otra de trenes

 


 
Qué les importaba que la radio estuviera haciendo un ruido bárbaro. No iban a dejar de hacer lo que estaban haciendo para acomodar la antena. En vez de eso Pablo apretó la cara contra los pechos de Elena, tomó aire por la nariz, aspiró profundo el olor de la piel de su esposa, mientras ella gemía y se sacudía arriba de él.
Esta es la manera en la que me gustaría morir...-, dijo Pablo con tono teatral, cuando acabaron.
Ella le dio un suave cachetazo en la mejilla y se dejó caer de costado. Él miró la hora y se levantó de la cama de un salto. Camino al baño se detuvo un instante a sintonizar bien la radio.
 Hoy volvías tarde, ¿no?
 Me hiciste acordar, tengo que preparar el bolso.
Ufa.
Es que si no juego al fútbol aunque sea dos veces por semana, voy a terminar rodando.
Se ajustó el nudo de la corbata, le dio a Elena un beso en los labios y se fue.
Llegó al andén y aún adormilado, con la sensación de la piel de Elena latiendo sobre la suya, vio el tren venir desde lejos. A medida que se aproximaba, los pasajeros fueron abandonando los rincones protegidos del viento y Pablo de pronto se vio asaltado por una idea absurda:
Qué frágil que es la vida humana. Pensar que en un sólo movimiento, pondría fin a todo. Dos pasos hacia adelante y me convierto en un amasijo de carne inerte.
Subió los escalones y fue hasta el vagón de fumadores, pero no encendió el cigarrillo que le colgaba flojo de los labios; no sacó del bolso el libro que estaba leyendo ni se puso los auriculares. Simplemente se entregó a la distraída observación de la ciudad desfilando al otro lado de la ventanilla. Sus pensamientos acudían en patético desorden, como el de los fondos de las construcciones que yacían en el fondo del terraplén. Vio a los peones de un corralón de materiales cargando ladrillos en la desvencijada caja de una efe cien que alguna vez fue roja. Una camada de cachorros se entretenía en sus juegos de lucha bajo la mirada apacible de la mamá sarnosa y estigmatizada de grasa y hollín. La misma rubia aeróbica de cada mañana, inmóvil como una escultura sobre su bicicleta, su larga pierna derecha extendida, frente a la barrera del paso a nivel. Todo tan deliciosamente familiar. Sin embargo había una sombra que lo acechaba, que flotaba densa sobre el paisaje habitual. Pablo suspiró, intentó comprender la naturaleza de esa sensación, pero la verdad es que no había un motivo que la justificara. Cuando bajó en la estación Chacarita y su mirada se topó con el verdigrís paredón del cementerio, una aprensión inexplicable lo embargó, lo acompañó casi hasta la puerta del edificio. En el momento en que estaba entrando a su oficina reparó en que hacía largo tiempo que no visitaba la tumba de su madre y se prometió llevarle unas flores el domingo siguiente. De pie junto a su escritorio, mientras retiraba la funda de su máquina de escribir, e iba recuperando de a poco el aplomo, vio que el gerente le hacía señas desde la puerta de su despacho.
Gómez, venga que tengo que hablar una cosita con usted.
Con gesto preocupado, el gerente le indicó que se sentara. No le ofreció café, como solía hacer cada vez que discutían sobre algún tema laboral, invariablemente, en un clima de cordialidad. Se limitó a observarlo con una expresión que a Pablo le dio la impresión de que el hombre se hallaba profundamente afligido. Jugaba nerviosamente con su estilográfica, como si no supiera por dónde empezar.
Gómez, murmuró después de un tenso carraspeo, lo lamento mucho pero a partir de hoy queda cesante.
Pablo lo observó con estupor. No había mediado malentendido alguno entre ellos en el último tiempo. Por otra parte, todos en la empresa lo tenían conceptuado como un empleado responsable y eficiente.
Pero señor Peña... Cumplo con mi trabajo, llego todos los días temprano. Esta semana me estuve quedando hasta después de hora... ¿y de la noche a la mañana me cesantea?
Mire, Gómez, no es algo personal, no tengo nada que decir acerca de su desempeño pero...
 ¿Me va a despedir así nomás, sin una razón?
Gómez, por favor. No me acorrale.
¿Se puede saber por qué carajo da tantas vueltas?
 No se altere, Gómez.
Bien. Volvamos a empezar: ¿Cuál es la causa por la que voy a quedar cesante?
Simplemente Gómez, porque usted está muerto.
Pablo cerró los ojos masticando una maldición. Cuando volvió a abrirlos se encontró con los de Elena, que aún se estremecía de placer sobre el cuerpo de él. Suspiró aliviado, se ve que me quedé dormido, pensó al tiempo hundía el rostro entre los suaves pechos de su esposa, los que para su sorpresa, se transformaron en un par de manos toscas.
Mierda, todavía está vivo,  tartamudeó el bombero que le sostenía la cabeza y observaba incrédulo la mirada vidriosa de Pablo. Pero mucho no duró la propiedad del comentario, porque de golpe se precipitaron las sombras.

 

 

 

 

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