar lo que le pidió la maestra a Cami. Brenda, vení, no te vayas, vení, dame un beso. ¿Necesitás algo de la librería?

Yo sí quiero darte un beso, papi. Y un abrazo.

Porque me querés, enana. Brenda no me quiere ni un poquito así.

Brenda levanta el dedo medio y lo sacude de arriba abajo. Después se acerca y lo abraza. Por un breve instante, él siente que se le humedecen los ojos. Cruza la calle esquivando autos y entra a la librería. Los que atienden son una familia de japoneses. Ya están todos en sus puestos. Una de las hijas acomoda unas cajas en los estantes, la otra levanta la persiana de la vidriera. El padre estudia unas facturas, y la mujer está de pie tras el mostrador, con las manos entrelazadas contra el pecho como si estuviera rezando, preparada para recibir al primer cliente de la mañana, es decir, a él. O quién sabe, nunca ha sido el primero en nada.

Buen día… ¿Papel glasé?

¿Común o metalizado?

Mmm… no sé, deme del común…

¿Qué color?

Deme uno de cada.

La mujer va sacando los sobres de una caja y los deja sobre el exhibidor de vidrio, esmerilado por el uso. Él le echa un vistazo a ella y a su familia. Hay que mirarlos detenidamente para identificarlos. Parecen hermanos, aún los esposos entre sí y respecto de las hijas, todos ellos de una edad indefinida, todos vestidos de jean y chomba negra a modo de uniforme. Un fenómeno estos japoneses. ¿O serán chinos? No, hablan demasiado bien el español y además no viven cagándose de risa como los chinos. Deben ser japoneses, nomás.

¿Alguna otra cosa?

No, nada más. ¿Cuánto es?

Vuelve a la escuela y toca el timbre porque ya está cerrada la puerta. Abre la antipática de la portera y lo espía por una ranura insignificante entre la puerta y el marco.    

Disculpe. ¿Podría alcanzarle esto a mi hija, que ayer nos olvidamos de comprar lo que le pidió la maestra?

Le da la bolsa, los datos de Camila y las gracias. La mujer ni se molesta en mirarlo a la cara. Él va hasta a la esquina y dobla a la izquierda. Entra al garaje y saluda al pibe de la mañana que lo relojea a través de la ventana de la oficina. Sale masticando y con el mate en la mano. Hiede a la medialuna de grasa que se está comiendo.

Buen día, capo. Pintó un comprador para tu auto. ¿Cuándo puede venirte a ver?

Fijate que en la ficha está mi número de celular. Pasáselo. Yo suelo llegar a casa a las seis, siete de la tarde. Me llama, o me llamás vos y yo vengo a mostrárselo. 

Me imagino que tendrás una atención, ¿no? Mínimo… un asadito para los muchachos. Alguna achurita, un par de tubos de vino bueno…

Okey. Después me decís cuántos son.

Y… Seremos… unos… diez, doce… ¿Viste?

¿Qué?

Eeeeh, mentira… Cómo te pusiste, papá, ¿eh?… Tranquilo, llegamos a ocho con toda la furia…

 Sube al auto, lo pone en marcha y sale del garaje. Da la vuelta a la manzana y estaciona en la puerta del edificio. Se baja y toca el timbre del portero eléctrico.

¿Querés esperar por favor, que todavía no estoy lista?

Veinte minutos más tarde, Liz sale del edificio y entra al auto sin siquiera mirarlo. De pronto, él advierte que se ha olvidado de comprar la plasticola. Decide que Camila bien puede pedirle a un compañerito, tantas veces habrá tenido que prestarles ella. O no, la verdad es que siempre las mandan a la escuela con la mitad de las cosas que necesitan. Él y su mujer, en breve ex mujer, son un completo desastre. Está por hacerle un comentario a Liz pero se da cuenta justo a tiempo.

¿Qué esperás para arrancar? ¿Todavía no te despertaste?

 No hablan en todo el viaje. Al llegar a la puerta de su trabajo, Liz le dice chau y se baja del auto. Él pone primera y sale quemando cubiertas. Bah, quemar cubiertas es un decir, ya que de milagro todavía puede hacer que este cascajo se mueva.

 Vení a la hora que quieras, ¿eh? Tranquilo, lo saluda Méndez cuando entra al piso.

Él lo mira con odio. Si lo quiere suspender que lo suspenda, ya lo tienen harto sus modos de patrón de estancia. Va hasta su escritorio y se sienta. Enciende la computadora. Karina se acerca con una taza de café en la mano. La deposita frente a él en el escritorio y él le agradece con un movimiento de cabeza, mientras mira de reojo a Méndez, que a su vez los observa a ambos desde su pecera. Él le lee la mente. Los  pensamientos de Méndez son:

Mirá a este hijo de puta, encima de que llega tarde, lo primero que hace es ponerse a charlar. Flor de patada en el orto le daría.

Buen día, Gustavo. ¿Cómo estás?

Después te cuento, Kari… ¿Querés que almorcemos juntos? La mirada láser de nuestro amo me está taladrando la frente. ¿No ves cómo me sale humito?

¿Dónde?

De acá, de la frente.

No, boludo. Dónde vamos a almorzar.

Donde siempre.

Karina asiente en silencio y continúa su camino. Él arrastra el mouse y observa la pantalla con aire concentrado, pero la figura de Karina ejerce su poder magnético sobre él y no puede evitar que sus ojos se vayan tras ella. Saca una petaca del primer cajón y toma un trago con disimulo.

Karina. Recuerda la primera vez que estuvieron juntos.  Qué desastre. Una tarde, en la oficina, un par de semanas atrás, la chica lo miró con genuina preocupación y le dijo:

A vos te pasa algo.

Él bajó la cabeza y asintió.

Vamos a tomar un café cuando salgamos de acá y me contás, ¿dale?

Dale, me encantaría.

Cumplido el horario de trabajo, salieron cada uno por su lado para no llamar la atención y se encontraron en un bar de la calle Defensa. Al principio, el lugar estaba semivacío pero después llegó más gente que se puso a bailar al ritmo de un imbécil que hacía karaoke. Ellos, del café inicial, pasaron a la cerveza y se sumaron a la masa danzante. No sabe cómo, o sí sabe, es una forma de decir, terminaron en el departamento de Karina. Cuánto hacía que no tenía acceso a una sub treinta. Desde que él también tenía menos de treinta, probablemente. Habrá sido a causa del sentimiento de culpa, o quizás el exceso de calentura, como sea, no aguantó ni treinta segundos. Ella dijo no importa, a mí me encantó, mientras le acariciaba la cabeza y le daba besos en la cara y en el cuello. Cuando se fue y chequeó su celular, vio que tenía cinco llamadas perdidas de Liz. Ni se acuerda qué excusa inventó.

La segunda vez, fue él mismo quien se invitó a casa de Karina y antes de terminar el té que ella le había servido, se le echó encima y comenzó a besarla.

Tranquilo, Gus, protestó la chica. Nadie nos corre.

Él necesitaba demostrarle a Karina y demostrarse a mí mismo que podía tener una buena performance y para ser honestos, se sintió más que satisfecho con su desempeño. Dos desempeños, en realidad. Y si no llegó tres, fue porque no quería volver tan tarde a su casa. Aquella noche, las llamadas perdidas de Liz no fueron tantas y cuando se vieron las caras, ella sólo expresó desdén.

El tercer encuentro iba a ser otra vez en el departamento de la chica, la tarde-noche del sábado. Salió de su casa sin dar explicaciones, llegó a la puerta del edificio y tocó el timbre del portero eléctrico. Una, dos, tres veces y nada. Se sentía un completo idiota bajo el peso de la mirada inquisidora del encargado, no sabiendo qué hacer con la caja de galletitas de limón que había comprado en el café Martínez de la esquina. Esperó un rato y se fue, humillado. Al día siguiente recibió un mensaje de Karina. Le escribía para disculparse por haberlo dejado plantado. En realidad estaba en su casa, aclaró, pero en la cama con un compañerito de facultad con quien se había reunido a estudiar esa tarde. No había ironía ni honestidad brutal en el mensaje, era simplemente el relato objetivo de lo que había sucedido. Pero para él, fue como el jab de izquierda que uno recibe cuando ya está a medio camino de besar la lona. No podía volver a casa tan temprano y con semejante cara de derrotado, así que se sentó en un bar y tomó un whisky tras otro, hasta que calculó que su futura ex mujer y sus hijas ya se habían dormido.

 Mira el reloj una y otra vez. Llama a los clientes, cierra un par de operaciones, se admira él mismo de su increíble capacidad de disociación. Karina pasa frente a su escritorio, le hace la seña del as de espadas y se desplaza en dirección a la salida. Él le da un trago disimulado a la petaca, se levanta y va al baño. Orina, se lava las manos. Gutiérrez y el cadete hablan del partido de anoche. Lo miran como queriendo incluirlo en la conversación. Él los ignora.

Sale a la calle y camina hasta Defensa, entra al bar. Karina ya está allí, en una mesa con vista a la calle, tipeando nerviosa en su celular. ¿Con quién se estará mensajeando? Quizás con su compañerito con derecho a roce. Ella siente la mirada de él y levanta la suya, deja el celular sobre la mesa.

Hola, Gus. ¿Cómo estás?

Pufff... Mejor que nunca.

Dale, boludo, te hablo en serio. Me tenés preocupada.

Todo sigue igual, Kari. Si sabés de alguien que alquile un departamento, dueño directo, avisame… Esa es mi prioridad número uno, chiquita…

Dale, grandote, si me entero de algo te aviso. ¿Qué onda con tu mujer?

Ya te conté, no me hagas hablar más.

No me contaste nada, o bueno… casi nada. Parece que lo único que te interesa hacer conmigo, es...

Sí que te conté. Quiero salir de ahí ya. No te das una idea de lo que es. Estoy durmiendo en el living.

Decime, ¿vos estuviste chupando?

Ya estoy grande, ¿no te parece?

Tenés razón, es tu vida. ¿Me decías?

¿Qué te estaba diciendo?... Ni sé qué te estaba diciendo.

Mira a través de la ventana hacia la calle con aire abatido, como forzado a jugar el papel de víctima que tanto parece atraer a Karina. Seguro que de chica se la pasaba adoptando perros callejeros.

Las cosas están empezando a chuparme un huevo y la mitad del otro. La hipoteca, mantener dos casas... Que sea lo que sea. Dios proveerá, decía mi abuela.

Ella le toma la mano por sobre la mesa. Duda antes de hablar.

Te debo una disculpa por lo del sábado, Gus, pero bueno, todo pasó tan de repente que no pude avisarte…

No, no. No me debés ninguna disculpa. Son cosas que pasan.

Es que después me agarró la culpa, te viniste hasta casa y yo…

No te hagás problema. Che… ¿Qué onda el mozo?… ¿Vos ya pediste?

Ordenan unos tostados y café. Karina vuelve a la carga.

Igual está todo bien, Gustavo. Lo que pasó no implica que tengamos que dejar de vernos. Yo te entiendo, vos sos de otra generación, pero si lo pensás un poquito, vas a estar de acuerdo conmigo. Uno no pertenece a nadie y los amores no son eternos, tarde o temprano se rompen. Y yo creo que uno de los factores de la finitud del amor es la posesividad.

La monogamia no es natural, es una cosa impuesta. Mirá sino a Simone de Beauvior y a Sartre. Frida Khalo y a Diego Rivera. Juntos pero libres. A mí me gusta estar con vos, pero también quiero hacer la que me pinte. ¿Cuánto tiempo estuviste en pareja con Liz? ¿No tenés ganas de picotear sin atarte a nadie?

Supongo que tenés razón, Kari. Pero dejame que lo asimile un poco. Mucha modernidad de golpe.

Le hace una seña al mozo y cuando éste se acerca a la mesa, le pide un whisky. Se lo toma a las apuradas porque ya tienen que regresar a la oficina.

 

Ahora hay que bancar la tarde con la modorra del almuerzo a cuestas. Se duerme frente a la computadora. Va a ser mejor que se active. Prepara un presupuesto, calcula los gastos de envío, se los pasa por mail a la secretaria del cliente. La mujer lo llama y le pregunta algunas cosas que no entiende. Mientras tanto, Méndez lo estudia desde su pecera. ¿Che, no será gay el gordo hijo de puta este?

 (Ayer a la tarde, iba manejando por Maza, las ventanillas bajas, porque no le funciona el aire acondicionado, escuchando Kind of Blue de Miles Davis, en CD. Últimamente se le dio por escuchar música de cuando era más joven. Debe ser el único tipo en el mundo que aún escucha música en semejante formato, ahora todos los autoestéreos vienen con entrada de mp3 y bluetooth. De vez en cuando, su autoestéreo se tilda y empieza con esos ostinatos demenciales tipo Dj que te taladran el cerebro. Al pasar por la esquina de Moreno, la misma esquina por la que pasa cada tarde, atrajo su atención el mismo culo apoteósico enfundado en el mismo pantalón de cuero negro ajustadísimo, como pintado sobre la piel, ofreciéndose al público. Cada tarde, de vuelta de su trabajo siente el impulso de detenerse, con la expectativa de que ella se acerque, apoye un brazo en la puerta del auto y a través de la ventanilla abierta, finja atracción por él. Pero hasta ayer a la tarde, se había resistido a dejarse llevar por la tentación, imaginando, no obstante, que ese culo desnudo en un cuarto de hotel, bien podría ser un lugar más apacible dónde ir que su propia casa, que la mirada fría de Liz, su apuro por irse a su clase de Tai-Chi-Chuan o dónde sea que vaya, su invitación a que recurra a los imanes de la heladera si por casualidad lo asalta el hambre).

 Apaga la pc y empuja la silla contra el escritorio. Afloja el nudo de su corbata. La gente pasa y lo saluda, atraviesa la puerta de salida y llama al ascensor. No ve a Karina por ningún lado, quizás salió en el momento justo en el que él fue al baño. Lo sorprende un ruido mecánico, es la señora de la limpieza encendiendo la aspiradora. Si hay algo más triste que una oficina, es una oficina después de las seis de la tarde.

 Entra a su casa y Liz sale, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta. Las chicas corren a saludarlo y se abrazan a sus piernas, haciéndole perder un poco el equilibrio.

Me van a hacer caer…

Para qué les habrá dado la idea. Hacen fuerza hasta que lo derriban, muertas de risa y él no puede enojarse, a pesar de que el movimiento termina provocándole reflujo estomacal. Carraspea pero no puede evitar el gusto ácido invadiendo su boca.

¿Te sentís bien, papá?, se asusta Cami.

No puede hablar, va hasta la heladera y saca la botella de agua.

¿Hicieron los deberes?, les pregunta cuando consigue articular las palabras.

¡¡¡¡¡No tenemos deberes!!!!!, gritan al unísono.

¿Podemos ver la tele?, pregunta Brenda.

Pueden. Pero no se peleen.

Brenda sale disparada y toma el control remoto de arriba de la mesa. Cami llega un segundo después y se pone a forcejear con su hermana.

¿Qué les dije?

¡¡¡¡Me toca a mí!!!! ¡¡¡¡Me toca a mí!!!!

Brenda tiene derecho al uso del control hasta las siete y media. Después se lo pasa a Cami. Si no te lo da, enana, venís y me avisás.

Toma un poco más de agua y guarda la botella en la heladera. Va con el teléfono y la notebook al balcón. Del quincho de la casa de al lado emana la intensa fragancia a carne asada. Se tiraría de cabeza, cuánto hace que no come una comida decente. La vecina de arriba se ha puesto a escuchar a Queen a un volumen medianamente aceptable y él espera que continúe así, ya está harto de tener que ir a tocarle el timbre para rogarle que baje la música.

Realiza una llamada para resolver un tema de facturación de su tarjeta de crédito. Lo tienen media hora con la musiquita de Para Elisa. El problema es que volvieron a cobrarle la membrecía de la página de citas, siendo que la había dado de baja hace como dos meses. Es una suerte  que Liz no se interese por la liquidación, de otra forma, habría sido causal de discusión. Después de todo, ¿quién paga la tarjeta? Cuelga sin esperar a que lo atiendan y se pone a mirar videos porno en la notebook con el volumen bajo, y justo cuando está por ir al baño a masturbarse, suena el teléfono.

Hola, Gus, ¿qué hacés, amigo?

Ah, hola, Osqui. Acá, descansando un rato. Qué día bravo, ¿eh?

Decímelo a mí, que ya me había olvidado de lo que era el verano porteño. Casi que extraño la nieve.

Me imagino, te debés querer matar. Pero bueno… ya vas a volver a acostumbrarte.

La verdad es que no va a hacer falta que me acostumbre, Gus. Un poco te llamaba para contarte eso.

¿Qué pasó?

Hablamos con Beatriz, y llegamos a la conclusión de que lo mejor va a ser que nos volvamos.

¿Pero cómo? Si Beatriz ya había agarrado dos cargos y la vieja le iba a dar una guita para que se comprara un departamento.

Sí, bueno. La vieja le tiró el gancho, pero no era tan así. Con la guita que le ofreció no le alcanza ni para la mitad de un monoambiente. Lo que pasa es que la vieja está grande y me parece que no se quiere morir sola…

Qué vieja del orto. Nunca pudieron contar con ella para nada y ahora se viene a hacer la generosa.

Sí, como te digo, dos mangos con cincuenta le ofreció a Beatriz.

Pero no termino de entender. ¿Se vuelven… juntos?

Ponele, qué sé yo… Al principio, por una cuestión económica, pero ya está, no hay vuelta atrás… En cuanto nos recuperemos un poco, cada uno por su lado…

Qué cagada, Osqui, ya le estaba tomando el gustito a nuestras salidas de muchachos. Un poco de descontrol siempre viene bien, más ahora… La verdad es que estaba muy feliz con tu regreso.

Sí, yo también, Gus, pero vos viste... Las ofertas de laburo aparecen con cuenta gotas y encima vas y cuando te preguntan cuál es tu expectativa de sueldo, te dicen que el colombiano que entrevistaron antes que a vos, hace el mismo laburo por la mitad de guita…  Es una cuestión khármica, Gus… La economía me expulsó en el dos mil uno y cuando finalmente tomo la decisión a volver, me expulsa otra vez… Ni que estuviera inscrito en mi código genético, macho…

Y no creo que vaya a cambiar en el corto plazo, hermano.

No entiendo cómo la gente se la banca sin armar quilombo.

Es que somos putas ovejas…

Sí, qué sé yo… Ya me comí los dólares que traje de allá, no sé qué voy a hacer. Ah… Escuchá esta… La llamaron a Beatriz del consulado.

¿Y cómo la ubicaron?

Qué sé yo. Por ahí uno los muertos que dejamos allá contrató un detective.

¿Y qué le dijeron?

La hicieron ir y la recibió el cónsul en persona. Le dijo no sé qué sobre la forma en que huimos del país. Entonces ella le retrucó que en todos los años que residió allá la habían relegado a los peores laburos que había, los que no quería agarrar nadie. Le refregó todos sus títulos, los antecedentes de acá, y entonces el cónsul le dijo que, como había cambiado la ley, había algo así como un aluvión de nuevos jubilados y que él mismo se iba a ocupar de conseguirle uno de esos cargos que quedaban vacantes. Pero la negra no aflojaba y le salió con el tema de los afectos, que la madre viejita, que los amigos, que pum, que pam. Entonces el tipo se puso a hablar de la crisis económica, y al final la remató preguntándole si entre sus “afectos” no estaban sus propios hijos. Madame, les enfants, le mandó el quebeco.

En un punto tiene razón…

Otra que en un punto, en la línea completa de puntos, tiene razón. ¿Y de lo tuyo? ¿Alguna novedad?

Corta y recuerda lo que estaba haciendo antes de que llamara Osqui. Pero la verdad es que ya se le fueron las ganas. La hora que es, tiene que preparar la cena  de sus hijas.

 (La tarde de ayer. Qué decir. En cuestión de segundos tomó la decisión de apagar su celular y pergeñar una excusa creíble para cuando Liz empezara con su rosario de recriminaciones por no llegar a tiempo para ocuparse de las nenas. Se le quedó el auto. No pudo avisar porque su celular no tenía batería. Cosas que pasan, qué va a hacer. No le importaba que le creyera o no. Se detuvo en la esquina de Maza y Moreno, bajó el volumen del auto-estéreo y miró en dirección a la chica. Ella se acercó haciendo equilibrio sobre sus tacos altos, los labios de la vulva pugnando por escapar a la presión del pantalón de cuero negro. Parecía una adolescente y tal vez lo fuera.

Hola, papito… ¿Estás buscando un poco de acción?

Necesito unos mimos, linda, vengo muy cascoteado…

Sí, ya veo. Estás peor que tu auto, papá.

Abrió la puerta, se sentó y le dio un beso en la comisura de la boca. Le acarició la pierna a escasos centímetros de su sexo.

Doblá, el telo es acá a la vuelta, dijo indicando vagamente con la mano.

¿Cuánto cobrás?, le preguntó él, pero ella en vez de responderle, tomó el celular de la guantera, junto con los cigarrillos y el Zippo.

Ey… ¿Qué estás haciendo?...

Te estoy robando, boludo, ¿Querés que te haga un croquis? Dame la billetera y cerrá el orto, porque soy menor y voy empezar a gritar que me querés violar.

Frenó de golpe y estallaron los bocinazos. Ella se bajó del auto sin molestarse siquiera en cerrar la puerta.

No seas puta, por lo menos quédate con la plata y devolveme los documentos…

Re puta soy, pero te los voy a dar igual.

Extrajo los billetes y arrojó la billetera a través de la ventanilla.

Tomate el palo, abuelo, antes de que se pudra todo.

Él vio un policía parado a unos pocos metros y estuvo a punto de bajarse, hasta que comprendió que iba a ser para peor. Se disculpó con un taxista que lo insultó al pasar, mientras la chica se llevaba su precioso y enorme culo de vuelta a la esquina. Al llegar miró en dirección del policía y le arrojó un beso con la mano. El tipo se tocó la visera de la gorra a modo de saludo).

Condujo unas diez cuadras en estado de shock, hasta que vio un kiosco y se detuvo. Levantó la tapa del cenicero y extrajo las monedas, lo justo para una lata de cerveza. Después siguió hasta su casa, su futura ex casa.

¿Se puede saber dónde te habías metido? Ya me perdí la primera clase.

Lo siento, Liz, se me quedó el auto y tuve que llamar al auxilio.

¿Y por qué no me avisás, a ver si puedo conseguir a alguien que se quede con las chicas?

Justo me quedé sin batería.

Sos un pelotudo, Gustavo, nunca hacés nada bien. Me voy, ya llego tarde a la segunda clase también. ¡Chicas, pídanle a papá que las ayude con la tarea! ¡No me esperen, váyanse a dormir tempranito!

Las nenas corrieron a buscar sus mochilas, obedientes. Él salió al balcón mientras tanteaba sus bolsillos en busca del tabaco, hasta que se acordó de que se lo había llevado la chica. Fue a la cocina. Liz suele tener un paquete de la mierda light que fuma, encima de la heladera. Nada, se los habrá llevado. Vio unas mosquitas negras, chiquitas, sobrevolando la cocina. Atrapó una en pleno vuelo y apretó los dedos para estrujarla. Cuando volvió a abrir la mano, la mosquita salió volando como si nada.

Iba a ir a lo del chino, mientras las nenas estaban entretenidas con la tarea. Cigarrillos. Una petaquita de JB. Total, Liz ni se iba a enterar; antes, le controlaba el aliento, pero en los últimos tiempos, no se le acerca a menos de dos metros de distancia, como si se tratara de un leproso.

Papi, me tenés que dar plata para la excursión, dijo Brenda.

Ahora, hija. Empiecen con la tarea que yo ya vengo.

Revolvió los cajones en busca de efectivo. Revisó arriba de los muebles, en los bolsillos de la ropa colgada en el placard. En todos los escondites que sabe que tiene Liz. No encontró ni una maldita moneda. Encima este chino de mierda no acepta otra cosa que efectivo, y para que te fíe, medio que tenés que dejarle la escritura de la casa como garantía.  Se sentó en la cama y se puso a llorar; conteniendo los sollozos, para que no lo escuchen las chicas.

 

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