LAS PALOMAS (para Juan Carlos)


 



                                                                                                                
Un día sofocante. La cara de la mujer barriendo el piso del patio bajo un cielo de color sucio, torcida por algo más que fatiga. El labio y la mandíbula inferiores proyectados hacia delante, tensos, dejaban ver sólo una hilera de dientes. Regularmente apartaba de sus ojos un persistente mechón de pelo reseco por la tintura.

¿Qué estás haciendo?, preguntó el hombre despertando de la siesta. Apareció por detrás de la cortina de la cocina.

Jugando, ¿no ves?, respondió la mujer.

No te esmeres demasiado que en cualquier momento se larga, explicó él, señalando con una mano tosca el cielo cargado.

Claro... y después el agua se lleva todas las plumas a la rejilla y los caños se tapan y yo como una imbécil me reviento destapándolos, mientras vos dormís la siesta y tu hijo juega a la pelota...

Dejá de quejarte y cebame unos mates, la interrumpió él con brusquedad.

¿Y quién va a limpiar la mierda de las palomas? ¿Acaso no sentís el olor?

Ya me tienen harto vos, las palomas, el pendejo...

Si lo hubieras puesto un límite el día que vino con esos pájaros de mierda... Encima me dijeron que traen mala suerte.

No me digas que creés en esas pavadas...

No quiero más estos animales en casa. ¡Voy a abrirles la puerta de la jaula y que se vuelen!

Es al pedo, sabés que tarde o temprano las palomas vuelven.

Matalas. Le podemos decir que se escaparon.

El hombre se rascó la cabeza con un par de dedos cortos y gruesos. Parecía como si no pudiera terminar de sacudirse la modorra.

Prepará el mate, te dije.

El hombre arrastró las ojotas en dirección a la torpe construcción de madera y alambre tejido que cumplía las funciones de palomar. No le molestaban las palomas. Pero ya no soportaba la letanía de su mujer.

Ella entró a la cocina. Desde allí no podía ver lo que estaba haciendo el hombre. Sólo escuchaba el aleteo de las aves, cada vez más débil y esporádico hasta que se desvaneció del todo. Después salió al patio llevando la pava y el mate y vio a su marido caminando en dirección a ella. Unos pocos plumones blanquecinos describían lentas espirales a su paso.

Gallega... ¿por qué no las hacés a la cacerola con arroz?

 

Ya había oscurecido hacía rato pero el calor no aflojaba. Un locutor verborrágico balbuceaba frases ininteligibles desde una radio vieja y maltrecha. De vez en cuando, sonaba algún que otro tango.

El chico llegó de la calle transpirado, con la ropa sucia y arrugada, exaltado por toda una tarde de fútbol en el baldío. Casi sin saludar, corrió hacia el fondo de la casa, al lugar donde pensó que iba a encontrar a sus palomas.

Y... habrás dejado mal cerrada la puerta y se volaron, fingió conjeturar el hombre. Hubieras tenido más cuidado.

¡Mis palomas!

Bueno, no es para tanto, en una de esas, vuelven. ¿Sabés?, Las palomas tienen un instinto que hace que no se pierdan. Por mas lejos que estén, siempre encuentran el camino de vuelta a casa.

En medio de los trastos y la maleza, crecía una higuera raquítica. El chico no vio a sus palomas entre las ramas. Comenzó a llamarlas por el nombre. Tal vez estuvieran escondidas entre el follaje de algún árbol vecino esperando a que su inefable instinto las fuera a orientar para el regreso. Poco a poco sus llamados se fueron espaciando. No era cuestión de preocuparse. Quién sabe no estuvieran un poco asustadas de su propia impulsividad, de su inconsciente huida motivada por la inminente tormenta. Pasado el chaparrón, aventuró el hombre, quizás aparecerían posadas alrededor de la pajarera, esperando a que  les abrieran la puerta.

 

 Llegó la hora de la cena.

¿Qué hay de comer?, preguntó el chico.

Arroz con pollo, respondió la mujer, expectante.

Por la puerta abierta de la cocina entraba un poco de aire fresco. Ahora se podía respirar. El chico comía con avidez. La comida debía estar realmente buena, la madre había sido cocinera en la casa de una gente rica durante años.

Las palomas, exclamó de pronto el hombre, como por un impulso. Son tus palomas.

¡¿Dónde?!

El chico se incorporó de un salto y miró a través de la puerta de la cocina. La mujer apenas levantó la vista del plato.

En el plato, te las estás comiendo.

El chico no pronunció palabra. Cuando se repuso del desconcierto, volvió a sentarse, tomó los cubiertos y continuó masticando. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas curtidas por el sol. La mujer comía en silencio, como si deseara que los otros dos se olvidaran de que estaba allí.

 El hombre terminó su plato, encendió un particulares treinta luego de separar la silla unos centímetros de la mesa. Una racha de viento agitó violentamente las cortinas. El hombre se levantó de su silla y se asomó al patio.

Qué tiempo loco. Está todo estrellado.

Nadie pronunció siquiera una palabra.

Pasó de largo, agregó el hombre en obvia alusión a la tormenta.

Tampoco esta vez obtuvo respuesta.

                                                                                          

 

 

 

 


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