El blues del gato podrido



Cuando era chico tenía la capacidad de reconstruir mentalmente cada pequeño detalle de lo que había hecho al menos en el último mes. Cuando no podía dormir, cosa que me pasaba demasiado a menudo, me quedaba muy quietito en la cama y armaba un inventario que comenzaba con el repaso de las cosas que había hecho ese mismo día, y continuaba hasta las más antiguas que mi memoria pudiera evocar. De esa manera desfilaban por mi cabeza los argumentos de las series de televisión de las cuales no me perdía ni un capítulo, la lista del almacén, conversaciones con amigos y familiares. Una tarde de fútbol en el potrero y el olor que despedían las astillas del banco de la escuela cuando grababa mi nombre con el punzón del compás. Cuando mi memoria comenzaba a flaquear, el recuento minucioso se transformaba en unas cuantas instantáneas de los hechos más significativos. Como un bosque que va desapareciendo, que le va cediendo terreno a un pantano; un bosque cuyos árboles, cada vez menos numerosos, más escuálidos, alzan su triste figura sobre la oscura superficie del agua turbia y estancada hasta que desparecen del todo. Al final del recuento sólo quedaban aquellas historias que me contaron mis padres, escenas de mi más temprana infancia o incluso previas a mi nacimiento, sucesos de los que guardaba un recuerdo tan vago como falso. Sólo entonces me quedaba dormido. 

Con los años, mi capacidad de asombro se ha ido agotando. Lo que pasó, pasó, ya no puede lastimarme ni provocarme alegría, así como una noticia que leemos al pasar en un diario viejo, las últimas elecciones en Nauru o la caída de la bolsa de Hong Kong. Las imágenes de mi pasado parecen cosas que le pasaron a otro. Escribirlas me ayuda a pasar el rato. No me entristecen ni me avergüenzan. No me producen nada. 


La primera vez que vi a Jean Paul fue un sábado de marzo en lo de Nico. Hacía un calor de locos. Terminé mi horario de trabajo en el hospital y en vez de ir derecho a casa, como tantas otras veces, pasé por lo de mi amigo. Apenas entré al departamento vi a un gordo cuarentón yendo de aquí para allá con una cuchara sopera en la mano que al parecer contenía cocaína. Lo primero que pensé fue que estaban por picarse, y si bien siempre había rechazado la idea, frente al hecho concreto ya no estaba tan seguro de mis límites. Por suerte el uso que se hizo de la sustancia no fue intravenoso.

Al principio, Jean Paul no me dio ni cinco de bola. Cuando Nico nos presentó me dijo “un placer” sin mirarme siquiera, ocupado con los preparativos de quién sabe qué. Le insistía a Nico que le consiguiera bicarbonato de sodio, el cual finalmente apareció en el fondo del botiquín del baño o en la alacena. Jean Paul abrió el envase y con una cucharita de té sacó una cantidad equivalente a la de la merca. Me sorprendió su destreza, inusitada para alguien que parecía tan exaltado. Abrió apenas la canilla, agregó unas gotas de agua y con el dedo índice comenzó a revolver la mezcla. Luego encendió una hornalla y calentó la cuchara para evaporar el agua.

¿Qué está haciendo?, le pregunté a Nico.

Easy base.

¿Qué cosa?

 Algo así como el crack.

Nico me había hablado mucho de Jean Paul pero hasta entonces no había tenido el gusto. Tenía un notable parecido físico con Hércules Poirot, el personaje de Peter Ustinov en “Muerte en el Nilo”, a no ser porque sus bigotes no se retorcían en las puntas como los del famoso inspector. Estaba vestido con una camiseta musculosa, jean y zapatillas gastadas. El cabello ralo y en completo desorden. Cara de desquiciado,  brillante de transpiración. No paró hasta que, una vez que la preparación estuvo seca y convertida de nuevo en polvo, la mezcló con un poco de marihuana y armó una especie de nevado. Le pegó una pitada profunda, contuvo la respiración y después, mientras dejaba escapar el humo, se dirigió por primera vez a mí.

¿Así que vos también sos reducidor de cabezas? 

Se presentó con histrionismo, haciendo un juego de palabras con su apellido francés, el cual, según él mismo observó, sonaba como si dijeras gato podrido. Esa tarde hablamos poco, en cierta medida por el efecto que me produjo fumar esa basura. Me sentía como uno de esos personajes de caricatura que son atravesados por una bala de cañón y siguen como si nada por la vida con un agujero en medio del pecho. Al poco rato me fui. Comencé a dar vueltas por el barrio como un zombie, no sabía si ir a cenar o al putero. Al final no hice ni una cosa ni la otra. Me fui a casa y me metí en la cama. A la mañana siguiente me desperté todo contracturado.

Después de aquella vez, comencé a cruzármelo a menudo en casa de Nico.

¿Cómo se conocieron?, le pregunté a mi amigo una vez.

Mejor que te cuente él.

Miré a Jean Paul. Él despachó su porrón de cerveza hasta el final y eructó antes de hablar.

Fue muy gracioso. Nico fue al entrepôt donde trabajo y pidió que le recomendaran un électricien. Así que me fui hasta su casa con mi caja de herramientas y me lo encontré en la puerta, sentado sobre los escalones de la entrada, esperándome, porque no le andaba el portero eléctrico. Tenía puestos unos anteojos estilo John Lennon y estaba leyendo un libro de Freud. Lo calé de entrada: psicoanalista y… fumeur… a juzgar por el olor de su barba. Entramos al departamento, miro hacia el balcón y me encuentro con una planta de cannabis. Le pregunto serio: “¿Qué clase de planta es?”. Se puso blanco como el papel. Empezó a… merde… comment dites-vous?… mmm… Eso, a tartamudear, que no tenía ni idea. Entonces yo le dije que no me diera lata con eso de que se la estaba cuidando a un ami qui est parti en vacances, etcétera, etcétera. Le dije que no era ningún tonto, que no me cabía la menor duda de que eso era una planta de marihuana y que se pusiera a armar un porro de una puta vez.

Jean Paul era bastante verborrágico y si te ponías a mirar hacia otro lado para sacártelo de encima, te golpeaba con el dorso de la mano en el brazo para que le llevaras el apunte. Era como un gran agujero negro que absorbía tu atención, tu paciencia y cualquier sustancia psicotrópica que le pusieras delante. De acuerdo con las exigencias de su relato, era el mejor o el peor de todos. Una vez le di para que leyera un libro de cuentos de Bukowski. Su conclusión fue que no se trataba más que de una compilación de bravuconadas estúpidas, por demás increíbles. Lo cierto es que los relatos de Bukowski, al lado de las anécdotas que contaba él, parecían dignos de Poldy Bird.

Sus estados de ánimo oscilaban entre la irritabilidad ante la falta de… euforia previa a la obtención de... y un tercero, de plenitud, resultado de la absorción de cocaína.

Vivía en el depósito de la tienda de materiales eléctricos, entre cajas de enchufes y rollos de cable. Dormía sobre un colchón sucio, sin sábanas. La poca ropa que tenía, colgaba de unas perchas de alambre, y estas a su vez de una estantería metálica. Tenía una radio y, desparramadas entre todo el desorden, algunas novelas de ciencia-ficción en francés y en castellano, escritas por autores desconocidos. 

Una tarde de domingo que hacía un frío de perros, una de esas tardes en las que te sentís demasiado solo y aburrido, fui a visitar a Jean Paul a su entrepiso. Era el último sitio del mundo al que hubiese deseado ir, pero no había otras opciones, ninguno de mis amigos estaba disponible. Jean Paul estaba descansando (era uno de los hábitos preferidos de su estrecho repertorio), la radio sintonizada en una anodina estación hitera de FM.  Improvisó una merienda con un poco de té, unas rodajas de pan y una lata de atún en aceite.

La tomé esta mañana en el supermarché, me explicó mientras abría la lata. Le pain et le lait, j'ai payé pour dissimuler.

Salimos al cabo de unos minutos en busca de un par de gramos, luego de que Jean Paul se asegurara de mi liquidez para financiar la compra. Fuimos hasta un teléfono público (el del negocio tenía puesto un candadito) para llamar al puntero.

¿Anda la tía Coca por ahí?, preguntó en clave. 

Durante los meses que caminé con Jean Paul, anduve por los lugares más extraños. Un viernes a la noche, después de la llamada de rigor, fuimos hasta un departamento en la calle Honorio Pueyrredón llegando a Díaz Vélez. Estaba montado con la exclusiva finalidad de vender falopa con lo que su único mobiliario consistía en un par de sillas y una mesa de cristal fumée sobre la cual había una montaña de merca. Alrededor de la mesa, cuatro o cinco individuos esnifaban, tomaban whisky, jugaban a la generala y hablaban hasta por los codos. No había otros muebles, ni cortinas, ni siquiera un maldito cuadro colgado. Lo que había era un equipo de audio en el que sonaba creo que Talking Heads. El dealer hablaba al mismo tiempo con nosotros y a través de su celular (un mamotreto de los primeros que salieron) y atendía el portero eléctrico, sin hacer ni un punto ni una coma, al tiempo que para ponernos al tanto de las características del producto que nos estaba vendiendo, cantaba a viva voz un tema de Rubén Baldes:

Tú crees que la tienes controlada/ pero tú sin ella no eres nada/no se puede querer a la Caína/no se puede creer en la Caína.


Pero el proveedor principal de Jean Paul era otro. Rodolfo, padre de familia, tenía una dietética como pantalla. En la casa había una habitación exclusiva para hacer las transas, las que representaban el grueso de sus ingresos. A diferencia del tipo de la calle Honorio Pueyrredón, Rodolfo cuidaba los detalles de su “estudio” con primor: alfombra mullida color rosa viejo, almohadones hindúes, un buda de porcelana, balancita, un súper equipo de música y hasta un narguile. Apenas yo cruzaba el umbral de su casa, Rodolfo mandaba a su mujer a comprar cerveza, descolgaba una acústica Martin de un soporte en la pared y me pedía que lo deleitara con mi supuesto don. A pesar de tanta hospitalidad,  yo sentía la necesidad imperiosa de salir corriendo una vez que me daba la bolsita. En cambio a jean Paul no le iba ni le venía. Podía ponerse a jugar con las hijas del dealer e incluso ofrecerse a preparar la cena. Aunque estaba casi seguro de que Rodolfo tenía un arreglo con la policía y se movía con total tranquilidad, yo respiraba allí como una especie de atmósfera tensa, agobiante, lo que no me impedía ir a comprar a su casa o donde fuera. Una noche que rechacé su invitación, excusándome con otro compromiso, Rodolfo me dijo: 

¿Cómo tengo que considerarte? ¿Cómo cliente o como amigo? Porque con los amigos manejo un precio y con los clientes otro.

Los cocainómanos son tipos muy paranoicos.

Al principio podías pensar que Jean Paul te acompañaba a lo del dealer para poder tomarse un par de rayas gratis, ya que no paraba de insistirte hasta que finalmente te convencía de ir. Dos de cada tres veces no tenía un peso partido a la mitad, por lo que, tomara o se quedara con las ganas, dependía por entero de tu buena voluntad o de la del dealer. Jean Paul no iba con vos a comprar para que le convidaras unos pases. Podías guardarte la bolsita para tomarla con alguien más o compartirla con él hasta la última raya. Parecía darle lo mismo. Jamás reclamaba nada. Y cuando tenía, convidaba. 

Los que parábamos en lo de Nico empezamos a encariñarnos con Jean Paul. Lo respetábamos. Por momentos resultaba pedante, no podías discutir nada con él, porque todo lo sabía (a decir verdad era una persona muy culta) y cuando te burlabas de su  insensata certidumbre, se ponía agresivo. Te miraba con odio y si no lo conocías lo suficiente, su actitud podía resultar al menos desagradable. Tampoco tenía mucho sentido cuidarse, porque no era raro que la ira le brotara de la nada, en especial, durante sus raros y breves períodos de abstinencia.

La aparición de Jean Paul en nuestra vida dejó una huella. Ninguno de nosotros era una carmelita descalza, tampoco unos reventados. Tomábamos alcohol y fumábamos porro los fines de semana. Podíamos pasarnos la tarde tumbados escuchando música, hablando pavadas y mirando pasar la vida, antes de ir al cine o a cenar con amigos o quizás con una chica cuando había una chica para salir. Actividades comunes y corrientes de gente común y corriente, o quizás un poco freak. Pero desde que apareció Jean Paul todo comenzó a girar en torno a la merca. El resto de las cosas era una mera contingencia. Nada tenía sentido si no estabas colocado.

Tengo que decir que no me implicó demasiado esfuerzo dejar de tomar, lo mismo que a la mayoría de mis amigos. Los punteros que frecuentábamos fueron perdiendo uno a uno y cuando Jean Paul se fue se hizo más difícil encontrar quien nos vendiera; si alguien nos convidaba una línea la tomábamos con gusto pero sólo eso, no nos desesperábamos por conseguir más. A unos conocidos, Gabriel y su hermano Álvaro, no les resultó tan fácil deshabituarse. 

Después de una semana a puro rocanrol, Gabriel decidió dejarla y para eso necesitaba guardarse un tiempo. Pidió asilo en la casa de sus padres que vivían en Burzaco o en Adrogué. Pero antes quiso dejar las cosas en orden. Le debía una plata al puntero y no es que fuera tan honrado como para que la deuda le quitara el sueño, pero siempre existe la posibilidad que el dealer quiera cobrarla con sangre. Nunca se sabe. Tampoco quería ir personalmente a saldarla, ya que era probable que en lo del dealer todas sus buenas intenciones se fueran al diablo, y terminara saliendo de allí con una piedra de cinco gramos. Así que le pidió a Álvaro, su hermano, que fuera a pagarle él. Y además le dio las llaves de su casa para que se la cuidara mientras estuviera ausente. El caso es que Álvaro tomó las llaves y el dinero, fue a lo del dealer, compró dos piedras de diez gramos y aseguró desconocer el paradero de su hermano. Se instaló en lo de Gabriel y llamó a una puta. Dos o tres días después, mientras intentaba dormir, dos tipos aparecieron por sobre lo que quedó de la puerta del departamento. Iban armados y estaban más duros que él.

¿Dónde mierda está el hijo de mil putas de tu hermano?, preguntó el puntero separando apenas las comprimidas mandíbulas.

Está de viaje… por trabajo... yo le estoy cuidando la casa...

El tipo lo agarró del pelo, lo arrastró por el piso y comenzó a patearlo. Álvaro logró zafarse e intentó meterse en el baño. El otro espécimen le descargó un culatazo en la nuca. Álvaro cayó al suelo y por poco no se desmayó. Cubriéndose la cara con las manos, lloró como una criatura.

¿Por qué me hacés esto, che, si yo siempre te pagué religiosamente? Llevate todo lo que quieras, pero no me mates por el amor de Dios...

Los tipos se miraron entre sí sorprendidos. Se ve que no habían contemplado tal posibilidad. Después de echar un vistazo por el departamento, se fueron con la tevé color y la videocasetera, mientras Álvaro picaba lo que le quedaba de la piedra con la tarjeta de crédito.

En mayor o en menor medida, todos los del grupo comenzamos a transgredir ciertos códigos, desde quedarse con parte del encargue que nos había hecho un amigo, hasta encanutarnos a tomar en el baño para no tener que compartirla.  

Nico me contó que una vez, estando en la casa de Rodolfo, cayó un tipo de aspecto prolijo, de traje y maletín de cuero. Parecía que no hubiera pegado un ojo desde hacía varios días y estaba bastante desaliñado. 

¿Qué querés? 

Fiame un par de gramos hasta que cobre... 

Cuando me pagues lo que me debés te vendo todos los gramos que quieras. 

Te juro que cobro y te pago hasta el último peso, pero por favor, no me falles ahora. 

Rodolfo lo empujó en dirección a la puerta, mientras el otro sollozaba. Rogó una vez más. 

Arrodillate y besame los pies y te doy la merca, le ordenó el dealer mientras miraba por sobre el hombro a Nico y le guiñaba un ojo. 

El tipo entonces hizo lo que le dijo el dealer. Se tiró al piso y le besó las botas. No paraba de agradecerle mientras se iba con su bolsita de cinco gramos, un pibe con chiche nuevo. Después de cerrar la puerta, en un acto que bien pudo haber redimido parte de su retorcido kharma, Rodolfo miró a mi amigo y le dijo: 

Aprendé de lo que acabás de ver, loco. Avivate, que todavía sos joven. La frula es una mierda.

Así y todo, Nico tardó bastante en llegar a la misma conclusión, cuando por cosas que le pasaron, advirtió que nadie está libre de perder la dignidad por una línea. Pero esta es otra historia.    


Esta historia es la de Jean Paul. 

Decía haber trabajado en lugares de los más extraños: chef con el grado de cabo en el ejército francés; guía turístico en el norte de África; traficante de hash entre Marruecos y París (pasaba la droga dentro de una garrafa que tenía un compartimiento secreto) y guerrillero en no sé qué país de Centro América. No le creíamos, nos burlábamos de él y él se enojaba. Pero pasados unos meses de su partida, nos pusimos a curiosear entre unas cajas que dejó en casa de Nico. Documentos, recibos de sueldo y cartas, confirmaban gran parte de sus dichos.

Jamás habló de ninguna mujer. Las ignoraba. Quizás les tuviera miedo o simplemente no le interesaba el sexo. De su familia tampoco supimos mucho. Alguna vez habló de su padre, un exitoso abogado con el que no tenía ninguna relación. De lo que sí hablaba sin parar era de sus actividades delictivas, como por ejemplo, las técnicas para burlar los controles aduaneros.

Una vez me fui a Holanda para comprar acide lysergique... ¿Cómo le dicen ustedes? Tenía la muñeca enyesada porque me la fracturé patinando en París. Entonces un compinche de Ámsterdam hizo una llamada anónima al aeropuerto, denunciando que había alguien… c'était moi… que estaba intentando salir del país con dos mil trips escondidos debajo de un yeso. Te imaginarás el revuelo que se armó a mi alrededor al momento del check-in. Me llevaron a un bureau, donde me hicieron esperar un buen rato hasta que llegó un policier avec une scie électrique. Me cortaron el yeso mientras yo gritaba como una italiana pariendo. Hasta me lastimaron el antebrazo. De los trips, ni noticias. Los tipos se deshicieron en disculpas: me habían casi torturado y encima perdí el vuelo. Rechacé la oferta de que me viera un médico de ellos, pero acepté un pasaje en premiere classe para el día siguiente. En un grito, con el brazo en cabestrillo, fui en un taxi hasta la casa del mismo amigo de la llamada anónima, enfermero él, y me rehízo el yeso, pero esta vez con los dos mil trips debajo. Al día siguiente pasé sin inconvenientes. Los milicos hasta se cuadraron pour me saluer.     


Un buen día, Jean Paul decidió volver a sus andadas de camello. La casa de electricidad cerró, y él se quedó sin trabajo ni techo. Estuvo como dos meses desfilando por lo de los amigos, viviendo de nuestra caridad, no mucha, para ser honestos, hasta que al final se decidió. Ala de mosca de extrema pureza. Cinco kilos en una valija con doble fondo. Igualito que en las películas. Conociéndolo, debió de haber viajado duro como el mármol. O lo que también pudo pasar fue que lo mandaron como carne de cañón; en otras palabras, mientras a él lo agarraban con cinco kilos, los de al lado pasaban cinco toneladas. Al menos es lo que se acostumbra a decir en estos casos.

No nos enteramos sino hasta unos meses después, cuando llegó a casa de Nico una carta desde París (desde la prisión de La Santé), que decía algo así como: 

Les cuento que estoy momentáneamente demorado por las autoridades de la Aduana Francesa. Bien sûr, c'est un malentendu. Parece ser que estos sujetos no admiten el ingreso al país de cierta substance chimique... 

Con su letra desprolija y apurada, Jean Paul le pedía a Nico que organizara una colecta entre los amigos para poder comprarse una tevé para su celda.

Esto es todo lo que supe de él. Dada la severidad de las leyes francesas, iba pasar una larga temporada a la sombra. Aporté el equivalente a doscientos o trescientos pesos de hoy para la dichosa colecta, pero hasta donde sé, la misma no tuvo demasiado éxito. Nunca recuperé el dinero; lo más probable es que haya ido a parar a las fosas nasales de mi buen amigo Nico.


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